El elefante se ha convertido en un carcamal pesadísimo e insoportable y, por lo tanto, son urgentes una serie de reformas prácticas dictadas casi por el sentido común. Es posible, entonces, que estas medidas de carácter inmediato, mínimamente pragmáticas, tengan lugar en estos próximos meses. Pero ellas no deben confundirnos. El problema sigue siendo el mismo. ¿Para qué vamos a reformar el Estado? ¿Qué queremos lograr con esa reforma? ¿Cuál es la proposición? ¿Qué es lo que entendemos por Estado aparte de la solemnidad principista? Un organismo existe en la medida que cumple una función y persigue unos objetivos. Se supone que el objetivo del Estado es el progreso efectivo, real, coherente, práctico de la sociedad, tal como el reglamento del hotel a que hice referencia. Cuando estudié Derecho en la ucv, mi profesor de Derecho Constitucional decía que toda la armazón jurídica de una nación perseguía como objetivo una cosa llamada “el bien común”. Está bien. Pero, ¿qué diablos es el “bien común”? ¿La felicidad humana? ¿El bienestar humano? ¿La dignidad humana? ¿La justicia humana? El Estado, al igual que el hombre, vive prisionero de prejuicios, de verdades generales, de cosas que parecen ciertas o que el uso ha convertido en “ciertas”. Se supone que debemos “progresar”, pero nadie nos dice qué se entiende por progreso. ¿Más cemento? ¿Más árboles? ¿Más automóviles? ¿Más calles destinadas a que los ciudadanos caminen y oigan el piar de los pajaritos? ¿A qué nos debemos parecer los venezolanos? ¿A la vida del estado de Texas? Ojo, no califico, simplemente me hago esa pregunta. Porque, de repente, para algunos, progreso puede ser que vivamos como los pemones. Y para otros, progreso es chimenea, contaminación y cabillas. Todos estamos de acuerdo en que Venezuela debe fortalecer su agricultura. Jamás he conocido un venezolano que diga: “Al diablo la agricultura, abajo la cosecha de arroz”. Supongamos entonces que el Gobierno decide, como evidentemente es el caso del Gobierno actual, aumentar la productividad del campo y reformar leyes, ordenanzas, códigos, procedimientos que tengan que ver con la productividad en el campo. Eso, aparentemente, sería estupendo. Pero, ¿alguna vez nos hemos preguntado cómo vive un agricultor venezolano? ¿Qué necesita ese ser humano que recoge una cosecha de plátanos? ¿Dinero? ¿Más dinero? Pero, ¿dinero para qué? ¿No necesitará, por ejemplo, ese hombre un teatro donde ver maravillas del arte? ¿No necesitará, por ejemplo, una televisión regional, capaz de confrontarlo consigo mismo? ¿No aumentaría la productividad del campo si el hombre que lo trabaja está orgulloso, verdaderamente orgulloso, del lugar donde vive? ¿No aumentará esa productividad si el hijo del campesino puede encontrar una sólida librería, un sólido cine de arte, una programación musical y otras tantas dignidades? ¿No soy mejor agricultor si mi hijo puede graduarse de filósofo en la universidad cercana? Se dirá: “¡Qué idealismo!” Pero es que la vida de un hombre, de un ciudadano, no puede medirse en términos de productividad. No solo es cosechar tomates. Es ¿para qué cosecho tomates? He citado goces del arte y del pensamiento pero puedo hablar también de un buen restaurant, de una desconcertante discoteca para bailar, de un circo que me visita, de un recital de El Puma cerca de mi siembra de tomates, de una conferencia de Ramón J. Velásquez en la casa de cultura de mi comunidad. No de miserias culturales que es a lo que estamos acostumbrados. No de migajas que la capital desparrama sobre la provincia. Hablo de vida pletórica. De posibilidades auténticas. De incorporación de todos los hombres de este país a las mejores oportunidades. La calidad debería ser una consecuencia de la cantidad. Pero en nuestro país la cantidad es el único logro.