¿Y si era ella?
Al principio creía que era por el brownie. Por el café. Por el humo. Por aquella chica. Creía fehacientemente que era la impaciencia por otro bocado que llenara mi boca de crema de chocolate casera, aún caliente, un intento insconsciente de no estropear aquel café preparado con mimo dejando que se enfriara, la terquedad del intento de impedir que el humo del cigarrillo alcanzara mi pelo. Pero, ¿y si era ella?
¿Qué pasaba si, de repente, el motivo de la timidez de mis palabras (¡las de una escritora!) era el modo en que ella se volteaba a sonreir cuando ya me había servido el café? Tal vez me estuviera dejando muda el modo en que se soltaba el pelo, recogido en un moño, cuando salía a fumar un cigarrilo cuando había menos clientes. Había algo en su naturalidad que me fascinaba hasta la parálisis creativa; eso era cierto.
Pero, por esta vez, no era ahí donde habían huído mis palabras. Y, en mi propia incapacidad para expresarlo, residía mi conciencia sobre su paradero. Las palabras eran el peaje. Eran el precio a pagar por mi coraza. Vivía en la indolencia del espectador. De aquel que ve escenas que entiende y procesa pero que filtra desde la racionalidad, sin llegar a sufrir.
Y es que, no hay más que empeñarse en protegerse del resto del mundo, que querer evitar que el exterior nos llegue para que el efecto sea, precisamente, el contrario: que sea nuestra esencia la que no consiga llegar al exterior, para que por más que lo deseemos lo que de verdad somos no se proyecte ante el mundo y no quede patente sino en detalles a penas perceptibles para aquellos ojos que, acaso, si la fortuna nos sonríe, los ande con empeño buscando.









