El karma de Raleigh había sido y por siempre sería, haber nacido en una familia tan humilde que ni siquiera había sido capaz de llegar a tener su propio auto, cosa que todos los demás jóvenes de su edad ya tenían; usado o nuevo, no hacía la diferencia, pero lo tenían. Y ella no podía siquiera alcanzar a comprar el más usado de los usados, por lo cual, su único vehículo era su bicicleta – a la cual le quedaba poco uso útil -, sus pies o el bus de larga o mediana distancia.
No hubiese sido un problema si aquel día no tuviese tanta urgencia de llegar a Los Angeles como la tenía, y el maldito autobús iba más lento que una tortuga.
No vivía muy lejos de la estación de buses, no llevaba dinero encima; no llevaba más que su teléfono celular. Sólo le quedaba correr y correr tan rápido como pudiese y como le alcanzaran los pies, porque no era fácil hacer eso con las sandalias que usaba.
Pero no podía parar, incluso si quedaba como una idiota, incluso si le dolían los costados de su cuerpo y apenas podía tomar aire; no esperaba a los semáforos porque era perder el tiempo. Tenía que llegar a su casa.
Mal que bien, y cerca de veinte minutos después, lo había logrado.
Su cabello era un desastre, su ropa se encontraba manchada de barro por el par de caídas que había sufrido y no paraba de jadear, pero allí estaba.
- Ma… má – intentó llamar en lo que se suponía que debía ser un grito, pero salió de su boca como un susurro.
Su casa era pequeña, había sólo dos habitaciones, la sala de estar y la cocina estaban unidas y por fuera, había un pequeño parque un tanto descuidado porque ni Ray ni Marie tenían mucho tiempo después del trabajo para dedicarse a la jardinería. Y aun así, podía ver toda su vida allí; los veranos en aquellas dos reposeras que ahora yacían oxidadas y casi destruidas en un costado y su bicicleta de cuando tenía tan sólo 10 años seguía en el mismo lugar de siempre…
Un par de lágrimas se le escaparon de los ojos porque sabía en el fondo que había llegado tarde.
Flashback
- Myles, te presento a Raleigh.
El joven en cuestión sonrió de lado con cierta suficiencia, sin disimular en absoluto la manera en que estudiaba de arriba hacia abajo – y viceversa - la figura de RJ; pero ella no hizo gesto alguno de disgusto, pues tenía ciertos dotes actorales también.
Myles era muy conocido por aquella zona de Pasadena y no exactamente por hacer buenas obras, sino por todo lo contrario. Era el líder de una pandilla con la que nadie quería meterse pues era quien se encargaba de la droga en todo aquel territorio, vendía y proveía de la mejor metanfetamina de Pasadena, y por supuesto, la más efectiva.
Ray no era ninguna idiota y sabía muy bien que estar pisando el mismo suelo que aquel hombre sólo podían significar problemas, sin embargo, la mitad de su vida estaba hecha de eso. Correr riesgos a veces se le hacía una especie de hobbie, no lo pensaba demasiado; después de todo, no tenía mucho que perder.
Por su rostro se cruzó una leve sonrisa. No tenía el más mínimo interés en él y fue por eso mismo que sin decir palabra alguna, señaló a su amiga Brooke la barra armada en aquella gran casa y salió casi pitando de allí.
El entrar por fin a la casa sólo fue una confirmación de lo que había estado sintiendo; reinaba el silencio, y a primera vista, no había nadie en la cocina ni en la sala de estar, sin embargo, la televisión estaba prendida en el canal de las noticias. Silencio, porque no tenía oídos para escuchar nada que no fuera su madre, lo demás no importaba en ese momento, quería escucharla a ella.
Parecía todo completamente ordenado, pero claro, se necesitaba haber pasado años en aquel lugar para darse cuenta de que era todo lo contrario. Su madre era una obsesiva del orden y no hubiera dejado que su butaca para ver televisión se hubiese corrido un centímetro de su lugar; pero estaba mal posicionada, como si la hubiesen empujado o algo por el estilo.
La única razón por la cual su avanzar era lento es porque tenía miedo, y jamás había tenido tanto miedo en su vida. Generalmente, el enfrentar sus problemas era un problema en sí para RJ, pero en ese momento solamente quería correr lejos y gritar, y llorar, tal vez golpear algo.
La sensación más horrible que podía llegar a sentir un ser humano era saber que había recorrido un largo camino en vano, saber que todo estaba perdido.
Avanzó con cuidado y lentitud, con cierta cautela en caso de que hubiese alguien aun en la casa y en su caminar de caracol, pasó por al lado de un mueble que sostenía unas cuantas fotografías de momentos felices que había pasado con su madre.
Sin siquiera mirarlos, tomó el último retrato que estaba enmarcado en un material bastante pesado y tampoco se animó a observar la foto, sólo siguió caminando por el corto pasillo que le quedaba por delante.
Dos habitaciones y el baño al final, y en una de los dos cuartos se encontraba lo que estaba buscando.
Raleigh se detuvo en seco antes de llegar a la primera puerta, la cual se encontraba entreabierta, era la de la última habitación la que estaba completamente abierta, su habitación.
Tragó saliva sintiendo que iba a desvanecerse en cualquier momento, sus piernas temblaban y también sus manos y sudaba mucho; incluso el estomago comenzaba a dolerle. Sólo hacía falta un impulso de valentía para terminar con todo aquello, para terminar con la vida tal y como la conocía.
Por alguna extraña razón, en su mente comenzó a tararear una de las melodías favoritas que solía cantar a capella con su madre: Mercedes Benz de Janis Joplin. Era como una bálsamo calmante, sentía que Marie estaba a su lado incluso si sabía que tan cerca, estaba realmente lejos. Fue lo único que le dio valor, los buenos recuerdos, el saber que aquella mujer tan fuerte se merecía que alguien la encontrase y le diese al menos una pizca de dignidad su muerte.
Y aun así, no pudo mantenerse completa en cuanto sus ojos se toparon con aquella escena; cuando la puerta terminó de abrirse y lo primero que vio fue el gran charco de sangre expandiéndose por la alfombra de la habitación.
- Pensé que no ibas a venir nunca – espetó una voz grave tras ella.
Myles.
La muchacha sintió como un calor ardiente subía por todo su cuerpo: ira. Y quería descargarla, y tenía la oportunidad perfecta; pero el asesino de su madre le ganó de mano, empujándola y tomándola con fuerza del cuello, obligándola a ver el cuerpo inerte de Marie, quien yacía justo frente a ella, aun con los ojos abiertos y la mirada llena de miedo que quedó grabada en su rostro antes de recibir un tiro en su frente y cuatro más en su torso.
El llanto fue inevitable en ese momento, y al parecer, para Myles era una situación bastante graciosa porque no paraba de reír ni de empujarla cada vez más hacia lo que quedaba de su madre.
- Esto es todo por tu culpa.
Aquellas simples pero tan complejas palabras hicieron mella en Raleigh, quien gracias a un impulso, tuvo la fortaleza suficiente para poder darse la vuelta y encarar a su agresor, mirarlo fijo a los ojos y advertirle con aquella mirada que encontraría la forma de vengarse, que terminaría tan muerto como su madre. Las palabras no le salieron, porque a Ray nunca le salían las palabras en momentos como esos, pero sí atisbó a escupir a Myles en el medio de su rostro con desprecio.