Mucha gente acumula conocimientos, despliega su genialidad constantemente, su currículo está lleno de títulos y suelen ser geniales en los negocios, pero, aún con todo eso, fallan en sus asignaciones laborales por tener muy malas relaciones de trabajo.
De hecho, uno que fue mi jefe, era capaz de cerrar negocios que uno creía imposibles, pero que, como persona o compañero de trabajo, era insufrible.
Otros en cambio, acumulan experiencias en las cuales dejaron el alma, acaparan un gran número de gente que los estima, suelen ser exitosos, aunque quizás no siempre en posiciones encumbradas, y todo esto sin tener grandes títulos o estudios.
En este caso, otro que fue mi jefe, y que era un excelente líder porque motivaba y cuidaba a su equipo, nunca pasó de ser un jefe de área, por esas mismas características.
Entonces…
¿Qué es más importante?
¿El Coeficiente Intelectual (CI) de los primeros o la Inteligencia Emocional (IE) de los segundos?
Hay miles de escritos sobre la definición de una y otra, muchos de ellos de los últimos años, llegando a la conclusión de que ambos son importantes en distintas proporciones o para distintas actividades y posiciones organizacionales.
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