—¡Caramba! ¡Bruno Díaz!
—José. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Lucía?
—Todos bien, gracias a Dios. Pero pasa, pasa, no te quedes ahí parado en la puerta. Siéntate, por favor. ¿Quieres un café?
—No, gracias. Una agüita sí te acepto, si tienes; si no, no le pares, no te mortifiques.
—¿Cómo no voy a tener un agua, por favor? ¡Teresa, por favor! ¿Me le traes un agüita al señor Díaz? ¿Con hielo o al natural?
—Con bastante hielo, por favor. Me vine en el Batimóvil y ese no tiene aire, y hoy el sol estaba fuerte.
—Okey. ¿Pero seguro no quieres un cafecito?
—No, no, agua está bien. Gracias.
—Entonces... ¿cómo ha está todo? ¡Tiempo sin verte la cara por aquí!
—Bueno, full, reventado la verdad sea dicha. La cosa en Ciudad Gótica ha estado dura. ¡Mucho villano suelto!
—Sí, lo sé. La otra noche recibí una llamada de alguien pidiéndome un millón de dólares o de lo contrario atacarían la planta de agua potable. ¡A mí, un pobre contador: qué millón voy a tener yo!
—¡Es que están desatados!
—Desatados. Sí, señor. Ciudad Gótica ya no es lo mismo.
—¿Ajá, pero por eso me llamaste? ¿Tuviste un rollo con un villano?
—No, nada que ver. Era un número equivocado. Les dije que por mí que le echaran bola, que envenenaran el agua, y les colgué. Pero era para que tú veas hasta dónde ha llegado la inseguridad.
—Mmmmmm... ¿sabes qué? Yo mejor como que sí te acepto el cafecito.
—¡Jajajaja! No vale, no les dije eso, tómate tu agua tranquilo. Además esa es de botella. ¿Tú eres loco? ¿Cómo les voy a decir eso?
—Bueno, uno nunca sabe. Entonces, tú me dirás... ¿cómo puedo ayudarte? Porque te confieso que me extrañó tu llamada en noviembre, la declaración de impuestos no se hace hasta mayo.
—Abril.
—Eso, eso, abril. ¿Algún problema con la contabilidad?
—De hecho, sí. De eso era lo que quería hablarte.
—Cuéntame.
—Los números, Bruno. Están en rojo. Desde hace tiempo.
—¿Epa, y la fortuna que me dejaron mis padres? ¿Y lo que producen las empresas?
—¡Si no sabes tú! Todo se ha desvanecido.
—¡No puede ser! ¿No será un errorcito del Excel?
—No. Es puro mal manejo. Yo te puedo hacer algunas sugerencias de inmediato. Aparte de renegociar tus deudas, consolidarlas, lo normal, creo que es hora de reducir gastos.
—¿Reducir gastos?
—Coño, sí. Con todo respeto. Reducir gastos. Vender la mansión, mudarte a una casita más pequeña. Total, estás tú solo.
—Lo veo difícil.
—Lo otro: la Baticueva. Para combatir el crimen no necesitas una cuevota de qué sé yo cuántos miles de metros cuadrados. Además, en esa zona de millonarios. Búscate un almacén o un galponcito más pequeño, en zona industrial. Los alquileres están bajísimos ahorita.
—Ajá, genio: ¿y dónde guardo todo mi equipo?
—Esa es la otra. Tienes el Batimóvil, la Batimoto, el Batiavión, la Batimoto de agua, la Batibicicleta, la Batibicicleta montañera, el Batihelicóptero... ¡Es demasiado, Bruno! Hay que cortar por todos lados. Yo creo que con el carro tienes. ¡Y suave con la chola, que la gasolina ha subido muchísimo!
—Déjame pensarlo.
—Sigo: Alfred. Robin.
—No. ¡No te atrevas!
—Tienen que irse, Bruno. Alguien quebrado no necesita mayordomo ni protégée.
—Ajá, bueno: Robin se va, sin problema: total está haciendo es una pasantía. Pero Alfred no, coño. Por favor. Alfred no.
—Tiene que irse. Es en serio.
—¿Y qué hago? ¿Me baño yo mismo? ¿Me pongo yo mismo la ropa?
—Tú sabrás que hacer. Te tocará aprender.
—Pero él además le echa bola a la tecnología, él me construye aparatos, es invaluable.
—Nada que no puedas resolver comprando en Best Buy.
—Pero es que no veo cómo me va a ayudar dejar ir a Alfred. ¿Y las prestaciones? ¿Cómo se las pago? ¡Tiene toda la vida conmigo!
—Vendiendo alguno de los trajes. Total, no necesitas tener 200 smokings. Todos de marca.
—Claro que sí. No puedo salir en una cita repitiendo smoking.
—Por ahí también deberías recortar. No puedes llevar todas las noches a un restaurant carísimo a una mujer distinta.
—¡Ah no, pues! ¿Qué me estás sugiriendo? ¿Que me quede con una sola?
—Y que tenga buen sueldo, por favor. Mira que todavía no te ha pasado mi factura.