(...) Tardes solitarias, sólo para mí vivas, sólo para mi amor llenas y resonantes. Bajo esa luz, el turbión de los hechos quiméricamente llegaba a transformarse en señal de aquiescencia, tan bella como digna, y el recuerdo más sórdido era fuente de un centelleo amable, si el deseo del tiempo, tan antiguo, anidaba también, allí, divinizándolo.
Ars poetica | Enric Sòria










