Después de esa conversación por teléfono, el silencio se apoderó de nosotros. De mi parte no buscaba las palabras que tal vez ella quería oír y de su parte sentía que había conseguido lo que ella estaba buscando: un espacio para ella. Simone, muchas noches atrás, me repetía constantemente que hablábamos mucho y que ella quería su tiempo para ella misma, sus raticos de soledad que me imagino extrañaba al darse cuenta que nosotros sentíamos cosas que no tenían su espacio ni lugar. Le pedí muchas veces que no se alejara, que no quería eso, pero antes de que ella tirara la primera piedra, decidí alejarme de su vida esperando que nuestro encuentro que habíamos planeado unas semanas atrás pudiera ponernos en contextos de quienes somos y que es esto que sentimos. Si estamos así es porque quise o quisimos. Simone trato de comunicarse en cierto punto, pero nuestras conversaciones no encontraban las palabras necesarias que antes fluían sin temor alguno al silencio. En mi mente estaba la loca idea que en Cartagena podríamos conversar sobre el tiempo que hemos dejado morir, pero también me abrazaba la idea de que tal vez ella no quería saber nada de mí. Tenía todo el derecho de no querer hablarme, irse sin decir adiós es la peor manera. “Estoy seguro de que volverá” era lo que repetía mi mente una y otra vez. Quería ir más allá del fin. Una parte de mí empezó a entender que su corazón astral tiene constelaciones que me llevan hacia ella, donde la gente camina las angostas calles y donde ella se encuentra sola, como le gusta estar. El amor no es ninguna ciencia exacta. Las personas como ella siempre tienen esos ojos bellos y tranquilos, llenos de misterios y de secretos. No sabía que pensaba de mí, pero quería verla para saber que siente, que piensa, que oculta.
Estaba de camino a Cartagena, le escribí un mensaje diciéndole que iba en camino:
– Hola, estoy yendo a Cartagena.
– Hola, dale. ¿Cómo en cuanto estas? – y le mando una foto de las aguas de Cartagena frente a la ciudad amurallada.
– Ya veo – y pienso que no querrá verme, aparezco de la nada y usa esas dos palabras como para expresar un poco de inseguridad, de que soy un aparecido y qué espero demasiado.
– Hace brisa – le respondo porque solo queda hablar del clima cuando todo se va al carajo.
– Marica y el calor – y sentí su peculiar sentido del humor, tan caribe.
– ¿Está tan pesado? Le pregunto.
– El calor sí – responde y pensé que no quería saber nada de mi
– De Marbella a la ciudad amurallada, ¿cuánto me cobrarían?
– Seis o siete mil pesos.
– Si – y pensé que no teníamos posibilidad alguna, pero a los diez minutos le volví a escribí
– Ya estoy en estos lados – a lo que fue mi intento suicida de hacerle saber que estoy acá
– Dale, ¿te caigo al centro o vas a descansar un rato? – y mis ojos se llenaron de alegría al saber que una parte de ella aún no me dejo ir.
Me sitúo en el apartamento que había arrendado por esas dos noches que iba a pasar en la ciudad amurallada de Cartagena. Tenía un balconcito en la calle de la moneda donde podía fumar un cigarrillo si tuviese uno, pero con ese calor que hacia lo último que quería era morir un poco más, venía con un estrés encima de unos días caóticos en Barranquilla y solo quería desaparecer un poco. No pude hacerlo, Simone terminó avisándome que estaba en camino mientras yo preparaba el apartamento, prendiendo el aire acondicionado que ni se sentía por las altas temperaturas. Me estaba desesperando del calor y decido salir a esperarla en el viejo hostal a cuatro casas donde bebí la primera cerveza del día. Estoy en la angosta calle de la moneda donde quedarse quieto es atropellar el flujo del tráfico peatonal. Cuento los minutos que se iba a demorar Simone con el tiempo que dice mi reloj. No la he visto pasar por acá pero el corazón me late rápido mientras el mundo se mueve y se mueve con este calor que me hace sudar en la angustia o el nervio que me come un poquito, solo un poquito. Saco mi celular y decido llamarla.
– Flaca, estoy acá en Maloka, el hostal que te decía.
– Yo estoy acá – dice ella.
– Eche, pero yo estoy afuera
– Y yo estoy adentro – y nos reímos de la inocentada, que nos esperábamos pero que la puerta de vidrio con marco de madera nos separaba.
Entro y la veo sentada. Su blusa blanca, su short café y su mochila arhuaca sobre la mesa. Sus ojos de arequipe si son de arequipe y su sonrisa tiene la misma fuerza que veía todas esas noches donde reíamos de nuestras pendejadas y conversábamos de páginas de libros que leíamos. Nosotros teníamos nuestra historia y la íbamos a agarrar donde la habíamos dejado. Marco y Simone, Simone y Marco.
– Yo estaba afuera esperándote porque no te veía pasar – le digo.
– Y yo estaba adentro esperándote. Que risa eso.
– Bueno, una manera para romper el hielo. ¿Te gustaría una cerveza? – le pregunto.
– Está bien, me caería bien. – así que me levanto a recoger dos cervezas a Laura, la chica del hostal donde estábamos encontrándonos. Me sé su nombre porque Laura me dio la primera cerveza del día cuando el taxi me había dejado por esos lados. En ese lugar me había encontrado con Adriana que fue la que me dio las llaves del apartamentico.
– ¿Cómo estás Marco? – y le cuento con la sinceridad se caracterizaban nuestras conversaciones que tuve tres días en Barranquilla donde nunca me sentí bien, nada me llenó, nada me hizo sentir feliz. Me sentí vacío llenando huecos con ratos de felicidad que no eran más que espejismos. Estaba muy estresado, no supe manejar los tiempos de muchas personas y por mis acciones muchas personas que quería se sentían adoloridos.
– ¿En verdad te sientes así? – me pregunta preocupada.
– Sí, pero la verdad el verte me da un poco de paz, esto era lo que necesitaba.
Nos tomamos las cervezas y Simone me decide mostrar las calles del centro para que conozca donde ha pasado la mayoría del tiempo cuando iba a la universidad. Hacía calor, pero con ella al lado podía sobrevivir las altas temperaturas. Caminamos un par de cuadras viendo iglesias y viendo otra clase de monumentos. Me muestra museos que prometimos visitar y me entra un poco de hambre, no había comido en todo el día y un almuerzo junto a ella tal vez podría aclarar algunas cosas que me tenían con dudas sobre lo que somos, que nos pasó y que está pasando. Ella me lleva a un lindo restaurante a comer algo, ella no tenía hambre, pero le dije que se pidiera un postre mientras yo me comía algo que me iba a dejar preparado para el resto del día porque lo más probable es que íbamos a terminar de bar en bar, de calle en calle.
Entramos a un restaurante y subimos al segundo piso. Me di cuenta que todo en Cartagena tiene muchos pisos y muchas terrazas donde uno puede ver la arquitectura española donde cientos de miles de cartageneros y turistas caminan bajo la luz del sol que no perdona.Tengo esta imagen de ella de espalda donde su pelo brilla con la luz del sol. He soñado o fantaseado esta imagen miles de veces, en miles de conversaciones que hemos temido en las miles de horas que hemos tenido a lo largo de nuestra corta existencia. Nos sentamos en la mesa más alejada y miramos el menú mientras vemos que nos provoca. Llega la mesera y ella sabe lo que quiere, unos Waffles con helado mientras yo pido una sopa mexicana que ella me recomendó. La señora recoge nuestras cartas y se va a lo lejos mientras nosotros nos vemos a los ojos, tal vez con el corazón nervioso y ganas de hablar sobre lo que nos pasó. En una de nuestras de conversaciones, nos dejamos de hablar. Fue una conversación que no fluía, que ella y yo no sabíamos que pasaba, que nos ocurría. Nos conquistó el silencio, el olvido y nadie hizo nada al respecto. Ella tiene su propia secreta y callada manera para que el corazón recuerde y por eso no la olvido.
– No muero por ti ausencia, pero sí se me hace más difícil. – le dije
– Pero Marco, sabes que tú desapareciste.
– Lo sé, este olvido fue parte mía, pero recuerda tus palabras algunas noches atrás de la hora cero. Querías alejarme de tu vida, sólo me adelanté creo.
– Yo entiendo, hablando con un amigo mío me dijo algo como: “¿qué monda te pasa? ¿Cómo le puedes decir eso? Con razón desapareció”
– Si, por eso te hablé esa última vez, pero me dejaste de responder.
– Simplemente nuestra conversación no fluyó y simplemente pensé que lo mejor que nos podía pasar era vernos hoy, unas semanas después del caos que viví en tu ausencia.
– Si, lo único que me iba a detener eran tus palabras. Las mismas que me dijeron que mis letras llegaron hasta acá pudieron ser las mismas que dejaban de responderme. – y le agarro sus manos mientras la veo a esos ojos eléctricos.
– Tarde o temprano olvidar se vuelve una costumbre más Marco.
– No tiene que ser de esta manera, pero así fue. Pero nunca es demasiado tarde. Sólo quería verte y que la vida decida qué pasará. No mires mis ojos tristes.
– Mis ojos no pueden verte de otra manera porque están desesperados de tenerte de vuelta. ¿Sabes por qué?
–Porque puedo ver todos esos colores que imaginaba en ti. Son reales, son de verdad. Por eso te dije que me dio paz cuando te vi a los ojos en el hostal donde nos encontramos. Me di cuenta que no soy bueno para esperar, pero me alegra saber que estás acá.
– ¿Qué piensas? – le pregunto
– La pregunta que te cae, ah? Que no sabía que eras tan romántico.
– ¿Por qué lo dices? ¿Por mis gestos?
– Es que me gusta sentirte, saber que tus manos son reales, como tú y yo, como estos momentos mágicos que nacen. Lo imaginamos, lo hicimos. Tampoco lo sabía yo, pero esta ciudad y tu hacen una bonita pareja, no quería quedarme afuera– sigo tocando sus manos hasta que la señora llega con nuestra comida y cambiamos de tema de conversación porque nadie quiere hablar de romances o relaciones con la boca llena de sopa o helado. Seamos sincero, es por la sopa nada mas.
Sentía que Simone estaba en el borde de mi vida, pero poco a poco volvía a donde siempre estuvo, pero fijo por lo más sincero que fuese, nada iba a cambiar su forma de pensar. Yo fui alguien en su vida, le dolió mi distancia, la asimiló y su vida siguió mientras la mía volvió a los cielos azules donde ella se quedaba admirando las puestas de sol.
Terminamos de comer y vamos a pagar la cuenta. La tengo agarrada de la mano y ella saluda a alguien mientras pagamos la cuenta. Me pregunto quién será así que suelto su mano por unos segundos. Salimos del restaurante y caminamos sin saber a dónde íbamos, claramente ella sabía a donde quería llevarme. Caminamos cerca de una plaza que queda al frente de un restaurante donde ella trabajó dos noches. Me decía que pasáramos rápido y yo le hacía la broma de que entráramos a pedir algo. Sus cachetes se pusieron rojos y sus ojos eran dos bolas de fuego. Reí y disfruté un poco ese sufrimiento. a veces me gusta reírme de los momentos incómodos de ciertas personas mientras no le haga el mal a nadie. Le digo que entremos, que no pasará nada y se detiene y siento sus chancletas. Salimos corriendo mientras la sigo agarrando de la mano, ella toma la delantera y el sol nos ilumina al final de las angostas calles. Nos encontramos frente a las murallas de la ciudad antigua, donde subimos porque ya eran casi las seis de la tarde, el calor se ha disipado un poco y teníamos un poco de fe para ver la puesta de sol. Recuerdo mucho que a ella le gusta ver los cielos de colores y a mí me gusta verla a ella. La gente se para en la mitad a tomarse fotos para mostrar en sus redes sociales los bellos cielos de Colombia y yo solo sonrío al ver a Simone y sus pecas mientras me obliga a tomarme una foto.
– Marco, déjame tomarte fotos.
– Me da pena Simone, no me gusta.
– Porque uno se ve pendejo mientras la vida sigue y uno posa para la foto.
– Simone, aun así, tú me quieres a mí con mis pendejadas.
– ¿Cómo dejarme de hablar? – y dio donde era.
Se toma el tiempo de tomarme unas fotos que a regañadientes no quise y la agarro de la mano una vez más para irnos caminando mientras anochece a nuestras espaldas. No me quiero ir, me siento cómodo entrelazando mis dedos con los suyos, mirando sus pelos castaño claro de espalda y sus largas piernas. Siento que todo está bien, que puedo ver todo aquello que imaginaba. Quisiera reírme ahora, pero me duele un poco que hasta la felicidad tiene fecha de vencimiento, así como ella y yo que en dos días nos dejaremos de ver. El problema de los sueños es cuando no se hacen realidad o cuando toca despertar. El mío se hizo realidad y tarde o temprano me tocará despedirme.
Simone me llevo a otra gran plaza donde supuestamente, según sus palabras, las putas están buscando sus clientes. “Cuando necesites Marco” me dice ella y me siento un poco ofendido porque yo solo la veo a ella y a nadie más en esta ciudad de ásperos muros.
– Jamás he ido a un puteadero. – dice Simone.
– ¿Te gustaría ir a uno? – le pregunto a Simone.
No sé. – y como nunca ha ido a un stripclub quiero que viva esa experiencia. En Estados Unidos las mujeres aman ir a uno, a tirar unos cuantos dólares a las mujeres que bailan, tomarse unos tragos e irse. Es normal, bailar y que la noche siga. Pensé que podíamos hacer lo mismo, tirar cincuenta mil pesos en billetes de dos mil, tomarnos un trago e irnos. Así ella podrá decir que fue a uno y yo haber estado ahí, como parte de su historia cuando se la cuente a sus amigos.
Le preguntamos a un señor si nos podía llevar a uno hasta que nos condujo a un lugar que ni recuerdo el nombre, solo recuerdo entrar y ver unos dibujos egipcios de unas mujeres desnudas, unos japoneses o chinos con mujeres disfrutando la noche, y Simone y yo sentándonos al frente del pole esperando un baile. Eramos la única pareja del lugar porque habían muchos extranjeros gastando sus dólares o euros de manera irresponsable. Nosotros sólo veníamos por un baile, un par de canciones para bailar y tal vez un trago. Pedí un vaso de Whisky como para pasar el rato y ella ni sabía qué hacer, solo escuchábamos música y bailamos unas cuantas canciones hasta que por fin ocurría el primer baile de la noche. Le doy los billetes para que se los tire a la chica que con sensualidad se me acerca y le pongo un par de billetes en el sostén. No sabía que cara poner así que reí y miré a Simone que está un poco tiesa. Se le acerca a Simone y ella no sabe qué hacer, se ve tensionada a lo que la chica le dice: “No tengas miedo”, sufro de la angustia de Simone y ella empezó a ponerles unos billetes hasta que se acabó el baile, no teníamos más efectivo y nos decidimos ir. Salimos y fue una experiencia cómica, jamás había ido a un stripclub y ahora puede decir que estuvo con el chico que conoció unos meses atrás que de la nada apareció en su vida de nuevo. Para todo hay una primera vez en la vida, como nuestro encuentro y nuestra visita a Isis.
Seguimos caminando las angostas calles de Cartagena hasta que nos encontramos frente a la Universidad donde ella cursó su pregrado de Diseño Gráfico. Había un bar que se llamaba El Balcón y me dice que ese lugar vende unos cocteles muy buenos. Subimos unas escaleras (de las tantas que hemos subido) y llegamos a un balcón donde yo quería tomarme como un trago azul y ella se pidió un tropical que, es hoy y ella sigue creyendo que la cereza sabe a durazno (a pesar que la mesera le repitió mil veces que era cereza). Grabamos unos videos en mi celular mientras nos embriagábamos un poco riéndonos de nuestras vidas, asimilando que esto era real, que ella era real, que nosotros éramos reales y que todo lo que imaginaba se estaba haciendo realidad. Eres la piel del sol. Así de real.
– Llámalo un déficit, un vacío adentro. ¿Por qué el amor verdadero es tan difícil de encontrar? – digo.
– Deja de pensar en esas cosas Marco.
– Porque no tenemos un futuro.
– Pero si un lindo presente.
– Marco, siempre te gusta fantasear.
– Entre la fantasía y realidad solo nos separan los roles que nos han tocado, pero hoy estamos acá, existiendo como siempre, ¿no crees?
– La vida es larga, pero está enfrascada en unas pocas cuantas decisiones que le dan su rumbo.
– ¿Cómo dejar de hablar y volver a hablar?
– Ay Marco. ¿Qué quieres?
– Sólo quiero que los dos escuchemos nuestras canciones favoritas. – Mientras nos tomamos lo que queda de nuestros cocteles. Llega la chica a decirnos que ya cerraron y que nos esperan a que terminemos. Pagamos y bajamos las escaleras. Suena un Reggaeton a lo que ella baila mientras camina y solo quiero volver a agarrarla de la mano, sentir la temperatura de su cuerpo y tal vez besar los labios que me han dicho “No”.
Camino entre la pequeña multitud que también llegaba y nos vemos cara a cara, miedo a miedo, sonrisa a sonrisa. Caminamos hasta llegar a mi apartamento. No sabía cómo llegar, estaba más concentrado en seguirla a ella que me sentí perdido cuando tocaba despedirnos. Ella estaba desesperada y quería usar mi baño. Subimos las escaleras para llegar a una reja con candado que desbloqueo mientras sudo del calor, abro la puerta y ella se va a orinar mientras me siento en mi sofá. Ese fue el día más divertido. Sus ojos tristes destellaban. Lo que ya pasó nos trajo hasta aquí. Esta noche somos tú y yo Simone.
– ¿Por qué debería seguir a mi corazón? – Me pregunta Simone.
– Porque por más que se equivoque, sabe dónde está el hogar. Tanto tiempo que se pierde cuando no se dice nada.
– Y aun así no me hablabas.
– Porque esperaba verte para hablar todo lo que teníamos que hablar.
– Es más fácil decirlo que hacerlo.
– Por eso lo hago y por eso te veo a los ojos de arequipe.
Abro la puerta, abro el candado, cierro la reja. Nos vemos separados por esa puerta de acero, como las barreras que construyó para alejarse de mí. Nos veremos mañana, ella me dice y simplemente vuelvo al vacío al saber que nos quedan pocas horas donde existimos en el mismo espacio y lugar. Sus montañas de fuego sin oxígeno me dejaron. Mi desventaja es que ella es una necesidad.
En tu ausencia y distancia mueves estos mares endemoniados. Sus ojos ocultaban más secretos que la humanidad misma. Quitémonos las cadenas, las máscaras y huyamos hasta el fin del mundo. Sólo quiero un ratito de felicidad, más nada. Cómo las arenas del mar, déjame pasar el día sobre ti. Me pregunto qué se pregunta su mente y qué espera. También te preguntaras lo mismo. Eres muy linda, más que demasiado
Me fascina la idea de que tú existes,
Nadabas en el océano donde naufragaba.
Si tú quieres te puedo construir un bote,
Nosotros podemos navegar los siete mares.
El tiempo funciona para todo, pero no funcionó para nosotros
Y pensar que una corazonada nos trajo hasta aquí.
Algún día la vida nos unirá, sólo dale tiempo.
Estar contigo es un escape a la realidad que me agobia.
Espera un poco más que ya casi te encuentro.
Esta tristeza es tan física.