【 The Tales of the Fox and the Hound 】
Capítulo 3: El brillar de Vulpecula
Londres, Subsuelo del Chinatown Base Mágica Secreta del Clan Asakura Julio de 2006
Tenía ocho años. No preguntó por su madre. No lloró. No hizo más que observar.
Había aprendido rápido que cada sonido que emitiera podía costarle un diente, una aguja debajo de sus uñas, un trozo de carne.
Lo primero que le quitaron fue el nombre.
— “Soren” es el de un niño.
El segundo fue su voz.
— No hablas a menos que se te ordene.
El tercero, su alma.
— El dolor es una ilusión. La compasión, una enfermedad. Tú no tienes ni lo uno ni lo otro.
Y después de eso, comenzaron los verdaderos métodos.
Año 1 — El Silencio del Dolor
Lo encerraron en una celda subterránea por meses. Piedra fría. Goteo constante e insoportable humedad. Maldiciones y sigilos sutiles grabados en los muros para evitar que su magia surgiera por instinto. Le lanzaban cadáveres de animales, a veces aún vivos, y lo obligaban a matarlos con las manos desnudas. Si no lo hacía, no comía. Si lloraba, lo azotaban. Si gritaba, lo mutilaban con precisión quirúrgica. Todo tenía un costo y rápidamente aprendió que estos no valían la pena pagarlos.
Sus instructores cambiaban cada semana. Nadie le decía sus nombres. Todos eran sombras con ojos crueles. Uno más despiadado que el anterior y a ninguno de ellos llegó a conocerlos personalmente.
El único rostro constante era el de Kengo Asakura.
Él no accionaba. Él solo observaba. Pero cuando hablaba, sus palabras eran más afiladas que cualquier daga. Más crueles que cualquier castigo y más frías que un inmenso iceberg.
— Las emociones no son para ti. Son armas que usas contra otros, pero jamás para ti mismo.
La primera vez que Soren mostró miedo, lo encerraron en una celda junto a un inferi sin piernas. Tres días. Sin agua. Sin luz. El niño destrozó al cadáver con manos y dientes después de que le destrozara el hombro.
Desde entonces, no volvió a temblar. Su rostro se volvió una tabula rasa carente de emoción y expresión. Sus ojos un vacío profundo indescifrable, un océano privado de sentimientos. Un agujero negro que lo absorbía todo. Había aprendido la lección. Y por eso mismo nunca más volvió a mostrar lo que había en su interior.
Año 2 — El Niño Zorro
Lo entrenaron para moverse sin ser visto. Para desplazarse sin hacer un solo ruido. Lo obligaban a dormir sobre astillas de hueso, a correr descalzo sobre brazas, a trepar paredes malditas que escupían fuego si pisaba mal.
Kai Asakura, el hijo legítimo de Kengo, entrenaba a escasos metros de él diariamente. Kai tenía tutores, entrenadores, un cuarto con cama y comida caliente todas las noches. Soren no.
Pero en los márgenes, entre las sombras, Soren observaba. Cada gesto de varita. Cada palabra. Cada ritual.
La magia estaba prohibida para él.
— Un zorro no necesita varita —le dijo Kengo— Solo colmillos.
Pero Soren no obedeció en eso. Los Asakura le habían dado algo más que constantes torturas y castigos, la habilidad única de un shinobi bien entrenado. Robaba libros. Espiaba duelos. Observaba a Kai conjurar protecciones, maldiciones, encantamientos complejos, y los repetía en su mente como un rezo secreto. No tenía varita, pero la magia lo reconocía. Aunque mutilada, su sangre semibanshee era una herida abierta hacia el otro lado.
Una noche, con casi diez años, logró conjurar su primera chispa sin varita. Un hechizo de silencio que lo envolvió por completo. Esa noche, se infiltró en la armería del Clan y robó un cuchillo encantado.
Nadie lo oyó.
Nadie lo vio.
Año 3 — El Poder del Ojo Rojo
A los diez años, los rituales comenzaron.
Querían que controlara sus visiones. Que domara ese fuego profético que hervía dentro de su sangre maldita. Le dieron venenos para forzar su trance. Lo enterraban vivo durante horas, bajo encantamientos de supresión sensorial, para que su alma vagara fuera del cuerpo. Para propiciar el despertar de su tercer ojo, de su intuición innata, de llevarlo a un estado tan próximo a la muerte que su espíritu se viera forzado a despertar su habilidad más primordial.
Le mostraban fotografías de objetivos políticos, mafiosos rivales, miembros del Ministerio de Magia.
— Dime cuándo morirán.
— Dime cómo.
— Dime si van a traicionarnos.
Cada error se pagaba con electricidad mágica y maldiciones de tortura. Con hambre. Con gritos en su cabeza que no se callaban incluso en el absoluto silencio.
Hasta que aprendió a ver lo que querían ver.
Hasta que aprendió a sumergirse en aquel trance por mérito propio.
Kengo lo usaba como oráculo personal. Un niño ciego de un ojo —el rojo, siempre cubierto— que podía predecir con un susurro la caída de un enemigo, el nacimiento de un aliado, el punto exacto donde una guerra sería ganada antes de que comenzara.
Así, el Clan prosperó. Nadie podía adelantarse a sus pasos. Porque el zorro siempre lo veía venir.
Año 6 — El Cuerpo como Arma
Con trece años, su cuerpo ya no era de un niño. Era una herramienta tallada con precisión. Cuando los demás muchachos de su edad debían estar en Hogwarts estudiando y viviendo los mejores años de su vida, él estaba siendo entrenado hasta el agotamiento extremo por los Asakura.
Ningún músculo fuera de lugar. Ninguna fibra sin propósito.
Entrenado en ninjutsu, pero no aquel superficial conocido por los muggles incapaces de explorar los rincones mágicos de un arte tan antigua como el mismísimo Japón.
Era aquella verdadera disciplina de las artes ocultas de los Shinobi, aquella que se practicaba en las antiguas aldeas de magos y brujas del japón antiguo. En la era donde vivían y respiraban magia, donde el Mikkyo era la pieza fundamental de todo el que estuviese conectado con la magia verdadera.
Era el Ninpō Majutsu, la mezcla oscura de artes marciales shinobi con magia ofensiva. Lo obligaban a combatir con las manos vacías contra oponentes armados y encantados. Aprendió a usar su entorno: su aliento, su sombra, su sangre.
Un estilo brutal, basado en interrupciones del flujo mágico del rival.
Golpes a puntos de canalización.
Técnicas de sigilo combinadas con maldiciones sin varita.
Combos diseñados para cegar, cortar, evaporar.
La utilización de venenos en hojas afiladas para incapacitar a un mago armado.
Podía lanzar cuchillos encantados con precisión quirúrgica y luego desaparecer en una neblina mágica.
Podía matar a un hombre con un solo dedo, si encontraba el punto correcto.
Era la sombra. Era el filo.
Y era apenas un niño.
Año 9 — El Ritual del Zorro
Con dieciséis años, superó la prueba final.
Kugutsu no Shōmei, el Ritual de la Marioneta.
Lo sometieron a maldiciones de control mental. Privación sensorial. Aislamiento absoluto. Repetición de órdenes hasta romper su personalidad. Lo desnudaron. Lo grabaron. Lo obligaron a ejecutarse mentalmente una y otra vez en ilusiones inducidas, vivir su propia muerte bajo su propia mano una y otra vez. Lo vaciaron por completo hasta quedar en blanco.
Cuando estuvo a punto de morir por convulsiones, Kengo lo revivió con una lágrima de fénix.
— No morirás. Aún no eres perfecto.
Y el ritual continuó una y otra vez.
Cuando despertó, tenía una cicatriz en las costillas. El sello del clan grabado con fuego maldito. Lo aceptaron, como uno más. Un hijo adoptivo. El arma perfecta del linaje.
Kai nunca lo repudió. Pero tampoco lo salvó.
Año 11 — Kitsune
Con dieciocho años, ya era una leyenda dentro del Clan y en los oscuros callejones del Londres Mágico. Ascendido recientemente e Kyodai entre las filas Asakura se convirtió en una figura fantasmal en los bajos mundos mágicos del Reino Unido.
Una máscara de zorro blanca. Una risa suave antes de matar. Una advertencia susurrada:
— Si el Kitsune te ve… ya estás muerto.
Se convirtió en ejecutor, en espía, en mensajero, en matón y en juez. Se volvió el símbolo de mal augurio y un heraldo de la muerte. En un objeto de superstición.
Cualquiera que mirase directo al ojo rojo del zorro conocería su final.
Nadie más que Kengo le daba órdenes. Nadie más que Kengo conocía su rostro sin máscara.
Ni siquiera él mismo.
Año 2025 — Vulpecula: La constelación del norte.
Soren se miró en el espejo del baño.
Uno de sus iris —el izquierdo— era completamente rojo. Un agujero que miraba más allá del velo rasgando el fino límite entre los vivos y los muertos.
A veces, en sueños, creía escuchar un canto.
Un nombre.
Un susurro.
Algo que no recordaba. Una promesa. Un meñique entrelazado.
Pero cuando ese algo intentaba aflorar, él se cortaba. Una línea limpia en el antebrazo. Sangrante. Un dolor que no llegaba a su rostro pero que estaba allí latente para recordarle que estaba vivo.
A veces olvidaba eso. A veces necesitaba recordarse que no era un fantasma. Un cadaver. Un heraldo que cruzaba una y otra vez el velo.
Recordaba.
No era un niño.
No era humano.
No tenía madre. Ni padre.
Recordaba que estaba vivo. Recordar que estaba vivo era aún más difícil. A veces imposible.
Recordaba.
Solo era el arma.
El zorro del mal augurio.
El hijo de acero.
El asesino.
El heraldo de la muerte.
Volvía a recordar que estaba vivo. Y el zorro… nunca olvida a su amo.
Pero todo comenzó a cambiar cuando las estrellas parecieron alinearse en aquella constelación raposa. Vulpecula comenzó a iluminarse en el norte como si hubiese llevado siglos dormida.
Y de repente, recordar que estaba vivo ya no era tan difícil.
Recordar su verdadero nombre. El aspecto de su rostro detrás de la máscara. La sensación de su cuerpo entumecido por los años de tortura.
Recordaba unos susurros entre sueños.
El nombre de un clan que lo cambiaría todo.
Y el cambio había comenzado.
Recordar que estaba vivo, ya no era tan difícil.
Lee el Capitulo II:
💬 0 🔁 0 ❤️ 1 · 【 The Tales of the Fox and the Hound 】 · Capitulo II: Night of the Fox Garravagh, Irlanda Abril de 2006 Las ramas del bos



















