Timbro la puerta y Mónica abre con una cara de angustia y preocupación. Me abraza y dice que me extrañó, qué dónde coño terminé. Le dije que quedé en la casa de Sergio bebiendo hasta que terminé inconsciente. Me besa y no siente el sabor de la noche anterior, sólo el siente el sabor de una pastilla de menta. Hay otro sabor que ella no conocerá, el pintalabios carmesí que usaba Katiana. El día empieza a sonar por la ventana de la sala que siempre permanece abierta. Mónica odia que lo esté por el temor a que el sucio y algún ladrón se vengan a entrar. Estamos en el segundo piso pero se han visto casos, dice ella mientras está limpiando la sala por segunda vez (segunda porque caminé con los zapatos y aguanté el grito). No sé qué la motiva a limpiar cuando ya todo está limpio pero sé que tampoco entendería porque me gusta fumar más de un solo tabaco en mis ratos. Cada persona es un planeta dentro de una galaxia llena de constelaciones y muchas historias que contar. Las mías van más allá de este sistema solar. Hay otra estrella que brilla más fuerte que el sol y tiene como nombre Katiana. Pero cada vez que esa estrella se acerca para amanecer un nuevo día en mis tierras perdidas, una culpa me come por dentro. Es como una enfermedad donde el remedio sabe a feo. Sirven una cucharada grande, sabe peor que una Coca Cola sin gas mezclada con Ron. Sabe peor que un amor pasado que se ha vuelto en un imposible. Pensé que Mónica iba a romperme las pelotas y pegarlas con gota mágica para volverlas a romper. En cambio, un beso en mi mejilla me hace sentir peor que nunca. Me siento en el balcón y enciendo un cigarrillo. Veo a la gente pasar por el parqueadero del edificio y me estresa la existencia. Miran hacia arriba y deben ver al tipo jodido con un vicio que no ha podido dejar. Trato de respirar, tomar un tiempo libre. Después me calmo pensando que anoche tuve todo el tiempo libre necesario. Voy a la cocina y por segunda vez Mónica me grita que no pase por ahí. Usa sus dos labios para señalar el lugar justo donde no podía pasar. Hace alusión a toda la sala y pienso: “¿cómo coños salgo de esta entonces?”.
¿Por qué estamos con unos mientras deseamos a otros? El amor es algo pasajero, un tren que se nos pasa y no vuelve a pasar. Compraste tiquete y lo perdiste. Te devuelves y te ofrecen un reembolso. Te dicen que hay otro tren para otro destino por su falla. Aceptas o prefieres quedarte en la estación. Lo más común y frecuente es que aceptes ir al destino pero tiene qué hacer conexión en una parada desconocida antes. No sabes dónde es, sólo su nombre y su lugar en el mapa. Llegas, esperas, comes algo y te vas. Vainas de la vida y están los otros que no tienen para pagar el tiquete.
Me acuesto en el sofá y se acabó el último cigarrillo de la caja. Mónica se empieza a quejar por no haberle comprado todo lo que dije que iba a comprar antes de llegar anoche a casa. Me hace levantarme y me dirijo hacia la puerta. La abro y el pasillo se ve angosto. Pido el ascensor por la resaca en el pecho que siento. Estaba en el piso 9 pero llegó rápido. Se abre la puerta y se ve una mujer como de cuarenta años muy belleza con ninguna arruga en el escote. Me monto y le comento en el corto trayecto de un piso que soy perezoso, que pago también la administración y que de vez en cuando no es malo darse unos lujos. Ella sólo ríe y se abre el ascensor. Le deseo un buen día y camino hacia la tienda. Los carros endemoniados pasan a una velocidad y tengo que cruzar la calle.
El semáforo sigue en rojo pero Katiana debe yacer en sus sábanas pensando en mi destino o simplemente valiéndole verga. El único problema de tipos jodidos como yo es que cualquier sacudida nocturna la confundimos por amor y por eso no la olvido.