El Huaso, parte 36: Cabos Sueltos
Se nos hizo de noche apreciando la vista hermosa de la ciudad, y aprovechando nuestra compañía, entre arrumacos y besos no podíamos estar más cómodos.
—No me quiero ir de acá —le dije al Huaso—. Nunca.
—Pero tendremos que irnos, ya es de noche y se hace peligroso bajar a oscuras —me explicó él.
—¿Entonces qué caso tiene bajar ahora?, esperemos que amanezca —dije con tono caprichoso.
—Sabes que no podemos, tonto —me respondió con una risa y un beso—. Tenemos que bajar con cuidado nomas. Aparte ya está helando.
Acepté a regañadientes, aunque sabía que mi argumento era insostenible. Guardamos todo y comenzamos el descenso. Estaba seguro que de haberlo hecho con la luz del sol habría sido mas fácil. Usamos las linternas de nuestros celulares, que a pesar de iluminar potentemente, igualmente producían sombras con las rocas que engañaban a la vista.
Al llegar por fin al auto, que daba la impresión de estar abandonado por dos semanas, pudimos recuperar el aliento
—Me queman las piernas —le dije al Huaso, mientras esperaba que sacara la llave del auto.
—¿Por qué tanto amor? —me preguntó acercándose a mí para besarme.
—Estuvo muy matadora la bajada po —respondí con un tono de obviedad.
El Huaso me acorraló contra el auto y me levantó la pierna para poder acariciarla con su mano.
—¿Y si le hago un masajito, se le pasará? —pude ver a duras penas que me miró con coquetería, y luego me besó apasionadamente mientras me acariciaba el muslo con su mano y lo recorría hasta llegar a mi glúteo.
—No sé si se me pase —me hice el tonto.
—Probemos po —sentenció mi pololo y volvió a besarme, esta vez más lentamente. Mientras con su mano derecha seguía acariciando mi muslo, con su pulgar izquierdo acariciaba mi mentón—. ¿Se te pasa un poco?
—Un poco —respondí fingiendo timidez.
—Podríamos hacer algo un poquito más fuerte para ver si se te pasa completamente… —sugirió él.
—Bueno —acepté y esta vez yo lo besé—. ¿Para donde vamos? —pregunté con una sonrisa de alegría al saber que mi regalo de cumpleaños aún no terminaba.
—Pensé que podríamos hacer algo aquí nomas —me dijo con un dejo de vergüenza—. Aquí encimita del capó.
—Pero amor —le dije riéndome—, hace mucho frío. Ni cagando pongo mi cuerpo en el capó congelado. Voy a terminar peor que en la playa, y te apuesto que las marcas en el auto no van a pasar piola para mis viejos.
—Bueno, era una sugerencia nomas —bajó la mirada.
—Oye, igual podemos hacerlo, pero dentro del auto —le dije tomándole la mano para subirle un poco el ánimo—. Nos protegemos del frío, estaremos un poco más cómodos, y no tendremos que hacer un viaje a algún otro lado.
—Bueno, ya —aceptó volviendo a sonreir. Nos besamos nuevamente, mientras con mi mano buscaba la manilla de la puerta para entrar al auto.
—Pensé que ya habías abierto —le dije un poco molesto. Siempre me ha molestado el hecho de intentar abrir una puerta que pensaba estaba abierta pero que en realidad seguía con seguro.
—Pero amor, si tu tienes la llave —se excusó mi pololo—. Tú siempre abres.
—Pero Pato, tu manejaste hoy —le dije serio—. Tú tienes la llave del auto.
—No amor, yo te la pasé, cuando estábamos arriba guardando todo —me dijo con seguridad.
—No lo hiciste —un hielo me recorrió la espalda y sentí como que el corazón se me detuvo. Si el Huaso decía la verdad, las llaves podían estar en cualquier lado entre la cima del cerro y el auto—. ¡No tengo la llave! —le demostré vaciándome los bolsillos.
—Ok, amor, calmémonos —me dijo tomándome de las manos—. Voy a subir denuevo a buscarlas, y tú me esperas acá, ¿estamos?
—No wn, yo voy —me intenté hacer el valiente, tomando las riendas de la situación, en caso de ser verdad que me hubiera pasado las llaves.
—Ya, vamos los dos —me dijo con una sonrisa de orgullo en su rostro.
Nos devolvimos caminando de la mano por la quebrada, con calma hasta donde podíamos hacerlo. No tenía como comparar el entorno a como era de día porque simplemente no lo había visto por estar con la venda en los ojos, pero la oscuridad de la noche no daba un panorama muy amigable, y debo decir que era atemorizante. En ese momento agradecí no haber tenido que volver solo.
—Gracias por acompañarme —le dije al Huaso después de un momento de caminata silenciosa.
—No iba a dejarte subir solo —me abrazó de lado—, así como tú tampoco me ibas a dejar subir solo —me miró y pude ver que sonrió.
—Bueno, en realidad no quería quedarme solo esperando —dije con modestia.
Al llegar a la cima, no pude dejar de notar el frío que hacía, a pesar del esfuerzo físico realizado para llegar al lugar.
Buscamos con la linterna de nuestros celulares por el suelo rocoso en el lugar donde estuvieron las frazadas anteriormente (o eso calculamos), hasta que después de unos diez minutos de búsqueda, un destello le dio al Huaso la ubicación de la llave.
—Apenas la ví con el reflejo de la luz en la llave —me decía a medida que me acercaba a donde la había encontrado.
—¿Y cómo chucha llegó hasta aquí? —pregunté sin esperar respuesta—, estoy casi seguro que nosotros estábamos allá —apunté con mi mano al punto a unos diez metros de distancia donde yo suponía que habíamos estado sentados comiendo.
—Sí, a mí me da la misma impresión —comentó pensativo, mirando al rededor—. Oye, amor,¿es un weón ese de ahí?
Me dio una clavada en el corazón al escuchar su pregunta, pero traté de disimularlo mientras vislumbraba hacía donde mi pololo apuntaba con la mano. A unos cien metros de distancia cerro abajo se veía una figura que daba la impresión de ser una persona de pie.
—Puede ser un bloque, o una tabla —traté de darle una explicación lógica.
—Pero lo habríamos visto temprano si fuera eso —desechó mis sugerencias rápidamente—. Mira, si tiene una capucha, y tiene las manos en los bolsillos —me explicó él, describiendo a la figura.
Levantó su celular e intentó alumbrar en dirección a la figura misteriosa, pero el haz de luz no llegaba tan lejos.
—Mejor devolvámonos, ya es tarde —le dije al Huaso intentando ocultar el miedo en mi voz. El Huaso me miró y solo asintió. Me tomó de la mano y caminamos a paso rápido de vuelta.
Cuando terminamos de bajar el cerro y comenzamos la caminata por la quebrada nos íbamos a volver a tomar de la mano cuando sentimos un deslizamiento de piedras desde arriba, por donde veníamos, como cayendo bajo el peso de una persona que se resbaló al caer. Con el Huaso ni siquiera tuvimos el valor de voltearnos a mirar qué había sido, y salimos corriendo quebrada abajo hasta llegar al auto. El Huaso abrió el auto y me pasó la mochila para subirme mientras él rodeaba el auto para subir por el lado del piloto. Encendió el motor y condujo como si su vida dependiera de ello, literalmente. Sentía un dolor punzante en el pecho y pensé que mi corazón iba a salir despedido a través de él por la fuerza de sus latidos. Tenía ganas de llorar por la angustia y el miedo, pero me las aguanté.
—¿Estás bien? —me preguntó el Huaso, ya volviendo a la ciudad, tomándome la mano izquierda con su derecha.
—Sí —aún me temblaba la voz—. Creo que no voy a poder dormir hoy.
—Si quieres me puedo quedar a dormir contigo —ofreció.
Al llegar a mi casa les dije a mis papás que el Huaso se iba a quedar a dormir porque era muy tarde, y yo no lo podía ir a dejar a su casa porque había tomado alcohol (mentí, aunque dudo que los haya convencido).
Nos acostamos, abrazados ambos, haciendo cucharita en dirección a la puerta de mi pieza, como si un fantasma fuera a tener la amabilidad de entrar por la puerta. A pesar del miedo que teníamos, no nos costó quedarnos dormidos, debido al cansancio de subir un cerro dos veces en el día.
Al día siguiente, el Huaso se despertó de un sobresalto, porque estaba teniendo una pesadilla.
—¿Estas bien amor? —le pregunté preocupado.
—Sueño culiao —murmuró con rabia y vergüenza, con su voz adormilada.
—Tranquilo, nada te va a pasar —le acaricié el cabello para hacerle sentir mi protección—, ¿tiene que ver con lo de anoche? —pregunté curioso.
—Si —se restregó los ojos con los puños—. ¿Y tú no soñaste con eso?
—No. O quizás sí, pero no lo recuerdo —hacía semanas que no me pasaba eso de dormir sin soñar.
Bajamos a tomar desayuno, y luego el Huaso se despidió de mí en mi habitación porque tenía que ir a juntarse con la Claudia a trabajar con su tesis.
—Me siento tonto ahora que lo pienso —me comentó mientras guardaba las cosas en su mochila—. No fue nada lo de anoche y nos asustamos de puro tontos que somos.
—Si, tienes razón —concordé con él, aunque aún me daba miedo recordar lo de la noche anterior—. Eso no puede empañar el momento lindo que pasamos mas temprano —lo abracé por la espalda y él se enderezó con una sonrisa en su rostro.
—¿Hay tiempo para algo rapidito? —me preguntó emocionado, cambiando rápidamente de humor.
—No creo —respondí sorprendido—, acuérdate que mi papá te iba a pasar a dejar camino al trabajo.
—Puta la wea —dijo riéndose—. Creo que lo nuestro no puede continuar, Larry. El universo conspira en nuestra contra.
—Mañana anda a verme al trabajo —le dije coquetamente—. Tengo el turno de cierre.
Al Huaso se le iluminó la cara, me besó y terminó de arreglar sus cosas. Se fue con mi papá y luego yo aproveché la tarde libre para ir a ver al Bryan.
—¿Qué te pareció? —me preguntó él apenas cerró la puerta de entrada detras mío.
—La Karen po, ¿Quién mas? —respondió como si fuera obvio.
—Aah —había olvidado casi por completo a su “polola”—. Es muy simpática. Y hermosa. Demasiado, la cagó.
—Sí, es muy linda. ¿En serio la encontraste simpática? —quería asegurarse que no mintiera.
—Demasiado —le dije con una sonrisa—. Si me cayera mal te lo diría.
—Tú también le caíste muy bien —comentó con emoción, mientras subíamos las escaleras a su habitación.
—Me gusta verte así —le dije sentándome en su cama.
—Asi, feliz. Se te nota la alegría wn —estaba genuinamente contento de verlo feliz.
Continuamos conversando y nos pusimos a jugar play, hasta que apareció el Pedro a saludar, y me acordé que tenía que preguntarle algo.
—Bryan, ¿por qué tienes puesta la dirección de tu casa en Facebook? —le pregunté.
—No tengo la dirección de la casa en Facebook, ¿Por qué insisten con eso? —respondió sin entender nada.
—¿Seguro? —quise confirmar.
—Seguro po —se rió incrédulo. Le creí, ya que sabía que era demasiado inteligente como para hacerlo.
—Es verdad —confirmó el Pedro.
—¿Por qué preguntan tanto por eso? —quiso saber mi amigo, y no tuve otra opción que contarle el tema con la Vicky (aunque decidí omitir el factor “Karen”). Quedó completamente impactado.
—¿Cierto que es increíble? —dijo el Pedro.
—Si… —coincidió su hermano—, aunque ¿Cómo llegó acá a la casa entonces?
—No tengo idea… —comenté.
Me saltó la curiosidad por saber como lo había hecho en verdad la Vicky, pero no quise darle mas vueltas al asunto, así que cambié el tema y seguimos jugando. El Pedro me preguntó sobre qué regalos me habían llegado por mi cumpleaños, y les conté la sorpresa de mi pololo.
—Que romántico —comentó con ironía el Pedro al escuchar el regalo que me había dado el Huaso.
—¿Qué tiene? Yo encuentro que fue un bonito gesto —el Bryan se cuadró conmigo.
—Fue hermoso, en serio —defendí a mi pololo.
—Ya, si sé que es romántico de verdad —admitió el Pedro—. Se está esmerando tu pololo después de tantas cagadas que se ha mandado —se notaba que no lo soportaba.
Solo me reí por su evidente animadversión hacia mi pololo, y seguí contándoles lo que había pasado después en la noche.
—Que miedo wn —comentó el Bryan—. Pero ¿están seguros que era una persona?
—Si, o sea no. Parecía una persona de pie, con capucha y todo —expliqué.
—¿Y no le hablaron? —volvió a preguntar.
—Ni cagando le hablábamos, quería puro irme de ahí.
—Oye, ¿no es ese cerro donde el año pasado encontraron un cuerpo? —preguntó el Pedro.
—¿Qué? —preguntamos con el Bryan al únisono.
—Sí, me acuerdo que el año pasado encontraron un cuerpo en un cerro… —dijo pensativo—, pero no recuerdo si lo vi en las noticias o en una película…
Nos reímos ante la inconsistencia de sus recuerdos.
—Creo que yo también vi ese capítulo de CSI —bromeó el Bryan.
—Muy gracioso —dijo el Pedro—. No vaya a venir en la noche a penarte el hombre de la capucha por burlarte de mi.
—Amí no me va a penar. Al Larry sí, por ir a meterse donde no debía —se excusó el Bryan.
—No digas eso —me puse serio ya que me daba miedo pensar en esa posibilidad.
Continuamos jugando, para olvidar el tema terrorífico que estábamos hablando. Al rato el Pedro se volvió a ir y mas tarde lo hice yo.
—¿Algún plan de formalizar algo con la Karen? —le pregunté a la salida a mi amigo, sobre posibilidades de pololeo.
—Si, yo creo que si —volvió a sonreir como si estuviera imaginándose a Karen en su mente.
—Más te vale que me elijas de padrino —le exigí a modo de broma.
—Tenlo por seguro —me dio un fuerte abrazo de despedida, y me fui a mi casa.
El día lunes al llegar a la pega, vi a la Vicky que estaba de pie fuera de la tienda de al lado, entregando volantes.
—Hola —me saludó ella con timidez.
—Hola —respondí un poco incómodo.
—Bien —respondí un poco cortante—. ¿Y tu? —traté de no sonar tan pesado.
—Bien, ¿podemos hablar? —me preguntó mientras abría la puerta de la tienda. No podía decirle que no, así que la hice pasar—. ¡Perdóname! —se acercó a abrazarme y rompió a llorar.
—Está bien —intenté calmarla y esperé que dejara de llorar.
—De verdad fui una estúpida, hice el ridículo al pensar que el Huasito se fijaría en mí, y te hice pasar un mal momento a ti, Larrycito —dijo entre sollozos.
—Tranquila, no eres estúpida. Solamente eres muy joven —su inmadurez la había llevado a hacer eso de lo que visiblemente estaba muy arrepentida, pero no era una mala niña.
—No los volveré a molestar mas. Lo juro. Dejaré que ustedes sean felices juntos —me dijo ya un poco mas calmada, controlando el llanto y mirándome a los ojos.
—¿Qué? —el corazón me comenzó a latir mas rápido.
—Eso po. Que no los molestaré más. No insistiré con tu pololo —cerró los ojos con fuerza, como si la sola idea de olvidarse del Huaso le provocara un dolor profundo.
Mi corazón se detuvo al escuchar su última palabra. No sabía como reaccionar ante eso.
—¿Quién te dijo que el Huaso es mi pololo? —le pregunté nervioso, preocupado por si se me había escapado alguna vez.
—Él me lo dijo —admitió—. Cuando salió a conversar conmigo me explicó que no me podía corresponder porque estaba pololeando contigo —volvió a cerrar los ojos con fuerza.
—¿En serio? —ahora yo tenía ganas de llorar, pero me contuve—. No me avisó que te había dicho.
Que mi pololo por fin diera un pasito y le contara a alguien que estaba pololeando conmigo me llenó de alegría y orgullo.
La Vicky me explicó todo lo que habían conversado juntos esa noche, y al hablarlo se fue calmando su llanto.
—Es tan bueno. Esperó a que me fueran a buscar y todo —terminó de contarme, recordando con nostalgia ese momento.
—Si, es el mejor —confirmé su comentario—. Vicky, yo también te tengo que pedir perdón. Creo que te traté muy feo el otro día —le dije arrepentido.
—Estamos a mano. Ambos perdonados —me dijo con una sonrisa inocente, que casi ocultaba sus ojos hinchados por el llanto. La abracé con cariño. Un cariño genuino, como si fuera una hermanita menor.
—Ahora, dime la verdad. ¿Cómo encontraste la casa del Bryan? —le pregunté intentando hacerme el serio—. El Bryan nunca puso la dirección de su casa en Facebook.
—Ah, bueno —comenzó a decir ella, ruborizándose—. Es verdad que le psicopatié el Facebook, pero no tenía puesta su dirección. Sí tenía públicas un par de fotos, afuera de una casa, que asumí era la suya. En otras fotos se veía al fondo el letrero de una botillería, así que me puse a buscar la casa esa, cerca de la botillería, en google. Es muy útil ese Street view —dijo como pensando en voz alta—. No quería contarte la verdad para que no creyeras que soy una loca.
No sabía si asustarme por su capacidad de psicopateo, o reir por lo inverosímil de todo. Lo cierto era que estaba muy sorprendido por sus habilidades investigativas.
—Eres una pequeña genio —le dije finalmente—. Escalofriante, pero una genio de todas formas —intenté sonar clever, pero claramente no lo logré, aunque ella no me dijo nada.
En ese momento llegó el Huaso a la tienda y se sorprendió al vernos a los dos juntos. Al mirarme a los ojos se sonrojó.
—¿Se te olvidaba contarme algo? —le dije de forma inquisidora.
—Sorpresa —me respondió con una sonrisa torpe. Se acercó a la Vicky y la saludó con un abrazo y un beso en la mejilla. Luego se acercó a mí y me dio un beso en los labios y me abrazó por detrás.
—¿Cómo no me di cuenta? Era bastante obvio —dijo la Vicky tapándose los ojos y yo temí que comenzara a llorar nuevamente.
La promotora se quedó conversando un rato más junto a nosotros y luego se fue porque había terminado su horario laboral.
Con el Huaso nos quedamos en silencio un rato, mirándonos a los ojos, aguantándonos las ganas de decir algo.
—Eres el mejor, ¿sabías? —le dije, dándole todo mi apoyo al haber dado un segundo pasito voluntario fuera del closet.
—No es nada —dijo con humildad—. No podía seguirle mintiendo al ver su carita de pena.
—Gracias a ti ya no será necesario mentirle —le ponía color, pero necesitaba hacerlo sentir bien y cómodo con la decisión que había tomado. Quizás así se motivaría a liberarse un poco más. Me acerqué a darle un beso de felicitaciones que él aceptó con gusto.
El Huaso esperó pacientemente hasta la hora de cierre de la tienda, para por fin hacer lo que teníamos pendiente desde hacía días.
—Son las 9 amor, hay que cerrar —me dijo con coquetería
Su reloj estaba adelantado un par de minutos, así que lo hice esperar hasta que mi celular marcara las 21:00 horas. Disfruté ver la cara de impaciencia de mi pololo al ver que faltaba tan poco. Arreglé todo para cerrar, guardé la plata en la caja fuerte, ordené la ropa, desenchufé todo, y antes de salir le pregunté al Huaso:
—Aquí mismo nomas —me respondió tomándome de la cintura y dándome un beso.
Yo obedientemente cerré la puerta de la tienda con llave, apagué las luces y me dispuse a darle todo el placer que me pedía mi pololo.
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