La consigna 1 sirve a Rodolfo para hacer este cuento fantástico donde la protagonista es una muchacha que sufre de amor y el argumento gira en torno a una piedra, un río y una esperanza.
LAS LÁGRIMAS DE PIETRO
El río iba arrastrando algunas hojas secas que ya no le servían al bosque. Avril ansiaba que, esa misma corriente, también se llevase su pesadumbre. Pero no era posible. Ella solo quería olvidar la traición del hombre a quien tanto amó. Estaba decidida a no volverse a enamorar, al menos ya no de esa manera. Y, mientras su mirada envejecía con la llegada del atardecer, lanzó una piedra al rio, y otra, y otra… Le pareció que la última lanzada había dejado un agujero en las aguas, pero la fuerte corriente no tardó en cubrirla. Luego, bajó la mirada hacia las demás piedras que se hallaban a su lado y cogió una. Antes de lanzarla, la miró con detenimiento: era ovalada y tenía el tamaño de su puño; al apreciarla desde arriba su color era gris, pero al ponerla de lado parecía cambiar su tonalidad a un sutil azul verdoso.
Avril puso la piedra en su bolso y regresó a casa. Mientras la seguía apreciando, sentada en su escritorio, recordó las explicaciones sobre la vida de los minerales leídas en los libros de filosofía. Según el esoterismo y las teorías de la reencarnación, la evolución de todo ser empezaba desde una piedra, luego está sería un vegetal, animal, así hasta convertirse en humano. Al intentar deslizar sus manos, le daba la impresión que, esa áspera superficie porosa, quería evitar sus caricias. La piedra no estaba acostumbrada a tantas muestras de afecto. Aun así, Avril sintió una conexión muy especial con aquel ser poco evolucionado.
A los pocos días, Avril empezó a hablarle y hasta le puso un nombre. Por las mañanas, sacaba a Pietro a la ventana para que el sol derramara un poco de calor y calentara su fría piel. Caída la noche, le colocaba el pijama rojo que le había tejido. Y, antes de dormir, le recitaba unos poemas sobre el verdadero amor. Estaba segura que Pietro la escuchaba y cuidaba cuando ella cerraba sus ojos.
Finalmente llegó el día temido por Avril. Sus padres, muy preocupados al verla que pasaba casi todo el día encerrada en su habitación, le preguntaron si ya estaba repuesta de la traición de aquel innombrable hombre. Ella, con una pequeña caja en las manos, les dijo que ya no pensaba en eso y tenía una comunicación muy importante que hacerles. Sus padres se mantuvieron en silencio.
— Tengo un nuevo novio.
— Hija, acabas de salir de una relación tormentosa. Debes esperar un tiempo prudente para poder elegir al hombre adecuado.
— No es un hombre, papá.
La atención de la mamá se enfocó en el rostro de su esposo y, antes de que sus padres hicieran una nueva pregunta, Avril sacó a Pietro de la pequeña caja. Le había pintado cabello, unos enormes ojos, una diminuta nariz y una boca que siempre esbozaba una sonrisa.
— Se llama Pietro y es mi novio. Papá, dale un fuerte abrazo.
Sus padres se miraron entre sí, y solo atinaron a no contradecirla. Su Papá tomó a Pietro en su mano y simuló darle un abrazo con dos de sus dedos. Su mamá empezó a acomodar la mesa y puso un par de cubiertos adicionales.
— ¿Qué ridiculez estás haciendo, mamá? Una piedra no come. No piensen que estoy loca.
Avril les explicó que la evolución de todo ser empezaba desde una piedra, así hasta convertirse en humano. Para asegurarse que su futuro hombre sea perfecto y evitarse otro desamor, alimentaría esa relación desde la condición menos evolucionada de Pietro. Este era el plan de Avril para construir un amor perfecto.
— Hija, pero si tal evolución existe, tú también evolucionaras. Cuando Pietro sea un hombre, tú ya serás un ángel o un ser menos tangible.
— Si es así, vendré por él. Seré su ángel o lo que exista en ese entonces. Igual, Pietro será solo mío.
Los padres de Avril decidieron ya no discutir más y aceptaron la elección de su hija. Estaban seguros que ese capricho se le pasaría cuando ella sanase de la desilusión causada por aquel hombre que no querían nombrar.
Los días pasaron. Avril fue aferrándose cada vez más a Pietro. Todas las mañanas lo llevaba a visitar a sus parientes, las piedras del rio, para que él no se sintiese solo. Y, de paso, desarrollar en Pietro, el hábito de la limpieza en aquellas aguas cristalinas. Ella le cepillaba la superficie, lo despintaba, y volvía a dibujarle un nuevo rostro: un día con bigotes; otro, con lentes; le tejía bufandas y armaba sombreros con papeles de diferentes colores.
En una de sus visitas al río, después de su baño habitual, y en plena manifestación de su afecto, Avril perdió el equilibrio y Pietro se le cayó de las manos. Enseguida se formó una onda blanquecina en la superficie que, rápidamente, la corriente iba deshaciendo. Debajo del agua, todas lucían iguales. Ella levantó las piedras del río, pero no pudo distinguir cuál era Pietro.
Desconsolada, Avril se sentó en la orilla y sumergió su cabeza dentro del agua hasta cubrir completamente las orejas. Imaginaba escuchar los lamentos de Pietro en la profundidad. Sin embargo, la corriente del río arrastraba esa sibilante y quejosa voz cuesta abajo. Las aves, confundidas, sobrevolaban la superficie e intentaban prolongar su vuelo debajo de las aguas. Luego de unos segundos emergían inquietas al no poder capturar al dueño de la voz. Avril sentía que, de los ojos inventados de su amado, le drenaban lágrimas, pero dentro del río se confundían entre las aguas. Pietro no dejaba de llorar. Noche a noche, el caudal del río fue aumentado hasta inundar los campos agrícolas y las cercas ganaderas. Pronto, la parte cóncava de la ciudad se había convertido en una inmensa laguna.
Un hombre tímido es el protagonista de este relato de Yasser para cumplir con la consigna 1. La locación es una fiesta de reencuentro con excompañeros de colegio, de los cuales tiene tristes recuerdos. El bullying, un extraño tatuaje de serpiente y una pelea en un baño de hombres son la química, o debo decir alquimia, que produce este relato sobre marcas imborrables.
MARCA
El hombre tímido se está mirando al espejo. El hombre tímido se está acostumbrando.
El hombre tímido era alto. Desde su altura siempre se había sentido expuesto. Bajaba la voz para parecer pequeño. Detestaba los grupos del colegio. Sin embargo, lo mantuvieron como un satélite. “Ven, huevonazo”. No supo qué hacer con todo ese cuerpo suyo. No pudo enfrentar al abusivo del aula. Bajó la mirada durante las humillaciones a las víctimas de siempre. Y hoy había sido el reencuentro de los 15 años. Mucho tiempo había pasado. El hombre tímido había hecho algunos cambios. Se tatuó en el hombro a los veinte. Lo pagó el mismo. “Cómo te has arruinado la piel, huevonazo”, dijo su papá. Su mamá miró sus ojos y supo que vendrían más. El otro hombro, un muslo. “Tapate esas huevadas cuando estés en mi casa”, siempre papá. A los veinticinco se independizó gracias a sus prácticas como psicólogo. Con el tiempo tuvo un espacio asegurado en investigaciones clínicas con poblaciones vulnerables. Hacía el seguimiento de tratamientos para VIH. Los pacientes albergaban tatuajes desprolijos y desvergonzados. Rosas en los puños. Lágrimas en el rostro. Una santa en la nuca. Las imágenes se apilaban.
Los mensajes del reencuentro arreciaron. No recordaba haber compartido su número telefónico. Cansado de las notificaciones había confirmado su asistencia, pero sin real interés. Su grupo se había desintegrado: uno estaba de ilegal en otro país, otro se había vuelto evangelista y su mejor amigo, el gordo, había muerto de un paro cardiaco.
Pero llegó el viejo. Su bividí dejó entrever un tatuaje. Los ojos del hombre tímido, curiosos. El viejo preguntó: “¿al doctor le gustan los tatuajes? Este es especial. Lo hice con la espina de una planta”. Se levantó la prenda. Animales e insectos inmóviles ocupaban su pecho. Una constelación de puntos azules al alcance de su mano. “Antes solo los valientes recibían tatuajes. ¿El doctor es valiente?” El hombre tímido sonrió y se agachó para tomar un cuestionario. Cuando volvió a encarar al viejo, éste le preguntó por la marca en su nuca. Un círculo perfecto. La huella que dejaría la punta de un dedo incandescente. Qué observador. “Nos lo hacía mi viejo recién nacidos. Apretaba un pedacito de esparadrapo y luego lo arrancaba”. El viejo escarbó en su mirada por un minuto largo. El hombre tímido no supo por qué agregó “Ya murió. Nunca le pregunté por qué lo hacía”. Al final el viejo le propuso: “Si usted me asegura la medicación, yo le hago un tatuaje, pero solo puede elegir los que tengo en el pecho”. Fue un trato. El hombre tímido eligió la serpiente marina. Tinta, espinas, y guantes. “¿De qué está hecha la tinta?” “De sangre de plantas” respondió el viejo lamiendo una gota azul. Tomó cinco sesiones en las que el silbido melancólico del viejo secaba los puntos. Una telegrafía menos dolorosa que un tatuaje convencional. La serpiente de aros negros y cabeza roma encontró espacio entre el plexo solar y el ombligo. En su departamento el hombre tímido se miró en su espejo de cuerpo entero. Una ilustración perfecta. El viejo al terminar había dicho: “Los animales más vulnerables son los más venenosos”. El hombre tímido se animó a ir al reencuentro. Inclusive compró una camisa para envolver la nueva promesa de su cuerpo.
En el reencuentro las caras habían caducado. Reconoció a muy pocos: la extrovertida que quiso saber de todos, el que tenía plata y siempre se salvó del bullying, y el abusivo que siguió escupiendo palabras y bromas obscenas, pero con nuevos gestos de cocainómano. El abusivo se atrevió a recordar al gordo: “Ese cojudo se murió por cerdo”. El pecho del hombre tímido se infló, sus labios pelearon entre ellos. Sintió que algo se le removía. ¿Cómo alguien no puede cambiar después de tanto tiempo? El hombre tímido se retiró al baño. Su pecho ardía. Frente al lavador se desabotonó un poco la camisa. Piel enrojecida. El abusivo también llegó al baño. “¿Ya te mareaste, huevonazo? Yo te invito algo que te…” El abusivo se interrumpió al notar el tatuaje. Se acercó, observó, ojos depredadores. “Esa cagada de dibujo. Te han estafado huevonazo”. Chirrió su risa. Palmeó el pecho. Los puños del hombre tímido estuvieron listos, maduros para un puñetazo, pero su piel se adelantó. Un extremo de piel salió expelido hacia la mano del abusivo. Unos segundos. El abusivo retrocedió mirándose la palma, “¿Qué mierda?”. El hombre tímido miró su vientre, pero no supo. Serpiente roja. “Ni te me acerques mierda porque te parto la cara”, el abusivo salió del baño.
El hombre tímido se abotonó y salió para su casa sin despedirse. Durante el trayecto sus manos evitaron el vientre.
El hombre tímido miró la serpiente agotada. Volvió al mensaje del grupo: el abusivo estaba grave. Se lo llevó una ambulancia. Llamó al viejo. Al tercer intento saltó un ¿Cómo le va doctor?
-El tatuaje que usted me hizo. Ha pasado algo. Creo que el tatuaje… atacó a alguien.
-… ¿Alguien más vio eso?
-No. No sé. Fue rápido. Estábamos en el baño…
-¿Dónde está el cuerpo?
-¿Qué? No. Yo estoy en mi casa. No sé qué pasó con el tipo, pero dicen que se ha puesto mal…
-La sangre y el aire huirán despavoridos del cuerpo. Es feo ver eso. Por eso doctor, ahora usted debe aprender a controlarse.
-¿Qué? Yo no hice nada. El tatuaje… creo que lo mordió.
-Su piel dirá, doctor. Pero tranquilo, es cuestión de controlar los puños, de controlar la piel. Igualito es. Porque doctor, lo que ha pasado, usted quiso que pasara.
-No, yo no quise… yo… tengo miedo…
-¿De qué? ¿De su propio pellejo? Vaya a acariciarla, debe estar resentida. Mañana seguiremos conversando. Ahorita no hay nada que hacer. El tatuaje es usted doctor. Solo recuerde eso.
El viejo cortó. El hombre tímido volvió a llamar, pero el celular estaba apagado. Frente al espejo el hombre tímido sobó su vientre con mucha timidez, luego con ternura, luego con muchos recuerdos, con muchos deseos.
El hombre se está mirando al espejo. El hombre se está acostumbrando. Los mensajes del grupo siguen lloviendo en el celular.
El protagonista que ha escogido para la consigna 1 Gabriela Zamora es una mujer encerrada en su casa, con el recuerdo de su marido muerto, unos binoculares de marfil y una pierna enyesada en plena pandemia. Solo le queda mirar por su ventana como sucede, literalmente, la vida.
RESISTENCIA
Cada tarde de encierro involuntario, o mejor dicho después de la conquista de un virus que invade al mundo, salgo a mi balcón miraflorino para observar a mis vecinos que creen que después de mi accidente soy otra; pero no es así, la cuarentena nos puso horarios y ahora seguimos regímenes igualitarios. Ahora me los imagino enyesados, paralizados a sus rutinas tal como la mía. Los veo a través de sus ventanas, entro a sus días, los observo de arriba, me siento en su mesa, escojo con quién cenar y al brindis de un copa de vino, festejo la equidad. Yo, en la terraza con un objeto que ellos no notan, piensan que ando sola, que soy más un alma que persona, pobre vieja dirán, ¡nunca tuvo hijos! cuando ellos son los pobrecillos, el encierro los agobia, sus gritos me indigna, se pelean entre ellos y de tanta familia, se aíslan.
Me pregunto cómo se inició todo esto, si fue en un laboratorio chino o un murciélago símbolo decidió hacernos creer el nacimiento del coronavirus, así manipularía a la naturaleza, la hiciera ver como una vengadora y nos dejara encerrados en lo que siempre creímos que merecíamos, un mundo tan tuyo como el mío. No fue mi egoísmo, menos mal, la creación de este virus mortal, fue un ex prototipo de humano, uno que aún buscamos para castigar.
¿Saben? Ya no soy exclusiva, más bien, soy presidiaria del algún maldito mutante que reflejó su voracidad para crear pánico y miedo, para así empoderarse y demostrar su tiranía. Tengo un yeso blanco en una pierna, la otra sostiene mi delgado cuerpo, me resisto a contratar a alguna enfermera que me acompañe, no necesito a nadie, a mi costado está el regalo de mi esposo que atesoro y un lapicero que hace que ustedes me lean, que escriba.
Mientras todos somos obligados a quedarnos en casa, unos pajarillos verdes emigran, vienen hacía este balcón de fierro, dejan las copas de árboles de la esquina, no me tienen miedo ni me envidian, osan en posarse en las rejas y me miran, silban, me hacen compañía. Al fondo el sol se oculta, es mi parte preferida, cojo los binoculares porque las olas marinas invitan, la aleta de un delfín desde lejos me saluda, puedo ver sus dorsales contorneándose y algunos saltos en el aire que me lleva a ese viaje de recién casados, al crucero, a las cenas de gala y al paseo juntos en altamar. A Roberto le gustaba verme con traje de brillantes, admiraba verme caminar por horas con tacones, creía que era un arte, mi marido era como un niño y de noche era mi bandido, andábamos buscando lo que sella un matrimonio, la bendición de un hijo, que fue lo único que nunca conseguimos.
Ahora extraño a mi marido, recuerdo que algunos años atrás, Roberto me llamaría:
-Raquel, ven, ¡abre el paquete!
En medio de la sala le respondí:
-¿Es lo que me imagino? ¿A lo que nos dedicaremos de jubilados?
-Schuuuu, schuuuu
- ¡Abre, mira!
Del color que me gusta, marfil, acaricié los binoculares modernos y nocturnos con mis largos dedos tratando de descubrirlo todo, me levantó el rostro de la barbilla, me puso un beso en los labios y comenzó a apuntar el globo terráqueo de la mesa, presumiendo los países silvestres y las aves que volarían en un cielo espléndido bajo nuestros lentes. Íbamos a ser los nuevos observadores de aves, ¡teníamos tantos planes!, los años pasan es verdad, los momentos perduran y el corazón se regocija. Me alegro que Roberto no pase esto, hubiera sido mucho para él, siempre fue libre hasta que un accidente automovilístico, lo atrapó en cuidados intensivos de una clínica privada por unas horas y nunca más me lo devolvió. Ahora está en una cajita del mismo color que mis sábanas, las cortinas y los binoculares, él siempre supo que me gustó el orden, su ropa aún permanece en el armario, los acomodé de tal manera que en verano sacase las camisas de manga cortas, las pusiera en el espaldar de su silla y cada mañana comentásemos las noticias.
En las noches alrededor de las 8:00 pm, salgo a mi balcón con un buen tinto, escucho los aplausos de los vecinos, cantan juntos como si estuvieran en un partido de futbol, de balcón a balcón se saludan; con la pandemia se esfuerzan por ser amables conmigo, así no se asemejan a este virus; luego cepillo mis postizos, le hago la señal de la cruz a Roberto y me arropo en la cama para tener buenos sueños.
Lima la gris siempre trae sorpresas, esa noche no dormí mucho, bostezando a medias ante un grito espeluznante, abrí mis ojos legañosos para levantar con rapidez el binocular de la mesa; mi pierna buena arrastró mi cuerpo hacía las puertas corredizas para poder ver lo que acontecía; desde el balcón lo podía ver todo, creí que era un crimen que se llevó a cabo. El camión de los bomberos y un patrullero estaba estacionado en la puerta, me confundían, pensé que la prensa llegaría en cualquier momento y lo explicaría todo, también pensé en la muerte, toque mi huesudo cuerpo y suspiré profundo con la mano en el pecho, aún estaba viva. Al observar mejor, me di cuenta por el toque de queda que era un miembro de las fuerzas del orden el que la atendía; el esposo gritaba, ella gemía, era la vecina embarazada que en su propia cama pujaba como yegua dolida, ensangrentada del todo, yo la veía, quería que no se duerma, que sude y llore, pero que dé la vida; mientras todo el edificio en silencio corría de la muerte protegidos con mascarillas; mientras nadie salía, ese bebé fue un acto de rebeldía. Lo escuché desafiante a la vida, la que sé yo nunca engendraría; y así fue que ahora, después de sesenta años de casada, con el marido que yace en casa y en cenizas, terminé sola, fracturada de pierna y del alma, frágil sí, pero nunca rendida.
La protagonista que escogió Mónica para cumplir con la consigna 1 es una muchacha intimidada por un escenario campestre: cazadores de patos, pistolas en el jardín, carne en el asador y un disparo que provoca una estampida de aves en el cielo. Y además, como inicio y fin del relato, un auto estacionado donde Pierina se torna irreconocible.
ESTAMPIDA EN EL ESPEJO
Se escuchaba cómo los pájaros, despacio y en sigilo, recién regresaban a los árboles. Atentos habían guarecido a sus crías a lo lejos, y ahora, mientras volvían, Ernesto y Pierina temblaban abrazados con la imagen ausente y obstinada de la pistola. Las ventanas del carro estaban empañadas y, en el asiento de atrás, una luz débil del alumbrado iluminaba sus cuerpos desnudos.
Él la encontraba irreconocible. Ella recordaba los patos. Adentro de la casa varios compañeros del trabajo de Ernesto miraban en silencio el techo desde sus camas.
Ernesto la volvió a mirar a los ojos sin hablar, y ella trató de enlentecer el ritmo de su respiración. Habían llegado esa mañana a la chacra de Samuel para pasar el fin de semana. Se habían bañado en el río en la tarde, y cuando comenzó a caer la noche se juntaron en el patio a escuchar música y a asar algo de carne mientras jugaban dominó.
- Vamos, sírvete algo, Pierina. Un roncito, una cerveza, un vino.
- Ya déjala, Nico, ella no bebe - le pidió bajo Ernesto.
- Pero si parece una palomita pegada a ti, así, tan callada. Se ve tan pequeña, tan frágil.
- Estoy bien, estoy tomando una Fanta. Pero, gracias – le contestó Pierina con educación.
Patty agarró del brazo a Nico y le sonrieron a Ernesto con cara de qué chica tan aburrida tienes.
- Oye, Willy, ¿cuánto falta para esa carne? – dijo Nico.
Pierina dio una mirada hacia el fuego de la parrilla. Una vez había pasado por el departamento de Willy. Ernesto necesitó de emergencia unos equipos para una entrevista, y él le ofreció prestárselos, pero no se los podía llevar. Cuando tocó el timbre, no la hizo pasar, y la saludó sin mirarla cuando abrió la puerta.
- Espera un momento, por favor - le dijo. La dejó ahí parada y se fue a contestar una llamada del celular.
Las paredes de la sala tenían colgadas jaulas con canarios a todo lo largo, y por el cristal del balcón, la vista del acantilado ofrecía un panorama apagado de la ciudad.
- Toma, disculpa – le dijo, dándoselos. Chao, chao, Pierina. Perdona, pero es que acabo de llegar de cazar. Ten cuidado y no te tropieces con los patos – y cerró la puerta.
Cuando miró hacia donde le había señalado en el pasillo, vio una bolsa de patos muertos que le llegaba a la cadera. Tenían los ojos abiertos, y sus plumas verdes emitían destellos azules como si se movieran. “¡Corre, escápate de aquí!”, se imaginó que le decían mientras se fue llenando de lástima y de espanto. Apuró el paso hasta el ascensor, y casi se cayó, aturdida con el piar los canarios desesperados en sus jaulas. Subiéndose al carro, miró el cielo. Se imaginó a Willy disparándole a las aves en vuelo, y yendo a recogerlas mientras caían como goterones pesados sobre el lodo. ¿Pondrá cara de orgullo? ¿podrá alegrarse de algo tan atroz? ¿no sentirá el más mínimo arrepentimiento cuando coge en sus manos a un animal aún tibio al que le quitó la vida? ¿cómo puede ser capaz de apretar un gatillo? Hasta ese día no sabía que era cazador. Solo que era intimidante. Su tamaño y su peso siempre la habían hecho sentirse ante él como si fuera un animalito que no podía escapar del peligro.
En cuanto lo vio en la mesa esa noche en la chacra, perdió el hambre. Él comía en silencio – casi nunca hablaba – y la manera en que tomaba la carne con las manos, le daba un aspecto de depredador mortal. Sus manos manchadas con la sangre de la carne del asador, le hicieron recordar inmediatamente la sangre de los patos muertos de la bolsa de su departamento.
El padre de Pierina era historiador y su madre, psicóloga. Había crecido en un hogar armónico y perfectamente organizado, y ella pudo dedicarse a la filología y al dibujo, gracias a su apoyo incondicional. Vivía con tres perros recogidos de la calle, y participaba en las marchas a favor del planeta con sus antiguos amigos de la escuela, así que los gustos de Willy no le merecían ningún respeto. Nunca había conversado con él, pero ni siquiera sentía que podrían tener algo en común que pudieran compartir en una conversación.
Entre todos recogieron los platos, y siguieron bebiendo en el patio. La noche estaba muy fresca y el cielo parecía un techo agujereado de luces. Vio al fondo a Samuel llenando unos globos con agua, y metiéndolos en un balde. Luego se les acercó a la mesa.
- Ayúdenme a amarrarlos a la cerca, a unos dos metros de alto, dejando medio metro entre ellos – dijo. Les entregó 6 y fue rápido a buscar los otros.
- ¿Para qué es esto? – preguntó Ernesto, atando uno.
En ese momento, Willy trajo la pistola y la puso sobre la mesa, frente a Pierina.
- Vamos a divertirnos, respondió.
Pierina vio cómo el perro de la casa huía por la puerta de la cocina, y se juró que ella no participaría. Despreciaba las guerras, las armas, y era la primera vez que tenía una frente a ella.
- Vamos, Ernesto, comienza tú – le dijo Samuel.
Ernesto miró a Pierina y todos percibieron su desaprobación.
- Muy bien, entonces empieza Pierina – dijo Nico. Escucha, bebé, el especialista en tiro aquí es Willy. Él te va a enseñar a disparar. Agarra tú la pistola y muéstrale cómo se hace, Willy. Además, ¡tranquila!, son sólo globos con agua.
La presión del grupo la hizo avergonzarse, y sintió que había sido una aguafiestas todo el día. Los amigos de Ernesto se quedaron en silencio, mirándola, y él giró la cabeza para no verla a los ojos.
Odiándolos un poco a todos por eso, se levantó de la silla, y se colocó frente a la cerca, al lado de Willy.
- Te paras con los pies abiertos, uno al lado del otro, al nivel de los hombros. Tomas la pistola con las dos manos y la alejas de ti estirando los brazos hacia adelante. Echas para atrás el gatillo, cierras un ojo, y con el otro observas por la mira. Entonces, cuando estás segura de que ves tu blanco en el centro – que en este caso es el globo - disparas. Son dos para cada uno de nosotros. Tómala, y nunca gires tus brazos hacia otra parte. Todos estaremos detrás de ti.
Pierina percibió la tensión en su cuello. Y mientras escuchaba a Willy darle las instrucciones para disparar, por un instante se le cruzó la idea que estaba con él frente a un gran estanque de patos volando. Sin respirar tomó la pistola, y cuando tuvo el carrete entre las dos manos, algo empezó a desarmarse dentro de ella. Lo sintió redondo, como un cuerpo caliente con un corazón adentro. Mientras la miraban desde atrás, les pareció que Pierina empezaba a cobrar tamaño. Se paró derecha, miró concentrada por la mira, apretó con fuerza el gatillo, y con la detonación sintió como si un mar de lava lleno de poder le explotara en el cuerpo. El globo cargado de agua estalló sonando redondo. Rápidamente apuntó al segundo, y casi sin mirar lo explotó de otro balazo brutal en el centro. Comenzó a caminar, casi a correr, disparándoles a la panza, sin escuchar ya nada, mientras saltaban en pedazos en el aire mezclados con el agua. Los reventó todos, sin fallar ni uno. Y se quedó varios segundos con las manos extendidas hacia adelante, después del último balazo, reteniendo la respiración. Solo entonces percibió el revuelo de las aves que escapaban aterrorizadas con las detonaciones de la pólvora. No podía bajar la pistola, porque no entendía ni siquiera quién era ella misma en ese momento.
Willy se le acercó con cuidado por el lado izquierdo, la miró casi sonriéndole, y le quitó el arma. Pierina lo miró y sintió que se miraba a sí misma, sorprendida. Quizá sí tenemos todos algo en común, aunque no lo comprendamos. Quizá tan solo juzgamos rápidamente a los otros y no nos conocemos lo suficiente.
- Mañana jugaremos de nuevo, le dijo Willy. Ahora vamos todos a dormir.
Ernesto la esperó y, cuando todos se fueron, Pierina lo agarró de la mano y lo llevó hacia el carro, y sin que se dijeran una palabra empezó a besarlo y a quitarle la ropa.
Emilia es el nombre de la protagonista creada por Sophia para escribir la consigna 1. Una mujer hedonista, con un matrimonio que no funciona, una vida desorientada. La coloca junto a su amigo gay, Francisco, en una discoteca donde suena Depeche Mode, bailando hasta el final de la noche y esperando lo que no llega.
LO QUE NO LLEGA
Emilia tomaba a sorbos lentos el último café del día. Lo prefería siempre de la misma manera: puro, por la tarde y frente al espejo. La luz de esa hora teñía las paredes marfil de la habitación con un tono íntimo, casi secreto. El momento perfecto para su ritual de observación. Miró con orgullo su cuello, tan engreído por la bata de seda. Bajó la vista hacia el escote. Su mano acarició un breve retazo de tela, descubriendo apenas uno de sus pechos. Llevando la taza hacia los labios, se devolvió una mirada de triunfo. Era su pequeño juego: saberse bella en la desnudez.
Había construido una existencia alrededor de esa certeza, aunque su trabajo como diseñadora diera la impresión de una inclinación distinta: la de acentuar lo exterior sobre la piel. En Emilia, por el contrario, no había incongruencias. La ropa, el perfume, los accesorios: todos eran artificios, formas visibles para insinuar el estremecimiento que era su cuerpo.
Durante los años, había ido afinando sus teorías sobre la belleza a partir de la experiencia de sus sentidos. Por ejemplo, estaba convencida de que los rostros sugerían si el cuerpo era querido por quien lo habitaba. Si a alguien no le importa su rostro, ¿con qué fuerzas va a amar la piel que está cubierta por telas?, se decía.
Solo sus amigos- que eran pocos y siempre hombres- conocían las raíces de esa fascinación por el vestuario y la estética: para Emilia era un agobio no poder mostrar el cuerpo desnudo. Por esa razón, todo lo que cubriera su piel era tan cuidadosamente pensado, elegido y venerado: debía ser digno de la desnudez bajo de ella. Las elecciones nunca son sencillas, explicaba con voz calma a cualquiera que le preguntase algo sobre su atuendo. Bastaba con verla, y hasta los más desentendidos captaban difusamente el mensaje, para saber que algo en ella insinuaba una esquiva promesa de placer. Por eso, nadie quedaba inmune a su presencia.
Nadie, excepto su esposo. Recién casada y pronto olvidada, dijo Francisco en la última llamada telefónica que tuvieron, hacía una semana. Emilia tuvo una doble delicadeza. La más sencilla: no colgarle a su querido amigo. La más difícil: no mandarlo a la mierda. Podía sentir la risa de Francisco en su voz, ese timbre seguro y ronco que confundía por igual a mujeres y hombres. Cuando lo conoció, en una fiesta de año nuevo, la desorientación le duró poco: Francisco le presentó al novio de turno, un hombre difuso y sin gracia, al que ignoró el resto de la noche por estar a su lado. Al despedirse de Emilia, le susurró al oído el nombre de su perfume. Atiné, ¿verdad?, le dijo con esa mirada confiada que lo acompañaba hasta ahora. Para Emilia, acostumbrada ella a reconocer los perfumes de los demás, ese gesto inauguró su amistad.
Recién casada y pronto olvidada. Las palabras de Francisco la habían descolocado. Emilia lo sabía: no se había casado enamorada. Al menos, no de la manera convencional en la que se entiende el amor: fidelidad, sacrificios y rutinas. Esas eran fórmulas muy arcaicas para una mujer como ella. El amor romántico, para su entorno, era más la excepción que la regla. Lo que la unía a su marido era una admiración mutua, un placer enloquecido y una posibilidad de futuro: la promesa de tener hijos. Mas que amor, pensaba en él en los términos del deseo.
Fue por eso por lo que tomó la repentina apatía sexual de su esposo con más curiosidad que alarma. Los viajes en estos últimos meses habían instaurado una distancia, una rutina entre ellos. Pensó que tal vez tenía una amante, pero no quería saberlo. Sería como arruinarle el placer de ese secreto y ella lo respetaba demasiado para eso. Además, no había señales en su cuerpo que marcaran ese camino. Y Emilia sabía muy bien que las amantes siempre dejaban esos códigos sutiles en el cuerpo de los hombres como mensaje para la que no era la otra. Por un momento, pensó que había probado con hombres y disfrutado de la experiencia, pero lo descartó de inmediato. Para gustar de uno se requiere una vocación por la desilusión que su marido no podría sostener.
Mientras pensaba en esto, Emilia elegía el atuendo de la noche. Entre la insistencia de su amigo y la amante imaginaria se terminó por decidir: hoy iría junto a Francisco a una discoteca, a darle movimiento a su cuerpo ignorado.
Terminó el café, se sacó la bata y caminó, descalza, hacia la ducha.
* * *
Fuimos solo los dos- dijo Emilia cuando Francisco la llamó para reconstruir la salida.
La noche empezó auspiciosa. Strangelove era la canción con la que los recibía el local. Emilia y Francisco iban de negro, en una coordinación tácita en la que solían caer cuando querían seducir. La única diferencia eran los labios en tono Russian Red en ella y la barba apenas cuidada en él. Después de dejar sus abrigos en el guardarropa, el único lugar que olía a humo de cigarro, Francisco la tomó del brazo, en un gesto equívoco para los demás, y pronto estuvieron al centro de la pista de baile.
El acuerdo entre ambos era el mismo de cuando tenían veinte: solo dejar la disco si aparecía alguien con quien bailar de a uno, en otro lugar y de otra manera. Pero eso era una decisión que tomaría más tarde. No en ese momento. No con la urgencia de su cuerpo por la música, ni con ese ritmo que marcaba sus pasos y la hacía olvidar la necesidad alguien para el placer.
Los movimientos ondulantes de Francisco con la cerveza en una mano. Sus propios hombros desnudos, blancos, con lunares pequeños y precisos. Emilia sabía que empezaban a capturar miradas, pero ninguno le atraía lo suficiente como para regalarle el placer de ser su primer amante de casada. ¿Cómo habrá elegido su esposo?
Una hora después, y sin ningún candidato que valga la pena, Emilia fue a la barra y pidió un agua con gas. Francisco no dejaba de tomar y alguien tenía que mantenerse ecuánime. Verlo de lejos le arrojó una imagen incómoda: la de un hombre bello tambaleándose entre la gente. O la de un hombre solo, inalcanzable para el resto. Emilia pidió un agua helada para él y caminó abriéndose paso entre la gente.
Él la recibió con esa alegría vidriosa que anunciaba el fin de la salida, pero el DJpuso Enjoy the Silence y Emilia decidió darle una nueva oportunidad a la noche. ¿Cuántas veces había tenido sexo con esa canción? Bailarla era como un preámbulo al goce del cuerpo que había ido a buscar allí y que la evadía con el paso de las horas. Francisco, con una cadencia segura, la tomó por la cintura y susurró a su oído "Atrás tuyo hay una mujer hermosa. No deja de verte desde que llegamos". Descifró el perfume de Francisco, deformado por el alcohol. Buscó su mirada, pero no encontró juego ni ironías. No era la primera vez que Francisco le sugería una mujer, pero algo en su voz le anunció una especie de verdad que ella desconocía de sí.
Emilia giró y la vio. Bailaba de espaldas y una urgencia la golpeo en el pecho: la de conocer el perfume de su cuerpo desnudo. No estaba acostumbrada a esa pérdida de dominio de sí misma. La música cesó y pudo ver su rostro: una esquiva promesa de placer. Por un instante, sintió lo que tantos sentían ante su presencia. La mujer le sonrió y se alejó hacia la barra. Aturdida, buscó la botella de Francisco y tomó un trago largo.
Emilia, como pocas veces en su vida, dudó.
* * *
Lo más sencillo era irse. Lo más lógico también: a las 4 de la mañana iba a ser difícil encontrar taxi. Recogió las botellas de agua vacías y las dejó en un tacho cerca a la barra. La mujer tomaba un trago transparente al lado de unos amigos. Hombres gays la rodeaban, como a ella.
Emilia regresó a la pista de baile y no encontró a Francisco. Recorrió las otras salas, los pasadizos. Fue a la barra: estaba vacía. Había perdido a una mujer y a su amigo en 20 minutos. Un enojo empezó a agotarla. ¿Francisco habría encontrado a alguien? Se arrepintió de su cobardía, mientras recordaba con un escalofrío en la espalda el baile de aquella mujer.
Miró la hora. Solo quedaba un lugar.
Entró sin tocar la puerta. Allí, las luces eran distintas, de tonos claros y asépticos. La vida estaba en las paredes, adornadas con fotos de hombres. Emilia se sorprendió por el contraste con el baño de mujeres: luces fuertes, sin adornos más que los espejos.
Francisco estaba detenido frente a una foto rosa. Sus manos en los bolsillos y su cabeza altiva le informaban de su concentración. Emilia se acercó y apoyó el mentón cansado contra su espalda.
- ¿Sabes cómo se llama la fotografía?
- Es de la serie Mr. América, ¿no?
Francisco le devolvió una mirada agradecida y vidriosa, más intensa que antes. ¿Ya pediste el taxi?, le preguntó mientras salía del baño dando tumbos. Esperaba que Emilia lo siguiera. Ella, segura de que nadie la buscaría, se quedó un rato frente a la foto. Pronto, no pudo soportar más el olor a baño de hombre. ¿O a hombre? se preguntó. Sacudió la cabeza y giró hacia la salida. En ese movimiento vio su rostro reflejado en el espejo del lavatorio. Se acercó hacia su imagen. Con sus manos, recorrió su cuello lentamente. Manos de mujer, pensó y algo se hizo pesado dentro de ella. La foto, desde allí, seguía mirándola. Los ojos del hombre del retrato, llenos de la certeza que ella había perdido, le anunciaron el final de la noche.
En el caso de Ela Morgan, la consigna 1 la llevó a imaginar como protagonista a una muchacha cuya vida se equilibra entre la normalidad y la demencia, que califica como "sublime". El relato es un intenso soliloquio, a veces lírico, sobre crecer.
DISPOSICIÓN ADAPTABLE
Estoy entre dos extremos sujetando fuerte los cabellos sin que ninguno cometiera la atrocidad de caer sobre el rostro pomposo lleno de rojeces de la pequeña pese a dañarlo al salir por el aferramiento convertido en costumbre en tan poco tiempo que tengo con ellos; soy una liga, soy su liga que ocasionalmente se moldea perfectamente a la robusta muñeca que posee y a toda superficie a la que me veo sometida. Mis brazos ruegan compasión de sus dedos, más que juguetones, crueles mientras mi alma se estira al sentir un agotamiento similar a aquella navidad donde mi tía me decía que había engordado por mirar la comida que al final iba a terminar de aperitivo a las ratas. La mayoría del tiempo duermo junto al polvo de la calumnia cubriendo las súplicas de la infancia negra rogando no caer en el olvido mañanero que se vislumbra brillante cada cierto tiempo recordándole que existo hasta que, por obra de la necesidad de calma ante su desesperación por los molestos inconvenientes que perturban sus ojos, me busca y vuelve a descubrir mi flexible habilidad de adaptarme ante sus fatalidades. Puedo observar el acompañamiento de azules, moradas y verdes, de diferentes formas, diseños y largos que poseen las mismas características de esta humilde máscara, mas ella sabe que el color carne nunca sería reemplazable ante el juicio de sus amigos cegados por mi perfecta actuación de encajar en todos lados.
Es menester recordar el día de mi descubrimiento, ofrecida por la madre fui casualmente y, sin que se diera cuenta, me robó como ella los sueños de esta a los 16 años; encontró el placer de mentir para apoyarla en reiteradas oportunidades de emergencia ajustándome con firmeza ante sus parientes cada cumpleaños. Mis ojos lloran y mis manos también porque sé que pronto de esta quimera me veré obligada a empujarme para apagar el ardor de mis corazonadas de indígena que tanto me piden cantar los yaravíes escritos en mis heridas con sangre derramada por sonrisas que dediqué estando hundida en el pabellón de la locura para no perder ningún tipo de lazo amistoso.
Me estira, me usa, me pierde, me oculta, me busca y me vuelve a perder, me encuentra y aquí me hallo, esperando por salir, por encontrar una estrella caída para prenderme de ella y justificar mis acciones sin argumentos debido a mi horroroso don pero con muchos daños que repercutirán en las realidades de otros. Fue entonces que nimiedades se presentaron realizando así el desfallecimiento que tanto esperaba a fin de quebrar todo masoquismo aplicado voluntariamente por ambas partes.
La calle permanecía alumbrada por los ojos del perro blanco moribundo ya hace más de dos meses debido al collar adiposo que colgaba en su cuello, sus pasos eran inmanentes en la cuadra mientras el calor de la tarde pasada mantenía el cuerpo vivo de los frescos ventarrones nocturnos que hacían que el cabello de la pequeña se introdujera en su boca hasta ahogarla junto a los pensamientos vertidos aquella semana somnolienta por mi flagelación verbal. Agobiada trataba de usar su cuerpo para poner detrás a los culpables de tantas pesadillas que desde los 9 años presentes estaban; indagaba en sus cajones pero yo no me encontraba; se iba a exponer mediante un grito de auxilio al que nadie iba a recurrir por el desconocimiento de sus pesares, todos no saben que el piano no toca las notas adecuadas, ni que sus manos a la escritura no la llevaban, esa sequía no la iba a llevar a la trascendencia que tanto anhelaba, que tanto anhelábamos. El exhausto desespero hizo que reconsiderara una vida sin complicaciones, solamente la verdad que ,por el rimbombante sonido de las risas y apoyo que a los demás brindaba, nunca se dejaba ver con facilidad y, si dejaba que pudieran visualizar su estado de melancolía, solas las avenidas iba a cruzar. ¿Bastaba dejarlo suelto? La soledad nos invade.
Me encontró donde siempre estaba, su vista nublada había hecho caso omiso al destello de nuestra salida. Me sostuvo y los até. ¿Desde cuándo tiene tanto volumen en su testa? ¿Desde cuándo no nos encontramos tan cerca? Mi consuelo la refugió para seguir con el rol que le designé, respiró. Tranquilidad se podría oler en su habitación, recostada puede estar, nadie la iba a mancillar o al menos hasta que ruido no se escuche en su mente.
Pisadas. Hay pisadas, ellos vienen. Es mi momento. Escucho sus armas y aquí tengo las balas. La pequeña sale con el espíritu intacto pero con su liga muy amarrada. Ellos hablan y yo sonrío. Ya salgo, sigue ajustándome, ya me rompo, sigue ajustándome. Ellos merecen que te vean, que vean el arte que te has convertido gracias a sus reproches y mis enredamientos dulces que en tu aburrimiento te saturo. Estoy lista para revelarme haciendo que desaparezcas de una vez, necesito salir, ambas nos necesitamos para convivir y arreglarlo. Quiero que se arregle. Mas el recuerdo de una rutina sin emoción hizo que más fuerte me abrazara, el anclaje te salvó. Imagina qué tedioso sería residir en la normalidad, no serviría para nuestras memorias un vida apacible y sin problemas que no serán resueltos, que no quiero que se resuelvan. Es mejor estar encerrada que suelta y acompañada.
Está bien, hoy no me rompí, hoy mereces oler el perfume de la cotidianidad que nunca vas a tener. Veremos qué pasa en estos años, quizá la angustia te invada otra vez o el mundo transmute en un hogar de mentirosos donde la falsedad sea nuestro postre y la alegría nuestro castigo. Soy tu liga, la que traga lo que no quieres que contemplen y la que mantiene esta sublime demencia.
Para la consigna 1, Germán inventó a una protagonista -médico peruana en París en plena pandemia- y un narrador en segunda persona que, sin duda, es su propia conciencia. La soledad puede ser la enfermedad más contagiosa.
LIBROS
Hace algunos días, el mundo te parecía el escenario perfecto de tus sueños púberes.
Con la alarma te pones de pie y escoges el color de las prendas que usarás para ir a trabajar. El ritual de afinar tus rasgos frente al espejo es un proceso cada vez más complejo pues algunas arrugas han invadido tus párpados y tus mejillas. Tomas un café apresuradamente sin olvidarte del bolso que siempre encontrarás en el enorme sofá de la sala.
Atraviesas la puerta de madera y desciendes por el ascensor de ese lujoso edificio. Caminas tres o cuatro cuadras e ingresas a la torre D de ese enorme complejo. Saludas a unas cuantas personas y te diriges a revisar los reportes del día anterior, para luego vigilar los parámetros hemodinámicos de los pacientes a tu cargo. En un turno tranquilo, no deben de ser más de cuatro, así que puedes sentarte a descansar en la sala de telemetría. En el caso en que decidieras dormir, no habrá problema: las alarmas de los equipos o la voz de alguna enfermera, te dirán que es necesario volver a levantarte.
A las catorce horas te dirigirás al comedor. El reflejo de tu rostro en la mesa de mármol negro, te devolverá imágenes del movimiento de tus labios, masticando los trozos de ensalada y comida vegana. Ninguno de tus compañeros de trabajo se acercará a tu mesa. Todos ellos tienen sus propias historias y han decidido que es demasiado peligroso mezclarlas con la tuya.
Podrías decir (¿con orgullo?) que casi todos han compartido tu cama, pero no sería el lenguaje correcto para definir las aventuras de una madame. Lo más lejos que han llegado es visitarte algunas noches en períodos cortos, nunca mayores de 3 meses. Después de ello, sin explicarte razones, sus saludos se vuelven cortos, robóticos. Dirías que sin mirarte a los ojos.
Al terminar los reportes de tu día de trabajo con prolijidad, creerás que la decisión correcta será la de refugiarte en tu departamento. No es apropiado arriesgar tu vida en cantinas o salones de baile. Es cierto. Sería difícil que te reconocieran. Los monstruos que allí habitan no caminan por la Rue de Rennes donde ahora pasas tus días. Pero sucede que, por una ecuación simple, tus funciones vitales no son las mismas ahora que tienes cuarentaiocho.
La mejor decisión será entonces buscar a otras personas que como tú, tienen ganas de contar mentiras. Lo haces ligera de ropas, con el maquillaje recargado y los labios siempre teñidos de rojo carmín.
Confirmarás que los europeos son aburridos, arriesgándote a interactuar en salas de chat para personas que dicen ser de América Latina. El español no es el idioma que ahora utilizas para comunicarte, por lo cual tus oraciones son demasiado cortas. Notas sin embargo, que con un poco más de vino, la cadencia y la estructura de tus conversaciones se harán más fluídas..
Ocultos entre tus nombres ficticios, habrás confesado una noche cualquiera: me llamo Pilar. Soy peruana. Nací y crecí en el balneario de Pimentel. Soy médico. Llevo más de 10 años aquí y podría decirte que estoy acostumbrada.
Al escuchar la confesión, tu compañero de las últimas veinte noches, aquel que te responde empleando términos de fisiología avanzada, desaparecerá. Lo buscarás por otras salas, atreviéndote a dejarle un mensaje. Te preguntarás varias veces qué hiciste mal.
Semanas después volverá a aparecer. Le pedirás una reunión virtual (con video-cámara) que no aceptará. No querrás presionarlo pero le comentarás que es verano en París y que los hospitales están llenos de enfermos que han desarrollado una neumonía viral rápidamente progresiva. Le pedirás que te confiese a qué se dedica y si es o si tiene algún familiar médico: ¿tu esposa quizás?
Una noche cualquiera intentarás desesperadamente comunicarte con él. ¿Podrías darme tu teléfono? Necesito hablar con alguien. Me cansé de escribir, repetirás. Las horas se sucederán violentas y unas fiebres intensas nublarán tus sentidos. Creerás que es él, quien jamás tuvo la oportunidad de conocer por qué desaparecías de su vida y a dónde estabas escapando. Encenderás la cámara con el rostro pálido y la respiración entrecortada, confesándole que realmente no recuerdas en qué lugar perdiste sus novelas.