Justo detrás del santuario de Kurumazaki había un barracón, viejo y destartalado, pero cuyo nombre inspiraba confianza: Teatro de Arashiyama. Estaba aislado en medio de los campos, entre los que apenas había algunas casas diseminadas. Al ocaso un carro desgobernado subía trabajosamente por la carretera junto al teatro, con un campesino borracho dormido dentro mientras el buey volvía solo a casa. Cuando llegué a Kioto estuve trajinando por la zona con un taxista, buscando la segunda residencia de mi amigo Oki. Había carteles del teatro colgados en los postes de teléfono, anunciando al cómico Nekohachi de Byōyūken y prometía una recompensa de cincuenta sacos de arroz si se probaba que era un impostor. Una baladronada, claro, pues el otro conocido en Tokio era el de Edoya.
Por supuesto, me faltó tiempo para ir a verlo. Era tremendo... Aquellos cómicos de la legua actuaban por lo común un único día o, a lo mucho, estaban tres días en cartel. No todos eran unos matones pendencieros, de hecho Nekohachi era la excepción. Yo iba a verlos cada vez que cambiaba la compañía o incluso la misma hasta en tres ocasiones, en casos extremos. Recuerdo a unos granjeros de un pueblo serrano de Fukui, que montaban un espectáculo y salían a los caminos durante los meses ociosos de invierno. Hacían alguna mojiganga, parodias y un número de magia; cada uno más penoso que el anterior. La troupe al completo era lamentable, sólo había un vejestorio tratando de mantener la moral, abochornado al mismo tiempo por sus torpes actuaciones. Entre ellos tenían a una linda muchacha de unos dieciocho años que parecía ser su única baza. Durante el día se daban bombo por el vecindario, donde había más campos que casas, paseándola acompañada sólo de una chaperona. Luego la incluían en las mojigangas, las farsas, y la hacían bailar, procurando tenerla sobre las tablas todo el tiempo posible; lo que todavía empeoraba las cosas, porque estaba muy verde. Volví el segundo día que estuvieron; apenas había quince personas en el público, de modo que cancelaron la tercera función, para salir al siguiente pueblo. Ya tarde por la noche pasé tras el teatro en busca de un tazón de fideos caliente y vi el portón abierto. Estaban cargando sus trastos en un carretón. El jefe de la troupe asaba unas sardinas en la cuneta. [...]
Así era como pasaba los días en Saga: de día totalmente embebido escribiendo mi novela, y por la noche me iba al teatro Arashiyama. La ciudad de Kioto con sus célebres santuarios y templos, monumentos y ruinas... no me interesaba lo más mínimo. Me contentaba contándome entre el escaso centenar de espectadores ateridos que llenaban el teatro, envueltos en el hedor a orina, ya bostezando ya riendo de mala gana con las chocarrerías...
Sakaguchi Ango











