El Huaso, parte 39: Rumor
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Di media vuelta y me fui a mi pieza. Me senté en la cama y dejé que las lágrimas cayeran por mi cara. Escuché que el Huaso con la Mari salían por la puerta de entrada, camino a disfrutar ese hermoso día soleado de febrero.
Después de alrededor de media hora, cuando ya me había calmado un poco, salí de la pieza y vi que estaba la mamá del Huaso haciendo cosas en la cocina.
—Voy a salir a caminar —le avisé, esforzándome en sonreir.
Ella me sonrió de vuelta y solo asintió. Salí por la puerta principal y vi que la camioneta de mi suegro seguía guardada en el estacionamiento de la casa.
Caminé sin rumbo por las calles de La Serena, y me tomé mi tiempo para pensar en todo lo que había pasado en estos días. Si bien podía entender un poco la reacción del Huaso, por el miedo que le provocaba ser descubierto por su familia, no podía seguir aguantando la situación. Necesitaba salir de ahí ya que la actitud del papá del Huaso me hacía sentir incómodo, y no lo podía soportar.
Volví a la casa al cabo de un par de horas, después de estar bastante rato tirado en el pasto del parque Pedro de Valdivia. Tenía la esperanza de que con el tiempo que estuve fuera el Huaso ya habría estado de vuelta, pero no fue así.
Llegué a la casa decidido a ordenar mi ropa dentro de la maleta e irme.
—Mi mamá está un poco enferma y quiero ir a verla —inventé al darle las razones a mis suegros del por qué me iría tan luego.
—Espero que se mejore —me deseó mi suegra.
—Gracias —le dije con una sonrisa—. Y gracias por su hospitalidad —no me atreví a mirar a mi suegro al decir esas palabras.
—¿Y no va a esperar al Patito antes de irse? —me preguntó la mujer, mientras su esposo observaba silente la interacción, con una leve sonrisa de satisfacción en la cara.
—No. De hecho el Pato ya sabía que me iría, por eso quería que saliéramos a dar una vuelta hoy —inventé, y esta vez miré a mi suegro—, para que dejara de pensar en eso un rato. Después me iría a dejar al terminal.
—Oye, entonces yo te puedo ir a dejar po, aprovechando que el Pato no se llevó la camioneta —se ofreció el Kevin, y yo acepté su propuesta.
Me despedí de mis suegros con un frío apretón de manos de parte de él, y con un abrazo un poco mas genuino de parte de ella.
Con el Kevin nos subimos a la camioneta y nos fuimos. Al dejar atrás la casa suspiré con alivio.
—Oye ya, cuenta la firme —me dijo el Kevin de improviso—, ¿por qué te vay?
—Por lo de mi mamá po, si les dije —respondí fiel a mi mentira.
—Soy mentiroso weon —se rió y me miró fugazmente mientras manejaba—. Es porque mi tío te hizo sentir incomodo, ¿cierto?
—No, na que ver —dije intentando esconder el nerviosismo.
—Mira, yo podré ser muy cargante y aweonao, pero no lo soy tanto. Ya sé que estay enamorado del Pato, y que los comentarios de mi tío te hicieron sentir incomodo, y por eso te vay —me dijo con tono empático.
—¿Por qué dices eso? —me empezaron a sudar las manos por los nervios.
—Por lo que dijo la Mari po.
Sentí como una ola de furia, en forma de calor, bajaba desde mi cabeza hasta mis pies.
—¿Qué wea dijo la Mari? —le pregunté sin ocultar la rabia.
—Dijo que erai colita po. Que te haciai amigo de mi primo porque estabai enamorado de él —reveló con cautela.
Estaba a punto de llorar de rabia e impotencia, pero no lo hice. Me quedé en silencio unos segundos.
—Oye, a mi no me importa eso, por si acaso —intentó tranquilizarme—. Mi hermano igual es colita, así que no pensí que soy homofóbico —se refería al Sergio.
—¿Cuándo te dijo esa wea? —pregunté, intentando que no me temblara la voz.
—O sea, a mí no me lo dijo. Se lo dijo a mis tíos cuando yo no estaba, creo que el día antes que yo llegara —tenía sentido. Por culpa de eso el papá del Huaso había cambiado su actitud hacia mi.
—Por favor no se lo digas al Huaso —le pedí, dándole a entender que lo que había dicho la Mari era cierto—, ni a sus papás.
—Tranquilo wn, soy una tumba. Aparte, te la debo.
—¿Por qué me la debes? —pregunté confundido.
—Porque si po. La wea que me dijiste anoche me dejó pensando caleta.
—¿Qué cosa?
—Eso de que soy muy cargante con las minas. Nunca lo había pensado así.
—¿En serio? —intenté no reirme—. Me alegro que lo hayas meditado.
—Si —me dijo con un poco de vergüenza—. Igual por eso también te tengo que decir, que te olvides de mi primo. O sea, no que te olvides, pueden seguir siendo amigos, pero que no te enamores. Porque no quieres terminar siendo no correspondido como yo.
Me dio cierta ternura su frase final, y el hecho de que pensara que mi amor por el Huaso era unidireccional.
—Bueno, lo intentaré —acordé, falsamente.
Se detuvo fuera del terminal y se despidió de mí, se bajó de la camioneta, bajó la maleta y me dio un abrazo.
—Cuídate Larry, nos vemos algun día.
Se subió a la camioneta y se fue.
Entré al terminal y me dirigí a las boleterías a ver si encontraba algún pasaje disponible. El único que pude encontrar salía a la 1:00 am así que solo me quedaba esperar poco mas de cuatro horas.
Acosté la maleta en el piso y me senté sobre ella a esperar, bajo el mesón de una boletería ya cerrada. Miraba hacia ambas entradas, con la esperanza de que apareciera el Huaso a buscarme.
Me estaba quedando dormido, apoyando la cabeza entre mis rodillas, cuando escuché una voz familiar a mi lado.
—¿Hay espacio para uno mas en esa maleta? —era el Huaso, mirándome desde arriba con una sonrisa. Quería levantarme y besarlo, pero simplemente me hice a un lado, y él tomó asiento—. ¿Qué haces acá?
—Me voy a Antofa —le respondí, luchando con un bostezo. Miré mi celular y eran las 22:30—. ¿Y tu, que haces acá?
—Vine a pedirte perdón —me dijo buscándome la mirada. No quería mirarlo a los ojos porque sabía que podía llorar.
—¿Y tu viejo te dejó venir? —pregunté con ironía.
—No —tomó una pausa—, no quería que viniera.
—¿Y que les dijiste?
—Que se te había quedado una cosa.
—¿Qué cosa?
—Mi beso —apoyó su mentón en mi hombro, después de asegurarse que no había nadie cerca.
No pude contener la sonrisa ante su ocurrencia.
—Perdóname, por favor —me pidió pasando su brazo por mi espalda.
—¿Cómo lo pasaste con la Mari? —cambié de tema. No quería perdonarlo tan rápido.
—Mmh piola —respondió con indiferencia. Yo esperaba que dijera tajantemente que lo habían pasado mal.
Nos quedamos en silencio mientras evaluaba en mi mente si contarle lo que el Kevin me había dicho de la Mari. El Huaso quitó su brazo de mi espalda y cruzó los brazos sobre su pecho. Ambos estábamos mirando al frente, a la nada.
—Ella le dijo a tus viejos que soy gay —finalmente le dije, con un nudo en la garganta.
—Lo sé —me respondió, y me volteé a mirarlo, sorprendido—, me lo dijo hoy, cuando salimos —agregó rápidamente al ver mi rostro.
—¿Y que le dijiste tu?
—Nada… que el saber eso no cambia en nada nuestra amistad.
—¿Amistad? —pregunté molesto.
—Sí —respondió como si fuera obvio.
—Entonces, tu ex te confesó que anduvo inventando weas sobre mi y no le dijiste nada —resumí.
—No, no es tan así —intentó explicarse—. Aparte, ¿qué inventó?, ¿acaso es mentira que eres gay y que estas enamorado de mi?
Me dio rabia su respuesta. Quería gritarle la vida y decirle que me molestaba que le hiciera caso a su papá por miedo, que me daba rabia que se haya ido con la Mari en vez de conmigo, y que me daba pena que no se diera cuenta de todo eso, y que tuviera que ser yo el que se lo dijera.
Pero no dije nada, me quedé en silencio, mirando la boletería cerrada de enfrente, mientras me caían las lágrimas por las mejillas.
—Larry, no quiero pelear —dijo finalmente, después de un largo silencio.
—Yo tampoco —admití.
—Nos vemos en dos semanas, entonces —comentó, dando por cerrada la conversación.
Asentí. Me tomó la cabeza y me dio un beso en la sien derecha.
Volteé la cabeza y lo miré con los ojos llorosos.
—Te amo —le dije, apenas audible.
—Yo también —respondió después de una risita. Miró alrededor, como esperando que quedásemos solos, pero no hubo suerte, y se puso de pie—. Nos vemos en Antofa —me sonrió, se dio media vuelta y se marchó.
Me quedé ahí sentado, solo, y por fin pude soltar el llanto que me estuve aguantando. Puse mi cabeza sobre mis rodillas e ignoré todo a mi alrededor.
Tomé el bus pasada la una de la mañana y me quedé dormido de inmediato. No desperté hasta llegar a Antofagasta. Llegué a mi casa, que estaba vacía porque mis padres no llegarían desde Buin hasta dentro de un par de días más. Me acosté en mi cama y volví a dormir.
Me desperté como a medianoche, prendí la tele y me quedé viendo el reality del mega. Llamé al Bryan por teléfono para saber si nos podíamos juntar al día siguiente.
—Difícil, mañana íbamos a ir a Hornitos con la Karen, mi hermano y el Victor —me contó.
—Ah, bueno. Que disfruten el dia —dije con sinceridad.
—Pero si quieres puedes venir, demás el Pedro con el Victor te hacen un espacio en su carpa.
—No, no te preocupes. Tengo que hacer trámites mañana, por eso pensé que podíamos juntarnos después de eso —inventé. En verdad no tenía ganas de tocar el violin frente a dos parejas felices.
Me despedí de mi amigo y seguí viendo tele, poniéndome al día con la basura televisiva que me enviciaba en las noches de verano.
Estuve todos los días encerrado en mi casa, sin ganas de nada, esperando que el Bryan volviera de la playa. Al final el día miércoles por fin llegó de su acampada en el balneario de veraneo, así que me dijo que el jueves nos juntáramos.
Cuando llegó a mi casa me sorprendió porque irradiaba felicidad, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Imaginé una comparativa de nosotros, ambos en extremos opuestos del aspecto emocional.
—¿Cómo estuvo Hornitos? —le pregunté mientras instalaba el play en la tv del living.
—Entrete, súper bueno. Se suponía que iríamos por dos días, pero al final nos quedamos por tres —me contó con alegría—. ¿Y tu?, ¿Cómo estas?, ¿Cómo te fue en tus aventuras en el sur?
—Pésimo —por lo general tenía tendencia a dramatizar, aunque en ese momento de verdad me sentía bastante literal. De todas formas lo dije riéndome, como bajándole el perfil.
—¿Por qué?, ¿qué te pasó? —me preguntó preocupado.
—No debí haber ido a la casa del Huaso. Fue lo peor que pude haber hecho.
—¿Por qué?, ¿te hizo algo? —se inclinó poniendo su mano sobre mi hombro.
—No —respondí de inmediato—. Bueno, si. Te explico —le conté todo, desde las sorpresivas visitas de la Mari, las incómodas situaciones con la homofobia del papá del Huaso, el fallido plan del catorce, hasta los comentarios de la Mari con mis suegros sobre mi—. Lo peor de todo es que cuando llegó al terminal, ni siquiera se preocupó de como estaba. Fue super frío.
—Te juro que si lo veo le saco la chucha, por imbécil —me dijo enojado.
—¡No! —lo corregí—. Tu no eres así wn. Tu dialogas; por favor no pierdas eso que te hace tan bacan.
—Ya, si fue una wea del momento —se rió con timidez—. ¿Tu le dijiste que te habían molestado todas esas cosas?
—Si po. O sea, no —pensé—. No sé. no le dije verbalmente que me molestó todo eso, pero me sentía pésimo y él lo sabía, me vió como estaba. Quizás exageré en el momento, pero igualmente siento como que no le importó.
El Bryan se quedó en silencio, como pensando meticulosamente lo que iba a decir.
—¿Cómo quedaron al final?, ¿lo perdonaste?
—No lo perdoné. O quizás él se quedó con esa impresión. Cuando se fue le dije que lo amaba —me sentí un poco estúpido—. ¿Crees que haya pasado algo entre él y la Mari ese día?
—No lo sé. No se si te fue infiel o no —me dijo mirándome a los ojos—. Solo se que te mereces un weon mucho mejor que el Huaso, alguien que de verdad te valore.
Me sonrojé un poco con sus palabras. No veía una posibilidad de estar con alguien más que no fuera el Huaso.
—Dudo que exista alguien mas —dije en tono de broma.
El Bryan permaneció serio.
—Larry, yo quiero que seai feliz wn. Y ahora, por como te trata el Huaso, no eres feliz. Deberías usar estas semanas en que están separados para meditar tu situación y ver que pasa. No quiero decirte “termina con el Huaso, porque el weon es malo”, porque eso es algo que tu te tienes que dar cuenta; solo puedo decirte que mereces más —me dijo con una sonrisa, y se acercó a darme un apretado abrazo.
Nos pusimos a jugar y cambiamos de tema. Le pregunté como iba su pololeo con la Karen, y me contó que estaba todo bien, mejor que nunca, aunque no quiso ahondar mucho (quizás para no hacerme sentir incómodo por mi deplorable situación amorosa).
Se quedó hasta cerca de las once de la noche, levantándome el ánimo y haciéndome sentir alegría por primera vez en muchos días.
—Gracias, por subirme el ánimo —le dije cuando me despedí de él, en el paradero.
—Cuando quieras —me respondió con su característica sonrisa genuina.
Nos despedimos con un abrazo y tomó la micro. Yo volví a mi casa, ordené y me acosté a dormir.
Durante el fin de semana mis padres volvieron de Buin, así que dejé de tener mis momentos de soledad insoportable en casa. La dinámica de compartir con ellos cotidianamente me sacó un poco de ese estado de enquistamiento en el que me estaba sumergiendo.
—¿Como estuvo tu estadía en La Serena? —me preguntó mi papá cuando llegaron.
—Buena —obviamente mentí, aunque desvié la mirada cuando lo hice—, ¿como estuvieron el resto de los días en Buin?
—Te perdiste lo mejor, cuando llegó el Matías, tu primo, con su señora, nos reímos sin parar todos los días —dijo mi madre. En verdad lo dudaba, mi primo Matías solía tener un humor muy “conservador”, y con eso no me refiero a recatado, sino mas bien a discriminador.
El fin de semana anterior al regreso de clases, donde nos designarían los puestos de práctica profesional, nos juntamos en la casa del Bryan para despedirnos del verano. Estaba obviamente el anfitrión (y su hermano, ambos con sus respectivas parejas), el Victor, la Cata, y sorpresivamente, el Guillermo.
—¿Están juntos ustedes? —le pregunté a la Cata, al verla llegar junto al Guille.
—Si —respondió ella con timidez, mientras el Guillermo sonreía como un niño al que le compran el dulce mas grande de la tienda.
—¿Y desde cuando? —la curiosidad me mataba.
—Bueno, desde el año nuevo, que nos encontramos en un carrete, y desde entonces empezamos a salir, y formalizamos todo el catorce —me contó él, sin contener la emoción. Me alegraba saber que alguien lo había pasado bien ese día.
La Cata no me preguntó nada por el Huaso, porque sabía que el Guillermo probablemente no tenía idea al respecto. Durante la noche, ella se puso a conversar animadamente con la Karen.
—¿Quién diría que se llevarían tan bien? —le comenté al Bryan durante la noche.
—Bueno, claramente tienen cosas en común —respondió él.
—Ambas tienen buen gusto al menos —adulé a mi amigo.
—¿Estas diciendo que soy guapo? —preguntó coquetamente.
—Obvio, ¿o acaso crees que yo sería amigo de alguien feo? —bromié patudamente—. Si sabes que eres guapo —le dije en serio—, y eso es bacan porque no te crees la raja.
El Bryan me iba a responder cuando apareció el Victor a interrumpir nuestra conversación.
—Bryan, dile a tu hermano que cambie de pololo. Me carga que cuando le habla a su pololo por el nombre yo pienso que me habla a mi —dijo el Victor fingiendo enojo.
—¿Será que en el fondo quieres que mi hermano te diga todas esas cosas lindas a ti? —le preguntó con sorna el Bryan.
—Sabes que tu hermanito no es de mi gusto —respondió fingiendo indignación—. Aparte, si debo elegir dentro de la familia, me quedo contigo sin dudarlo —el Victor tomó de la cabeza al Bryan y le dio un beso en la mejilla.
El Bryan se puso rojo, y con el Victor nos reímos por la situación.
—¿Qué les pasa conmigo hoy? —preguntó aguantándose la risa mientras se pasaba la mano por la mejilla, y se fue a conversar con la Karen.
—Oye, ¿y el Huaso por que no vino? —me preguntó el Victor, una vez nos quedamos solos.
—Aún no llega de La Serena —le informé. Había hablado poco con el Huaso, pero dentro de eso, me dijo que llegaría el día lunes al mediodía. El Victor no sabía lo que había pasado con el Huaso, y no tenía ganas de contarle tampoco—. ¿Y la Claudia?, ¿sabes por qué no vino? —le pregunté, cambiando el tema.
—Creo que anda en Viña ahora, me dijo que llegaría mañana —me informó. La verdad no me importaba mucho, solo no quería hablar del Huaso.
—¿Estas nervioso por la práctica? —le pregunté.
—Mas que la chucha —admitió—, ¿y tu?
—También —nos reímos—. Pero no creo que sea tan difícil, ¿o si?
—No sé —el Victor se puso pensativo y tenía una expresión de miedo en su rostro.
—Oye, tranquilo. Nos va a salir todo bien —intenté darle confianza.
—Si, si sé —dijo, intentando convencerse.
Continuamos compartiendo entre todos, pasándola bien, relajándonos y disfrutando nuestro ultimo fin de semana libre de estrés.
El día lunes, llegamos a las 8 de la tarde (hora en que nos había citado la jefa), y esperamos que nos atendieran. La profe nos llevó a una sala pequeña donde cabíamos los ocho alumnos que debíamos hacer la práctica. Una vez la profe estaba explicándonos todo, dentro de la sala, llegó el Huaso, atrasado y pidió permiso para entrar.
La jefa nos explicó toda la dinámica de la práctica, las fechas de inicio y término, y las parejas (determinadas al azar) que nos acompañarían durante todo el proceso. A mi me tocó con el Victor, al Huaso con la Claudia, al Bryan con la Cata y la otra pareja eran dos compañeras que nunca mencioné.
—Larry, ¿podemos hablar? —me preguntó el Huaso, apenas la profe dio por terminada la reunión.
Asentí como respuesta, y nos fuimos caminando por la universidad, buscando un lugar privado donde conversar. Bajo la escasa iluminación de la casa de estudios, el entorno se veía penumbroso. Finalmente el Huaso me llevó a la parte posterior del gimnasio.
Apenas confirmó que no había nadie, se volteó hacia mí y me abrazó con fuerza
—¿Cómo estas? —me preguntó al oído mientras me abrazaba.
—Bien —respondí. Aunque sea mentira, uno siempre responde “bien”.
Me tomó de la mano y me sentó en una banca. Él se arrodilló en el piso frente a mí, mirándome a los ojos, con mi mano aún entre las suyas.
—Te quería pedir perdón, por ser un conchesumadre —dijo con vergüenza en su mirada.
Me quedé en silencio un momento, pensando qué decir.
—¿Por qué actuaste así ese dia? —le pregunté—. Puedo entender que le tengai miedo a tu viejo, a que sepa que estamos pololeando, hasta podría entender que te hayas ido con la Mari y no conmigo, pero lo que no entiendo es por qué fuiste tan frío en el terminal, si estábamos solos, no había nadie que te pudiera decir algo. Y aún así lograste hacerme sentir peor —le dije con un nudo en la garganta.
—Tenía la mente en otra parte… Mi viejo se enojó mucho cuando les dije que te iría a buscar, y estuve todo el rato pensando en eso, en cómo arreglaría todo —me explicó.
—¿Y por qué no me dijiste eso entonces? Lo habríamos solucionado juntos, te habría ayudado a inventar algo, como siempre hacemos —nos quedamos en silencio unos segundos. El Huaso bajó la mirada, en señal de arrepentimiento—. ¿Por qué no le dijiste nada a la Mari cuando te contó que andaba diciendo esas cosas de mi?
—Bueno, en realidad si me enojé con ella, un poco. Pero tu sabí como soy, no puedo estar mucho rato enojado con alguien —se defendió.
—¿En serio, Pato? —le pregunté serio—, literalmente te enojai por puras weas conmigo.
—Pero es distinto, amor —repuso—. Me enojo contigo porque me importas, con cualquier otra persona me da lo mismo que sepan que me molesta algo, porque después no las veré mas.
No me convenció su excusa, pero al menos me volvió a decir “amor”, como hacía meses no me decía.
—Bueno, al menos yo sé que no la voy a volver a ver. Ni a la Mari ni a tu viejo, así que me da lo mismo lo que piensen de mí —intenté hacerme el fuerte.
—Mi vieja te echó de menos —me dijo con alegría—, después que te fuiste. “Tan respetuoso que es”, me decía, “qué raro que no tenga polola, la chiquilla que elija va a ser muy afortunada” —se rió.
—Voy a tener que empezar a buscarme una chiquilla afortunada entonces —dije con ironía.
—No, si me tienes a mí —protestó.
—¿Tu eres mi chiquilla afortunada? —le pregunté.
—Si, yo soy tu chiquilla afortunada —nos reímos y se acercó a darme un beso.
Mientras nos besábamos sentí como caían las lágrimas por su cara, y su cuerpo temblaba.
—Perdóname, por favor —me pidió una vez más, con la voz temblorosa. Yo solo asentí y lo volví a besar.
El Huaso provocaba algo en mí que no me dejaba ser orgulloso. Lo amaba, y extrañaba estar con él, abrazarlo, besarlo y sentirlo, por eso no pude evitar perdonarlo de inmediato. Sentí que por fin volveríamos a ser felices, en nuestra ciudad, sin exes que se metieran entremedio, ni suegros que nos hicieran la vida imposible.
Nos quedamos ahí sentados en la banca, apoyados en el respaldo mirando el cielo en silencio. Luego nos levantamos para ir a tomar la micro, y nos fuimos de la mano por la oscuridad del terreno de tierra, dejando atrás los malos recuerdos del viaje a La Serena.
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