La Plaza Washington
Este es un texto que escribí hace unos años para Venezuela Fractal, un experimento de escritura comunal que estuvo interesante y divertido. Revisando cosas viejas lo encontré y me gustó tanto, que quise compartirlo por acá.
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Ernesto dio un vistazo a aquella plaza y a duras penas pudo reconocerla. Poco quedaba de aquella antigua plaza Washington de su infancia, tan bucólica y somnolienta. Desde hace algunos meses, aquel abandonado rincón de El Paraíso había cambiado mucho: ahora era uno de los 5 puntos de la ciudad designados por el Gobierno como Plazas Recuperadas y Abiertas para la Negociación Soberana (PRANS), verdaderas zonas de tolerancia que habían sido recuperadas y acomodadas para que los ciudadanos pudiesen hacer sus transacciones con el hampa en un ambiente seguro, cómodo y protegido. Gracias a un préstamo de la República Popular China, originalmente destinado para dotar algunos hospitales, el Gobierno había limpiado y restaurado el lugar: se pusieron cajeros automáticos, se construyeron amplios puestos de estacionamientos que facilitaban la carga y descarga de rehenes en 30 segundos o menos, se instalaron nuevas papeleras, cuyo diseño permitía a los familiares de los secuestrados dejar los bolsos llenos de dinero que los criminales exigían sin tener que bajarse de su vehículo, entre otras comodidades. Definitivamente, era otra plaza.
Aquella tarde, Ernesto estaba ahí para reunirse con el Gordo.
Desde hace unos meses, el Gordo lo extorsionaba. Y a pesar de que la Plaza La Castellana o la Alfredo Sadel (otras de las PRANS) estaban más cerca de su casa, Ernesto siempre había preferido cruzar la ciudad para reunirse con el Gordo en la Plaza Washington. Se sentía a gusto ahí. Quizás porque su infancia transcurrió entre sus veredas: bajo la sombra de la desvencijada estatua del prócer estadounidense Ernesto había jugado metras, había cambiado barajitas, incluso sus primeros besos adolescentes habían ocurrido allí. No sabía a ciencia cierta qué tenía aquel lugar, pero sin duda allí siempre se había sentido más seguro. En el fondo de su ser, sentía que en su antiguo pateadero sería más difícil joderlo.
El reloj marcaba las 3:10 de la tarde. Llegaba retrasado a la cita, pero el Gordo aún no estaba allí. Se dirigió a la oficina central de la PRANS, se identificó y pagó el banquito que previamente había reservado, el que está frente a lo que antiguamente había sido la parada de taxis. Su banquito habitual. Allí se sentó a esperar.
A lo lejos lo vio acercarse. Sudando, resoplando, secándose el sudor con la manga de su camisa. ¡Maldito Gordo! ¡Maldita la hora en que había descubierto sus secretos!
—¿Qué hubo, Ernesto?
—Aquí. La misma vaina.
—¿Tienes lo mío?
—Sí, toma. Aquí tienes— dijo Ernesto, mientras le daba discretamente un sobre.
Acostumbrado a que sus transacciones fueran rápidas y expeditas, Ernesto se alistó para irse, pero una pregunta del Gordo lo detuvo en seco.
—¿Tú creciste por aquí, verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—¡Ah, tú ves! Uno tiene sus métodos, uno tiene sus métodos— afirmó el Gordo—. No estás tratando con un extorsionador cualquiera, papá. Uno es profesional.
—¿Para qué quieres saber?
—Tranquilo, chamo, relájate. Sólo quería saber que había bueno por aquí para comer.
—¡Seré yo tu guía turístico!
—Coño, vale, ¿qué te cuesta dar una recomendación, de pana y todo?
—Tú no eres mi pana.
—¡Dale, pues! Que está apretando el hambre.
—Allá a media cuadra está Pastas Morandi, no hay caída con ellos. Y las tortas de aquí enfrente también son buenas. La marquesa de almendras es la mejor de toda Caracas. Y para allá está el Maracaná, que es bueno pero burda de caro. De resto, todo por aquí es una mierda.
—Gracias. ¿Viste? ¿Qué te costaba?
—Bueno, me voy. Espero no verte jamás.
—¡Oh, tranquilo! Me encargaré de que eso no pase.
Apenas se levantó la vio venir. Mónica. De todas las mujeres del mundo, justo tenía que ser Mónica. Su impulso inicial fue sentarse de nuevo y desviar la mirada. Y rezar, rezar con toda su fe para que Mónica no lo viera; no en este trance, no con esta compañía. Rezar para hacerse invisible, para que ella siguiera de largo, sin saludarlo. Pero todo fue en vano. No hubo rezo que valiera.
—¡Hola, Ernesto! ¿Cómo estás?
—Bien, Mónica. ¿Y tú?
—¡Ay, pero qué seriedad, chico! ¡Estás perdido! ¡Ni una llamadita, cónchale!
—No he tenido chance, te lo juro.
—Todavía somos familia, ¿sabes?
—Lo sé, lo sé. Te llamé hace un par de meses, pero repicó y repicó y nada. Me salió un mensaje diciendo que tu número estaba desconectado.
—¡Ah, es que lo cambié! Pensé que te lo había pasado. Anota el nuevo número, por fa.
—Ahorita no tengo donde anotarlo, Mónica— dijo Ernesto, aterrado ante la perspectiva de que cualquier otra información familiar cayera en manos de el Gordo.
—Grábalo en tu teléfono, bobo.
—Es que me quedé sin pila— le mintió—. Yo se lo pido después a Julio, no te preocupes.
—Él no lo tiene. ¿Tú eres loco? Él menos que nadie— justo en ese momento Mónica reparó en la presencia de el Gordo— ¿Tu amigo no tendrá donde anotarlo? Hola, mucho gusto. Soy Mónica, la ex cuñada de Ernesto.
—Alejandro Silva. Para servirte— dijo el Gordo, mientras sacaba un bolígrafo de su bolsillo, arrancaba la solapa del sobre y se los daba a Ernesto.
—¡Gracias!
—Un placer, un placer— añadió el Gordo, lisonjero— No sabía que tenías una cuñada tan bonita, Ernesto.
—Ex cuñada— aclaró Mónica, mientras le dictaba a viva voz su número a un cabizbajo Ernesto.
Luego de darle el teléfono a Ernesto, Mónica y el Gordo intercambiaron un par de comentarios más, tras lo cual ella se despidió. El Gordo la vio alejarse, con ojos lascivos.
—Bella la cuñadita, Ernesto. Deberías aprovechar que está libre.
—¿Estás loco?
—¡Ja ja ja! Echando vaina, chico.
—Esos no son juegos.
—¡Verga, te arrechas de nada! Estás demasiado nervioso, chico. Eso es malo, el stress. Es malo para el corazón. Tú lo que tienes que hacer es quedarte tranquilo—. Mientras se apuntaba con el índice la frente, añadió— Pórtate bien, Ernesto; mira que me llevo aquí el número de la cuñadita. No queremos que ella se entere de tus secretos.
Ernesto se sintió completamente perdido. Al final, ni siquiera la plaza Washington, su antiguo reducto, pudo protegerlo. Se levantó como pudo, y sin mediar palabra, se alejó. Arrastrando su miseria por aquellas aceras rotas, hediondas a pipí y a flores mustias de jabillo. Sin voltear atrás.
El Gordo permaneció algunos minutos más en el banco, sonriendo, mientras veía a Ernesto caminando como un zombie. Cuando lo vio perderse, se levantó y entró a la tienda de las tortas. Ahí, sentada en una mesa, estaba Mónica.
—¿Ya pediste?
—Te estaba esperando, mi amor.
—Pídeme una marquesa. Me la recomendaron.
















