”Él era brillante brillante brillante, como el farol sobre la puerta de un pub en Noviembre - él te hacía querer entrar y no irte nunca. Él era compañía - buena compañía - pronto entendería que la única compañía para mí.” - Cómo se hace una chica de Caitlin Moran.
Decir la verdad. Que se escuche la verdad. Si siento ganas de llorar tendría que hacerlo. No. No. Stop. Que no me vean llorar.
Cómo hace uno para expresar lo inexpresable? No sé, hay gente que lo ha logrado. Últimamente me he encontrado con esa pregunta. He intentado expresar agradecimiento pero siempre termino asqueada (por ejemplo, en el círculo infernal del “no, gracias a vos” en el chupeteo mortal de medias). Siento ganas de agarrar el agradecimiento de mi pecho, ponérselos en las manos y decirles, “ven? ahí está, así se siente”. Pero no, tengo que repetir las mismas pavadas siempre.
Igual lo más interesante de todo es lo que he sentido en Blogging Therapy. No, todavía no tengo confianza en lo que escribo, y sí, mi blog todavía está vacío, pero pasaron un montón de cosas. Primero, lo más sencillo, esos momentos breves en los que la lapicera se me fue sola y escribió cosas antes de que mi cerebro la parara. Es mágico. Y por otro lado, algo más personal (de personas) que me ha pasado y que me tiene obsesionada. Hay una sensación que he tenido sobre todo en los últimos talleres que sólo podría ser descripta como “una sensación de bienestar”.
No todo es fácil en Blogging Therapy. Desde los engaños (mentira que es un curso de informática, mentira que lo más importante es el blog), pasando por la duda y casi pánico interior al mirar la hoja en blanco al principio de los ejercicios, hasta tener que recordar cosas que no quería recordar, realmente no todo el tiempo fue joda y relax. Pero me ha dado esa sensación y es tan genial que estoy dando vueltas para no tener que describirla.
Básicamente es una sensación de comodidad y felicidad, se reduce a eso. Es como cuando estás haciendo la plancha y el agua te lleva despacito. Se podría comparar con la sensación de pasarse a la cama de los padres cuando éramos chicos y teníamos miedo de noche. Es como la certeza de que me podría tirar al piso a dormir una siesta entre todas estas personas y me sentiría perfectamente feliz y segura. De hecho, aunque no durmiera la siesta, igual sería feliz simplemente quedándome ahí, por el resto de la eternidad, escuchándolos a todos. Tiene algo de obsesivo y es un poco creepy (y hippie), pero bueno, es así. Y después, lo más increíble de todo, que terminara cada taller, me fuera para casa, y la sensación siguiera.
No considero a ninguno de los participantes del taller mis amigos (porque hay factores que faltan, como el factor “afuera”) pero lo que hemos compartido, y lo que siento con ellos, es mayor a lo que pueda decir de cualquier persona que haya llamado amiga. Siento tremenda gratitud hacia todos por haber creado estos espacios en los que me he sentido tan bien, y por haberme permitido estar.
Y ahora me voy a hacer mi proceso de desapego que, viendo que todavía extraño unas caravanas que perdí en el 2014, queriéndolos tanto no va a ser fácil.