ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ ㅤthe hidden language of the soul.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ22122000.
Scotland, United Kingdom.
Glasgow.
55°51′36″ N 4°15′0″ O.
Poco era lo que Cassia recordaba de sus primeros años viviendo en Glasgow, pues aunque conservaba memorias de algún que otro suceso de su infancia más temprana en Suecia, lo cierto era que para la niña todo el asunto de la mudanza permanecía como un gran manchón en su subconsciente. No obstante, por alguna razón era capaz de recordar casi tan claro como el agua la primera vez que había entrado a un teatro local para apreciar un recital de ballet escocés en su máxima gloria. Atribuía aquello a que, como desde que tenía uso de razón había estado enamorada del arte implicado en la danza y en Suecia jamás había presenciado algo tan elaborado como aquel espectáculo, quizás la frescura de lo nuevo consiguió impresionarla de forma tal que se quedó impreso en su mente. Acompañada por sus hermanos, su madre y su padre, Cassia había llegado al lugar de la presentación cerca de las 8:40 PM, tan solo veinte minutos previos a que diera inicio la función. Recordaba haber pasado gran parte de la espera con la cabeza recostada al pecho de su madre, escuchando el suave latir de su corazón mientras la mujer se dedicaba a desenredar los rizos de la niña con ayuda de sus dedos y hasta la manera en que cada tanto le acariciaba la espalda suavemente antes de arrimarse a preguntarle si tenía sueño o no. Recordaba con exacta perspicuidad los labios suaves y cálidos de la mujer posándose en su coronilla y también ver las manos entrelazadas de sus padres, ambos sujetándose con fuerza, como si el tiempo se les escapara si no lo hacían.
Y fue entonces cuando las luces se apagaron, el telón se abrió y el brillo de los reflectores dejó entrever una escenografía magnífica cuyos colores predominantes eran el mármol y el dorado, ejemplificando una sala elegante y muy lujosa. Del costado del escenario divisó a la bailarina acercarse, usando un tutú en tonos pálidos y una tiara sobre su cabeza como si fuese una princesa; avanzaba de puntillas, lento pero con gracia, como si fuese una muñeca de porcelana. Cuando por fin llegó al centro del escenario, una muy dulce melodía comenzó a sonar y la mujer dio inicio a unos ligeros pero muy elegantes movimientos de piernas que complementaba con sus brazos perfectamente alineados a los lados de su cuerpo o sobre su cabeza. La sonrisa que mantenía en su rostro pronto se le contagió a Cassia, quien acabó por apartarse de su madre para hacerse más al filo de su asiento y así poder apreciar mejor la coreografía que con tanta facilidad la bailarina parecía demostrar. Cada vez que la música daba saltos para alertar al público y la mujer se elevaba en el aire con ligereza, los ojos de la niña se abrían de par en par como si aquello fuese lo más asombroso del planeta, lo que provocaba que Lorraine riera al ver la facilidad con que su hija menor se sorprendía. Ahora, la bailarina se deslizaba hacia el costado del escenario si sus pies jamás quisieran tocar el suelo salvo para impulsarse, y lo siguiente que la sueca evidenció fue a la mujer corriendo hacia el centro para ejecutar un grand jeté estirando las piernas en el aire. Algo de aquel magistral instante había dejado una huella indeleble en su pecho, tanto que incluso provocó que se levantara de su asiento mientras todos los presentes aplaudían ante tan maravilloso acto.
—¡Quiero hacer eso! —exclamó la pequeña, mientras se volteaba hacia su madre para insistirle. —¡Mami, mami! ¡Quiero hacer eso! ¡Quiero ser bailarina de ballet!
Antes de poder mencionar algo al respecto, la mujer se inclinó hasta ella y le tomó la mano con una sonrisa curvando sus labios para obligarla a sentarse nuevamente. El resto de la función había sido una mezcla de excitación y asombro constantes por parte de Cassia, cuyos ojos curiosos no perdían de vista ninguno de los movimientos de los bailarines que más tarde se presentaron también. Si de algo estaba segura, era de que aquella velada había conocido una de sus primeros amores en la vida: la danza. Aquel era un recuerdo que, sin cabida a dudas, atesoraría por el resto de su vida en el espacio ubicado entre su mente y su corazón.
Poco era lo que Cassia recordaba de sus primeros años en la ciudad de Nueva York, pues aunque conservaba memorias de algún que otro suceso de su infancia más temprana, lo cierto era que para la sueca todo el asunto de la mudanza permanecía como un gran manchón en su subconsciente. No obstante, por alguna razón era capaz de recordar casi tan claro como el agua la primera vez que junto a sus padres y hermanos había puesto pie dentro de un teatro en Broadway para ver un recital de ballet. Atribuía aquello a que, como desde que tenía uso de razón había estado enamorada del arte implicado en la danza y en Suecia jamás había presenciado algo tan elaborado como aquel espectáculo, quizás la frescura de algo tan nuevo consiguió impresionarla de forma tal que se quedó impreso en su mente. Había sido pocos años antes de que Leilani perdiera por completo la memoria, pues Cassia recordaba perfectamente que había sido una de las pocas noches en la que la mujer se había sentido lo suficientemente bien como para abandonar la seguridad de su hogar por primera vez para algo que no fuese sus citas médicas.
Recordaba haber pasado gran parte de la función con la cabeza recostada al pecho de su madre, escuchando el latir de su corazón emocionado que se sobresaltaba cada vez que algo interesante ocurría en escena. Recordaba los delicados dedos de ella desenredando su cabello con una dulzura que ni Margueritte era capaz de imitar, o la manera en que cada tanto le acariciaba la espalda suavemente antes de arrimarse a preguntarle si estaba disfrutando el show. Recordaba con exacta perspicuidad los labios suaves y cálidos de su madre posándose en su coronilla para dejarle un dulce beso antes de exclamar emocionada nuevamente, con su mirada cansada y perdida pero aquella misma enorme sonrisa, hacia el escenario. Recordaba ver las manos entrelazadas de sus padres, ambos sujetándose con fuerza, como si el tiempo se les escapara si no lo hacían. Recordaba todas las veces que tuvo la necesidad de abrazarla con fuerza y decirle que la quería más que a nada en el planeta, pero no lo hacía. Y por algún motivo, recordaba también la primera vez que había puesto atención realmente a lo que estaban presentando; tenía fresca todavía la imagen de aquella bailarina de piel de porcelana, esbelta y preciosa con un traje suelto que enmarcaba su figura, haciendo un grand jeté en el aire con tal gracia que le calentó el corazón y le erizó la piel al sentir que el tiempo se congelaba por unos instantes mientras el acto transcurría en cámara lenta justo frente a sus ojos.
Algo de aquel magistral instante había dejado una huella indeleble en su pecho, tanto que incluso años más tarde seguía recordando la noche de inicio a fin como si nunca fuese a desaparecer. Atesoraba ese recuerdo en un espacio ubicado entre su mente y su corazón, pues aunque habían pasado muchos más momentos juntos como familia antes de la partida de su madre, Cassia sólo asociaba aquel día como la última vez que estuvieron todos juntos y que todo fue –de algún modo– lo más normal posible debido a las circunstancias.