Querida señorita con aroma a poesía.
Hoy ya no son las 00:00 exactas… aunque curiosamente volví a mirar el reloj y eran casi las mismas horas en las que antes te escribía.
Han pasado años.
Ya no me desvelo con la misma intensidad, ya no me atraviesan las canciones como dagas abiertas.
El tiempo hizo lo que sabe hacer: acomodar el dolor hasta volverlo recuerdo.
Hace unos días volvió a sonar K. de Cigarettes After Sex.
Y esta vez no sangré. No sentí que el pecho se me rompiera. Solo cerré los ojos… y sonreí. Fue extraño.
Antes esa canción era una herida; ahora es una fotografía vieja guardada entre páginas que ya no abro con miedo.
Qué efímeras somos las personas en la vida de otros. Llegamos como si fuéramos a quedarnos para siempre. Nos instalamos en promesas, en planes, en cumpleaños número dieciocho, en poemarios escritos con tinta temblorosa. Y un día, sin avisar, nos convertimos en memoria.
Recuerdo cómo dolía tu ausencia. Cómo me costaba aceptar que aquella niña que me sacó del abismo ya no caminaba a mi lado.
Creí que nunca aprendería a vivir sin esa versión de nosotros. Pero aprendí. No porque quisiera… sino porque la vida no se detiene a preguntar.
Ahora entiendo algo que en 2018 no podía comprender: No eras eterna en mi historia. Y yo tampoco en la tuya.
Lo que fuimos fue intenso, sí. Fue real. Fue hermoso en su momento. Pero también fue fugaz. Como esas luces que cruzan el cielo y nos hacen pedir deseos pensando que durarán más de un segundo.
Ya no espero que regreses. Ya no me quedé detenido en aquella noche que quise congelar para siempre.
Esa noche vive en mí como viven los veranos de la infancia: con nostalgia, pero sin la necesidad de volver.
Te pienso a veces. No con dolor. No con esa desesperación de antes. Te pienso con gratitud. Porque exististe en mi vida cuando más lo necesitaba.
Porque me enseñaste que podía amar sin miedo. Porque me demostraste que incluso lo que termina deja algo que permanece.
Fuimos efímeros, A. Las personas pasan. Los “para siempre” se transforman. Las promesas se diluyen.
Pero lo que sentimos en su momento no fue mentira solo porque terminó.
Hoy ya no te escribo para que vuelvas. No te escribo esperando una respuesta. Te escribo como quien deja una flor en un recuerdo que ya hizo las paces con el tiempo.
Si alguna vez piensas en mí, espero que sea con la misma suavidad con la que ahora te recuerdo.
Sin reproches. Sin culpas. Solo con la certeza de que, durante un fragmento diminuto de esta vida inmensa, coincidimos.
Y eso, aunque haya sido breve, fue suficiente.
Con cariño, Manuel.













