Café Suizo y Tarta de Chocolate Blanco
Café Suïs. Suis. Je suis. Je suis Lolita. Il faut pas l’oublier.
Ver. Sentir. Soñar. Intentar escribir. Ser un garabato que parece dar infinitas vueltas a lo mismo. A cosas siempre distintas. A todo. Tal vez a nada. Pretender no ser sino ese dibujo maravilloso. No entender qué intentan decirte unos pensamientos que revolotean como mariposas encerradas en el bote de cristal que ahora es tu cabeza.
La última mesa, la del fondo, siempre es la más interesante.
Se ha sentado una mujer pelirroja, de unos treinta y tantos. No es pelirroja natural, pero el tono de su pelo no es estridente. Tampoco resulta natural, pero es un artificio que parece formar parte de ella. ¿Sería la misma sin su pelo? Definitivamente, no sin su pelo y esas enormes gafas de pasta carey, indiscutiblemente demasiado grandes para su cara. No habla alto
a veces un solo rayo de sol puede hacer que el fondo de una taza se vuelva transparente.
pero sí deprisa, explicando algo tan cotidiano como el proceso de colgar un cuadro, con el entusiasmo con el que una adolescente habla del chico que le gusta: sin dar opción a réplica, pero buscando aprobación en la mirada de su interlocutor.
“Esperando en casa, como me has dicho”
Entonces, un rayo de sol que se ha convertido en la proyección de todo el sol mismo, me devuelve mi propio reflejo en el cristal del mostrador. Un rostro sin maquillaje, el indomable cabello castaño recogido en un moño desordenado y un cuerpo que, deliberadamente, se va convirtiendo en huesudo, enfundado en un jersey de angora ligeramente anaranjado.
Entre el gentío que se ha empezado a concentrar en la puerta, aún hay un espacio para mí. Me pregunto si mis ojos se verán siempre tan tristes.
¿Ves? Te lo dije
Je suis Lolita. Il faut pas l’oublier.










