¡Babilonia! Babilonia abruma, asfixia los sentidos. Todo en ella seduce al hombre. ¿Cómo resistirse? El que se adentra en ella está perdido. Por ello, Babilonia es deseada o temida con justicia.
En Babilonia, las gélidas vigilias en el desierto junto a los rebaños se ven como fantasía inútil. Las jornadas extenuantes en busca del oasis, una extravagancia. Porque una vez la conoces, solo escucharás dulces cantos, solo saborearás tiernas carnes, y lo demás es visto como una desgracia accesoria.
Por eso, el Pueblo olvidó al Señor, y yo, Ezequiel, quise saber si vendría a reclamar su lugar en la devoción de los fieles; si se presentaría, celoso, ante su Pueblo a señalar cada placer infame; a hendir, con su espada de fuego, cada casa; a soplar sobre las cenizas de la ciudad hasta que no quedase ni el recuerdo de esta iniquidad.
Así pues, me alimenté de pan que cocí sobre excremento humano, me rasuré los cabellos y dormí cien días sobre el costado izquierdo y otros cien sobre el costado derecho, rogando al Señor que se presentase.
Y el Señor se presentó. Del desierto vino una nube. En su interior centelleaban relámpagos. Una nube de color ámbar que palpitaba de ira. Una gigantesca nube que rugía como un ejército.
Se posó frente a mi mirada aterrada. Descubrió el trono de la divinidad solo para hacerme saber la verdad. Mis manos, al verlo, se crisparon como garras; mis rodillas flaquearon hasta vencerme; mis ojos agonizaron al ser testigos: el trono de lapislázuli estaba vacío. Solo existe Babilonia.
Esta es la primera entrega de El año que solo hubo primavera, una novela distópica ambientada en Alicante en el año 2034. Una ciudad azotada por un viento permanente, un colapso social que nadie nombra, y personajes que intentan sostenerse en un mundo hostil. Con regularidad semanal iremos publicando un nuevo capítulo cada viernes.