La lectura en clave política de la obra de Agustín permite concluir que, así como la idea de “ciudad celeste” actuaba de paradigma ejemplar que brindaba “forma realizadora” a la “ciudad terrestre”, la idea de “cristiandad” serviría después de él a modo de canon y mensura para reordenar los “restos del Imperio de occidente” y también para conformar los ensayos políticos que prefigurarían la “futura Europa”. En este caso conviene recordar que la caída de Roma fue percibida por sus habitantes en términos de “fin del mundo” y la “ciudad de Dios” no hacía más que establecer las condiciones elementales para su recuperación posible. Teológicamente esta intención concebía que el proceso de colapso del Imperio, no constituya el prólogo del “fin de la historia”, sino una etapa con potencialidad de “Nuevo Reino”. En estos términos, los juicios del teólogo imponen se afectaron substancialmente a la “futura Europa”, al prefigurarla “universal” según la forja de la “revelación cristiana”, que la dotaba de los contenidos valores que servirán para definirla ante “lo no europeo”, y con ello estableciendo definitivamente el espacio discursivo y práctico que regiría las cuestiones políticas fundacionales del novel orden “medieval”.
















