Hoy revisando mi galería encontré cierta foto que me hizo recordar lo que era trabajar en el tsunami que se genera en época de graduaciones y fin de año dentro de un hotel en CDMX.
Había días en que se juntaban 6 desayunos, 4 comidas y 4 cenas… y todo tenía que salir al mismo tiempo.
No habías terminado de servir una cuando ya sabías que tenías que correr por las salsas de la otra cena.
Los primeros días eran lo “fácil”: te encargaban el calentón, platos listos, solo salsear, decorar, limpiar y entregar al mesero.
Pero cuando empiezas a tomar responsabilidades, el plan es: subir o bajar calentones, servir, y justo cuando terminas, correr a cocina porque faltan 4 salsas para 400 personas… y la neta, no tienes nada hecho.
Fue justo en esa época cuando me hice consumidor fuerte de cocaína.
El dealer trabajaba a un lado. Comprábamos 4 grapas al día e inhalábamos en la oficina, sobre el celular, en las cámaras de refrigeración…
No sabes cuánto me gustaba esa confianza falsa que me daba.
Salía de la oficina con ganas de conquistar el mundo.
Podíamos aguantar meses así.
Hasta que la nariz sangraba al más mínimo contacto y aparecía “la gota” — ese efecto que irrita la garganta, que odiaba la irritación, pero qué rico era el sabor a químico mezclado con laxante de bebés en la garganta, ese sabor a yeso, era mi parte favorita.
Nos hacía mover las manos, pensar con claridad en un campo de batalla lleno de egos, prisas y gritos.
La coca me daba las habilidades que el cansancio y el estrés me quitaban.
Así empezó una relación pasivo-agresiva con el abuso de sustancias, a las que se añadieron la hierba, el alcohol, LSD, MDMA y el cristal...

















