Rebeldías Anti-heterosexuales
A esta hora no puedo dormir, el viernes me golpearon y hoy un camionero me tiró un beso mientras caminaba a mi casa luego de hacer trámites. Hablé con mi padre cuarenta minutos al teléfono, y entre los resabios del cariño y el fascismo nos tratamos de tolerar (creo que ya no tenemos un espacio para el querer).
Viajo a mi adolescencia y me recuerdo como el amigo gay, delgado, bueno para tomar (hasta hoy); se puede decir que me vestía mejor y hasta era más livianito de sangre. Recuerdo acompañar a mis hermanas a comprarse ropa, con mis amigas yendo al mall, a los hetero-curiosos y sus miradas lascivas que nunca encararon su deseo, y a mí siguiendo la marea.
Desde estos recuerdos me pregunto hoy cuál ha sido el rol que he tenido en la vida de las mujeres con las que nos hemos acompañado. A veces siento que, aparte de ser un hombre no violento para ellas, quizás sólo buscaban a un hombre que les escuchara y les diera una afirmación que no fuese simplemente para dejarlas tranquilas. No puedo negar que no haya existido un cariño real, pero sí pienso en que las lógicas que nos han hecho encontrarnos responden en gran parte a una heterosexualidad que busca ser conducida hacia una reconciliación que nunca existirá. La amistad entendida como una relación no sexualizada teniendo la única garantía de estar cerca de un biohombre no reproductivo; aquí no hay friendzone, lovezone ni mayores prácticas de violencia sexual que pongan en riesgo la vida de las compañeras.
A veces también siento que me escuchan más a mí que lo que se escuchan entre ellas, y me da vergüenza; porque recibo una atención muchas veces está de más, luego me da pena, porque hay tanto que reconstruir, pero son cosas que de ninguna forma dependen de mí, yo no vengo a iluminar a nadie.
Por otro lado con los hombres es más curioso todavía, nunca socialicé mucho con ellos. Ni a mi padre lo dejé tenerme en brazos hasta los tres años. Escupir y mear en la calle, sacarse la polera y decir garabatos me era salido de otro mundo; y no era por cuico (venga que viví en una población hasta mi pre-adolescencia al lado de las vías del tren; cuma la weá), simplemente eran aprendizajes que no había incorporado hasta mucho después y con cuea. El fútbol por otra parte era intransable, en realidad cualquier deporte lo era, el miedo al contacto físico, a la exposición y la competencia me apabullaban. Era un mundo desconocido, pero sabía que tampoco podía entrar en todas las de la ley en el territorio femenino.
Mi socialización fue siempre con mujeres y animalas, y aunque esto me ha permitido empatizar en muchas cosas, no puedo decir que me he perdido aspectos de una vida varonil (suena hasta chistoso decirlo), pero me ha dejado ignorante en variados aspectos, por lo que pocas veces me he sentido un igual con otros hombres.
Me pregunto a veces si los estos, los heterosexuales, necesitarán a un cola en su vida para poder canalizar su deseo reprimido, la angustia por no expresar afectos, la superficialidad de cada conversación; canalizar en una tortuosa homofobia o en cariño y afecto aquellas conexiones neuronales que nunca hicieron sinapsis por no saber hacer cariño sin poseer, tocar sin ser torpes; volcando las culpas de un cuerpo que es extraño a sí mismo, que sólo se construyó en torno a su pene y que de tenerlo chico, implicaba una eterna cojera imposible de ser restituida.
Estoy convencido de que la heterosexualidad sólo puede sobrevivir mediante un no-tan-asolapado homoerotismo. En los hombres es fácil de ver: el contacto físico, la admiración entre pares, las masturbaciones colectivas, etc. Estoy convencido también que desgraciadamente entre hombres se manifiesta con mayor recurrencia la solidaridad entre ellos; se defienden, comparten, se reconcilian, no se pisan la cola, etc…siempre y cuando no pierdan su masculinidad. No pierdo de vista tampoco que este ejercicio de solidaridad, se hace en el ámbito del privilegio que les otorga una sociedad hecha a medida para ellos; no puedo olvidar este gran detalle.
El año pasado un compañero me comentaba sus problemas y confusiones amorosas, me pedía consejo, como si yo tratase a modo de intermediario entre el diálogo de las construcciones sexo genéricas; pero en las ironías de la vida, más que intermediario, me siento una suerte de no-lugar entre estos monolitos, perdido en términos generales.
¿Qué le haría pensar que sin ser amigos, sin conocerlo en profundidad y sin mayor cercanía más allá de la buena onda, podría confiarme sus problemáticas?
Creo que una posible respuesta a esta pregunta reside en la soledad con la que tenemos que cargar nuestro deseo. La generación de una sociedad binaria no permite la posibilidad de generar identidades que no sean odiadas, por sí mismas o por el resto.
Cuántos heterosexuales ansían conocer a un maricón, a una travesti, a un monstruo deambulante al cual contarle sus penas, cuántos de ellos necesitarán un hombro sobre el cual llorar, cuántos de ellos miraron al suelo cuando sintieron una erección indebida, y cuántos aspiraron a que el culión de la noche pasada no salga de aquellas cuatro paredes y del cola que les dio uno de los pocos momentos de alegría prohibida que este sistema les negó; cuántos tabúes quedan aún por gritar.
No siento pena por ellos, es más, tengo un creciente sentimiento de venganza cada vez que los veo y hacen como si nada, cuando sé que tienen sexo sin condón, cuando le gritan a “su mina” y cuando dicen que somos “todos personas”. Nunca dejaré de ver el privilegio en el que se construyeron. Eso no implica que a veces no sienta curiosidad, y que me pregunte si alguna vez pueda reconciliar de alguna forma esos vínculos.
Pienso a veces que una vía aparte de la denuncia, la visibilización y la generación de otro tipo de vínculos, es también el sexo con estos seres; estos autonombrados HSH (cuando en ocasiones asumen su deseo, pero nunca sus mariconerías), y asumirlo como un acto de pornoterrorismo. Gritar con el cuerpo desnudo, hacer de los muslos trincheras que pueden ser llenadas de deseo, de la espalda un Pentágono en pleno atentado, y de mis manos armas de sometimiento hacia formas del placer desconocidas para mis interlocutores.
Veo compañeras embarazadas y amigues con ITS y pienso que, como dice Alicia Murillo, el problema no es el coitocentrismo, es la heterosexualidad. La lógica de la penetración que sólo se inscribe en nuestros imaginarios como práctica central en nuestra sexualidad a partir de su funcionalidad en el sistema patriarcal; esto es a partir de la necesidad de reproducción y del continuo contagio de ITS. El SIDA nos está comiendo, pero no pensamos en otras armas del deseo que nos permitan rebelarnos ante la dictadura misógina.
El sexo lésbico no es sólo aquel que se practica entre mujeres, el sexo lésbico es una herramienta que pasa a ser paradójicamente una “matriz” generadora de prácticas no reproductivas del sistema.
Nuestro sexo es político, desemboca nuestras prácticas de poder y control de forma directa en otros cuerpos, sumando en muchos casos la variante afecto.
La penetración es un acto de violencia que tristemente está asumido en nuestros discursos, asumiendo que más de la mitad de nuestros insultos implica la práctica sexual como temática central. Las violaciones son, aparte de un castigo a los cuerpos feminizados, una reafirmación de la dominación masculina, casos ejemplificadores de un permanente estado de sitio en donde no existen espacios para parapetarse de los ciclos de violencia sin fin.
Como mencionaba, el coitocentrismo/genitalismo no es el problema, es más bien un pilar donde se erige la heterosexualidad, por tanto teniendo al enemigo encañonado, es posible generar tácticas revolucionarias que nos permitan desbaratar este rompecabezas del deseo y la violencia.
Tenemos el ano, como espacio democrático del placer, pero no me conforma; teniendo en cuenta que las posibilidades de adquirir el VIH por sexo sin protección son del 80%, aparte tampoco es una vía segura de prevención del embarazo, dado que el 8% de los embarazos ocurre por esta vía al escurrir el semen hacia la vagina.
Es necesario entender el cuerpo como un territorio basto del placer, con múltiples terminales nerviosas que pueden ser activadas a partir del simple roce de nuestra piel hasta otras vías practicadas con mayor recurrencias en las prácticas BDSM.
Nuestro cuerpo también es una construcción política, una construcción interseccional. Veo a los colas de gimnasio, aquellos chiquillos varoniles, que no se les nota y que son activos todo el rato. Sus cuerpos musculados sólo obedecen a lo que se espera de sujetos recios, ¿qué otra forma de masculinidad es tan visible como el uso de la fuerza, de la violencia física? La construcción de un deseo no heterosexual implica también el devenir del placer en, por y a través de otras corporalidades.
Hablar de heteronorma es lo mismo que hablar de micromachismos, son nombres inventados por una pseudo academia que goza de los beneficios de una ciudadanía que les permite tapar las problemáticas estructurales con nombres de fantasía. Yo hablo de heterosexualidad porque así transformo mi discurso en denuncia, no deseo atacar sólo las performatividades del género existentes en una pasarela, deseo destruir la industria completa así como no disminuiré el grado de repudio de una acción porque está más naturalizada. No quiero seguir trabajando en torno a las puntas del iceberg llamado patriarcado.