Nadie nace sabiendo — Episodio 8
«Hola, mamá», pensó Elena y, durante un instante, dudó en decirlo en voz alta. Estaba de pie, frente a la tumba de su madre, rozando la piedra de su lápida con las yemas de los dedos. Quizás estaba allí abajo, como ella hacía tan poco. En una realidad diferente aunque a su alcance, lista para darle consuelo. El calor que tanto necesitaba. «Mamá», repitió, y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no llamarla, pedirle un abrazo, preguntarle qué podía hacer. En su lugar, sollozó bajito, discretamente. «No te preocupes por mí, mamá. Superaremos esto. Es solo un tiempo. Somos fuertes. Te quiero».
Levantó la vista y contempló las hileras e hileras de tumbas. ¿Cuántos habían decidido volver? ¿Por qué? Recordó las palabras de Faria y comprendió que, al menos a algunos, sí que podía preguntarles.
«Y encontrar a Rufo», dijo una parte de ella, malhumorada.
Y recuperar a Rufo. Echó a andar siguiendo las indicaciones de Faria. Salió del cementerio y cruzó un tramo del bosque para luego volver a entrar en el pueblo, en donde se encontraba el parque infantil, al límite de las casas.
Al poco, en la distancia, apareció el complejo de edificios en los que consistía la fábrica, perfectamente iluminado. Los edificios de ladrillo rojo oscurecido por el hollín, las altas chimeneas escupiendo vapor blanco de manera incesante.
Incluso a esta distancia percibió un insistente olor a huevos podridos y col hervida que era la marca que la convivencia con la fábrica de papel, la maldición de esa parte del pueblo. Estaba claro porque el parque estaba habitado sólo por seres como esos.
De camino para allá escuchó algunos aullidos que le hicieron sentir intranquila. Entonces una sombra negra enorme pasó a su lado disparada hacia la isla de luz que se veía a un centenar de metros y que eran las farolas que iluminaban el parque.
Se quedó parada, helada de terror. En las películas de terror los monstruos son insensibles al terror. No era su caso.
Oyó gritos y vio salir corriendo a algunos zombis. Pero, y esto le impresionó, algunos de ellos conservaban un ritmo perfectamente controlado que prevenía caerse a cachos. A esos los identificó como los más veteranos.
Uno de ellos se paró y volvió a contemplar el parque desde una distancia razonable. Elena se acercó a él. Ella le contemplaba la espalda, dos pulmones prácticamente carbonizados, cosa que le impresionó todavía más cuanto que el tipo sacó un cigarro y comenzó a fumarlo con calma.
—Hola —dijo Elena.
Gerardo la miró con atención.
—¡Hola, guapa! No te conozco… ¿Eres nueva?
—¿Qué está pasando?
Gerardo percibió su miedo.
—No te preocupes. !¡Qué susto te habrás llevado! Es Carlitos. Es un hombre lobo amigo nuestro. Nos divierte ver la cara a los nuevos cuando se lo encuentran, ¡se llevan un susto morrocotudo!
Rió pero, al ver la cara de enfado de Elena, paró.
—Soy Gerardo, encantado. Antes organizaba vuestras fiestas de bienvenida. Ahora son muy aburridas, lo siento.
—Vaya… Yo me llamo Elena.
—Vente conmigo y te presento a la panda.
Le tomó gentilmente del brazo, pero Elena se resistió a moverse.
—No hay peligro.
—¿Por qué corréis entonces?
—Porque el orín de lobo es apestoso —contestó riendo— y dura más de un mes.
Ella continuaba indecisa, pero él hizo un gesto pretendiendo disolver su preocupación como si fuese humo.
—Tranquila, ya ha meado. ¡Vamos a ver a quién le ha tocado! Yo voto por un pijo divertidísimo que he conocido hoy.
La gente volvía y se oían algunas risas lejanas. Comenzaron a caminar con lentitud.
—Hay gente que ríe.
Gerardo la miró extrañado y dijo:
—Podemos reír, claro. Lo peor ya lo tenemos detrás.
Elena escuchó un gemido. Reconoció ese lamento y se le erizó el vello de los brazos.
—Depende de lo que entiendas por lo peor… —dijo, y corrió hacia ese sonido.
Elena acertó: el origen de ese sonido era Rufo, que gemía y se retorcía extrañamente en el suelo. Se inclinó sobre él y trató de calmarlo. Gerardo estaba inclinado sobre ella y dijo:
—¡Si es Gazpacho!
Alguien pasó a su lado.
—Gerardo, ¿vienes?
—Sí —respondió este y luego le dijo a Elena —Quédate, voy a avisar a Esteban.
—¿Qué dices? —contestó Elena sin levantar la mirada.
El animal se fue calmando y, cuando reconoció a Elena, comenzó a darle lengüetazos en las manos.
—¡Rufito…!
No quería inmovilizarlo para no romperle nada más. El perro se quedó quieto, lamiéndole la mano. Entonces Elena vio que le faltaba otra pata: solo le quedaban las dos de delante. Sintió angustia. Se giró a pedir ayuda a Gerardo, pero ya no estaba.
Tomó a Rufo en brazos y se alejó del escándalo de voces del parque. No quería ver a nadie. Se puso a caminar sin rumbo, con los pensamientos dando vueltas al estado lamentable de Rufo. Caminaba por la acera de un barrio de casas grandes y elegantes, de aspecto victoriano, cada una con sus peculiaridades pero todas transmitiendo serenidad y solidez. Un buen ambiente para vivir, donde la comunidad no estaba atravesada de hipocresía. No le sorprendió llegar a una casa de la que también conocía el interior: la suya.
Con sinceridad reconoció que no lo había hecho a propósito. Se quedó inmóvil, mirándola. La casa estaba en silencio y con las luces apagadas. Imaginó a sus hijas durmiendo o desveladas. pensando en llamarla y recordando que ya no estaba con ellas, o a su marido, apoyando el brazo en la mitad vacía de la cama. Rufo comenzó a gemir. El miedo de que alguien lo escuchase y se asomase a la ventana la hizo decidirse. Se giró y se encaminó hacia el cementerio a buen paso.
Pronto amanecería. Cuando cruzó la puerta del cementerio se sintió segura. Reconoció en ella la reacción de quien llega al hogar. Se dirigía a su tumba cuando, en un momento dado, Rufo saltó de sus brazos, recorrió unos metros como pudo y desapareció en el interior de una tumba. Elena se quedó helada. No supo si sentirse asustada, indignada, ofendida o sofocada, Pero unos instantes más tarde, los sentimientos fueron destilandose hasta que quedó solo uno: un cabreo monumental.
Miró el nombre que constaba en la lápida. Se llamaba Esteban. Sería el que había mencionado Gerardo.
Prácticamente era de día, no convenía montar una escena. Irritada por el pronto de Rufo, Elena se dirigió hacia su tumba, decidida a encarar a este memo. Era lo primero que haría al salir.










