Dialéctica del amo y la esclava
2. Una mala novela y un pésimo cuento (antítesis)
Bessel Van der Kolk dice que el cuerpo lleva la cuenta de todas las cosas malas que nos pasan. Supongo que, por eso, aquella semana las lágrimas se deslizaban por mis mejillas sin que pudiese evitarlo. Y es que parecía que me había mirado un tuerto. Sin embargo, esa tristeza no era reciente. Provenía de lo más profundo de mi ser: se trataba de toda mi vida. Por si eso fuera poco, en el último momento, recibí un gancho en los riñones, y volví a la casilla de salida... Hacía años que no paraban de caerme encima reprimendas como armarios empotrados. A este respecto, la opinión siempre era unánime: NO APTA. Entonces, perdía mi locuacidad y me convertía en un saco de patatas, torpe y balbuceante. Y, de vuelta, al rincón de las olvidadas. No pude evitarlo, volví a quedarme dolorosamente atorada frente a la pantalla. Incapaz. Completamente incapaz hasta de realizar la tarea más sencilla. Terminar mi CV, todo un mundo. Aquello si fue un ataque de ansiedad y no lo que había conocido hasta entonces: me castañeteaban los dientes. Al final, decidí remitirlo todo mutilado. No era lo ideal, pero tampoco tenía muchas opciones. O eso, o dejarlo correr (tal vez, la próxima vuelta tendría "más suerte"), o sufrir el infarto definitivo. El bochorno me acompañaba mientras presionaba la tecla "enviar". Entonces, pasó algo inédito en mi vida hasta ese día. Mis piernas, que nunca habían fallado, dijeron: "basta". Simplemente, no podía más. Tuve el tiempo justo para llegar a la cama antes de caer desplomada...




















