Burakumin, Outcasts of Old Japan
This 1873 photograph by the elder SHINICHI SUZUKI uses his friends and local folks as actors and models for this staged scene depicting LEATHER WORKERS (Tanners).
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Burakumin, Outcasts of Old Japan
This 1873 photograph by the elder SHINICHI SUZUKI uses his friends and local folks as actors and models for this staged scene depicting LEATHER WORKERS (Tanners).
The Japanese version of this article follows the English version.日本語版が英語版の後に掲載されています。 We, the signatories to this statement, condemn the publication of J. M
Mieko Fujioka, Joseph Hankins, Risa Kumamoto and Suraj Yengde
We, the signatories to this statement, condemn the publication of J. Mark Ramseyer’s paper “On the Invention of Identity Politics: The Buraku Outcastes in Japan,” Review of Law and Economics (RLE) 16; 2 2020. The article does not meet scholarly standards; furthermore, the foundational argument is based on a logical fallacy, blaming Burakumin for the social conditions that underlie their oppression. This is a thin, recognizably reactionary move that has no place in scholarly journals.
We also draw readers’ attention to the fact that Ramseyer’s work on the Japanese military sexual slavery or “comfort women,” titled “Contracting for Sex in the Pacific War” published in December 2020 in The International Review of Law and Economics, has also been widely criticized for a similar failure to meet the basic scholarly standards. An increasing number of scholars from wide-ranging disciplines such as law, economics and history, have expressed their criticism (many of the letters and statements of criticism can be found at Resources on "Contracting for Sex in the Pacific War" in the International Review of Law and Economics.
In the article, Ramseyer argues that Buraku leaders “invented a fictive ethnic identify as a leather workers’ guild” (3) as a group facing discrimination, and began to extort money from the government for themselves. Ramseyer further contends that Burakumin are the objects of discrimination because of their involvement in criminal activities and their dysfunctional family structure. The author argues that Buraku groups then have created a criminal “career path” for young Buraku men staying in the Buraku community.
As researchers who have been involved with the minority movements and struggles of the marginalized, we express our concern that the author’s argument is an unwarranted attack that damages the minority movements and oppressed communities by justifying continuing discrimination against them. Although we have many concerns regarding the author’s claims on the history of Buraku, we leave the task of analyzing them to historians. In this statement, we focus our critique on the following three issues.
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https://apjjf.org/2021/9/Fujioka-Hankins-Kumamoto-Yengde.html
Acabó el funeral. Dejando la tumba al cuidado del amo de la dehesa y la choza encomendada al mayoral que había trabajado para su padre, Ushimatsu y los demás dolientes emprendieron el camino de vuelta a la aldea. Él quiso llevarse al gato negro que su padre tenía en la choza, pero éste no se mostró dispuesto a abandonar su hogar. Rehusó la comida que le puso y tampoco se acercaba si lo llamaba. Sólo podían escucharlo maullar desconsolado bajo las tablas del porche. Aun siendo sólo un animal, extrañaba a su amo muerto. ¿Cómo sobreviviría allá en el monte cuando llegaran las nieves? «Pobre bicho... acabará asilvestrado» dijo el tío de Ushimatsu.
Poco a poco los demás se iban yendo. Ushimatsu y su tío pasaron primero por el aprisco. El mozo mayoral fue con ellos llevando un morral de sal para dejársela a las vacas donde estuvieran pastando. Un débil sol de noviembre tornaba el pasto de Boca del Oeste más remoto y desolado. Aquí y allá crecían pinochos a la vera del camino. En primavera florecían entre la hierba por todas partes azaleas silvestres, que las vacas no tocaban, pero ahora se veían secas y peladas. A Ushimatsu todo le recordaba a su padre. Rememoraba cuando fue a visitarlo a la dehesa dos años antes. Era la época en que a las reses empezaban a picarles las astas y todas aquellas agostadas azaleas florecían rojas y amarillas a más y mejor. Se acordó de los niños recogiendo las hierbas de primavera, del arrullo de las tórtolas y de la deliciosa brisa que frisaba los lirios del valle y traía el aroma del verano temprano. Recordó cómo su padre le señalo el verde nuevo de las colinas y le explicó cuánto se acomodaban al ganado las ricas pasturas de Boca del Oeste; una dieta de aquella verdura junto con un poco de sal y el agua de los arroyos de la sierra bastaba para curar todos sus males. Recordó, con la misma fascinación que sintiera entonces, las historias que su padre contaba de las vacadas que se juntaban por castas, de las lizas a cornadas cuando un nuevo animal quería unirse a la grey, de los castigos que las vacas —como las personas— se infligían unas a otras, de las vacas que gobernaban el pasto como soberanas.
Su padre se había retirado pronto a la soledad de aquellas montañas, pero siempre ardió en su interior el afán de ganar fama y posición. En su índole apasionada se diferenciaba de su tímido y modesto hermano. El sañudo rencor que lo empujó a las montañas porque su nacimiento le vedaba abrirse paso en el mundo nunca amainó. En su vida nada había ido como él quería, pero había resuelto que para su hijo y sus nietos no sería así. Ellos tendrían la oportunidad de realizar sus sueños, saliera el sol por donde quisiera. «¡Adelante, hijo! ¡Lucha y ábrete paso en el mundo!» El espíritu de su padre alentaba en aquellas palabras. Mientras Ushimatsu cavilaba sobre aquella vida retirada, empezó a sentir cada vez más vivamente la pasión y la esperanza del mensaje que su padre le había legado.
El preciso sentido del voto al que su padre había entregado su vida entera, su alma, y hasta su último y vehemente suspiro; la comunión tácita, la sangre misma que los unía; todas aquellas sensaciones, junto con el hecho escueto de la muerte, conmovieron a Ushimatsu hasta las entrañas. La muerte es muda; y con todo hablaba ahora con mayor elocuencia que mil palabras, haciéndolo reflexionar sobre su propia vida y su destino.
Cuando llegaron al corral Ushimatsu pudo contemplar de nuevo la obra que su padre dejaba. Más de seis millas de pastos naturales y el gran rebaño disperso entre los pinos chaparros, unas reses de pie, otras echadas. El corral estaba al extremo oriental de una vasto tablazo. Dentro de la rústica empalizada pastaba cierto número de becerros todavía mochos. El mayoral, muy anfitrión, les hizo un fuego de forraje para que se calentaran y fue a recoger hornija alrededor para cebarlo. Los dolientes que quedaban llevaban toda la noche en plantas y la jornada también había sido agotadora. Varios se quedaron amodorrados en torno al fuego, con el olor de las hojas quemadas metido en la nariz. El tío de Ushimatsu dispuso montoncitos de sal en las peñas de alrededor para que las vacas los lamieran. Ushimatsu contempló con melancólica ternura a los animales que su padre amara y conociera tan bien: una vaca negra sacudió la cola, otra castaña con cara y barriga blancas mosqueó con las orejas, un becerro chorreado mugió. Aquellos del rebaño que andaban más cerca rodearon los montoncitos de sal parándose a cierta distancia. Dilataban los ollares, ansiosos, pero sin saber qué hacer con tantos extraños por allí. Algunos más atrevidos se adelantaron sin dejar de espiar a las inquietantes formas. El tío de Ushimatsu se echó a reír; Ushimatsu y los demás también. Les parecía que hasta aquella vida solitaria y montaraz resultaría llevadera con compañeros tan chuscos.
Finalmente se despidieron de la tierra donde su padre descansaría para siempre. Las cimas —Capirote, Escudaño, Pérgola, Azulejo...— fueron desapareciendo una tras otra a sus espaldas. Al pasar junto al santuario de Fuji, Ushimatsu se volvió a mirar de nuevo la tumba, pero ya no se veía ni el corral. Más allá del tendido y fosco pasto un único hilo de humo se desleía cielo arriba.
Shimazaki Tōson
From Ishirō Honda comes JÛ JIN YUKI OTOKO (1955), his followup to GOJIRA featuring Akira Takarada, Akemi Negishi and Sanshirō Sagara! Sealed away by Toho due to protests by the Buraku Liberation League, will this film hold up to its reputation?
Context setting 00:00; Synopsis 50:07; Discussion 1:08:28; Ranking 1:34:42
How do you feel about the theory of the Urameshis being members of the heavily discriminated burakumin group?
It seems plausible, I guess? Mostly when you take into consideration Atsuko’s connections to the Yakuza and the flesh-eating tendencies of Yusuke’s priestess ancestor… though that’s assuming the burakumin line was passed down through Atsuko, which I don’t think it was (if it’s even there in the first place). I have a head-canon that Yusuke’s father, rather than Atsuko, was the one who gave Atsuko her ties to the Yakuza and gave Yusuke Raizen’s genes (and perhaps even had some powers himself, but that’s a topic for another post). But I guess maybe both Atsuko and Yusuke’s unnamed father could be burakumin? Eh. It’s all theory.
Disclaimer: This theory is not something I’d work into my fanfics (mainly because I don’t know too much about that group and don’t want that representation to be inaccurate; I’m just a gaijin fanfic writer, after all). There isn’t much canonical evidence to go off of, so the theory appears to be largely based on extrapolation of small canonical details.
For those who don’t know, the burakumin are a social group who have been heavily discriminated against over the course of Japanese history. Has to do with a type of caste system based on vocation and heritage. Click the link for details.
Thanks so much for the ask!
59/120 asks
民 — people. min (Burakumin = 部落民)
Yenish people in Europe are interesting in that it’s ambiguous whether they were marginalized because they were ethnically different, or they became ethnically different as a result of marginalization, which made them so excluded from regular society that they grew to have a separate culture.
In the case of Japan’s Burakumin, it seems to be clearly the latter.