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Epic.
Amadeo.
Eran casi las seis de la tarde y yo todavía no había terminado de desempacar ni la mitad de mis cosas. Las cajas se habían apilado hasta el techo — Bueno, lo admito, siempre exagero — y aún faltaban bajar los muebles del camión de mudanzas. Era la primera vez que viviría sola, así que el entusiasmo que sentía superaba al cansancio y las ganas de tirarme en mi cama, que aún no llegaba a mi nueva habitación.
Una vez que mis muebles estuvieron en el departamento, me dejé caer en el sofá a descansar por adelantado del cansancio que me esperaba.
En lo que organizaba mentalmente mis cosas y planificaba por dónde empezaría, mis oídos comenzaron a percibir música.
Presté más atención, y descubrí que provenía de mi nuevo vecino de al lado.
La música era clásica, orquestal. La conocía, pero de las películas o los dibujos animados de Hannah-Barbera o Disney. No tenía idea de cómo se llamaba la pieza.
Movida por la curiosidad, tomé mi Smartphone, y usando una aplicación para detectar canciones, supe que se trataba del primer movimiento de la sinfonía Nº 40 de Mozart.
No pude más que hacer una mueca de satisfacción, y aprovechar tan interesante recibimiento para darme ánimos y comenzar a desempacar todo.
Aunque mi vecino no lo sabía, me encanta escuchar música mientras hago cosas, porque siento que el tiempo pasa más rápido y me esfuerzo menos.
Al terminar esa pieza, la música se detuvo. No tuve otro remedio que colocarme los auriculares y ambientar mi tarea yo misma, hasta que hubiese terminado de organizar mi caos.
La noche llegó conmigo aún dando vueltas y sacando libros de cajas para colocarlos en estantes. Al día siguiente ya casi había terminado con todo, por lo que me tomé un merecido receso mientras espiaba el barrio por el balcón del cuarto piso en el que me encontraba.
El edificio era uno viejo, de seis pisos, con esos ascensores de puertas que cuestan cerrar y que dan miedo, pero que si funcionan desde que se creó el mundo, se supone que lo seguirían haciendo. Pensé que sería demasiada mi mala suerte si me tocase ser la primera persona en romperlo en setenta años.
De todos modos, siempre preferí usar las escaleras, sobre todo si el cansancio no me lo impedía.
La vista desde mi ventana no era mala, pero tampoco magnífica. Más edificios, árboles y un vivero.
Al ver este último, volteé y recorrí mi nuevo departamento con la vista, percatándome de que no tenía aún ninguna planta.
Si bien es extraño que me interese por ellas, sentí que le faltaba vida a mi living — paradójicamente — y así fuera hasta que mi descuido matase a la pobre, anoté en mi lista de compras “ir al vivero”.
En lo que escribía, la música comenzó a sonar nuevamente. La misma canción de Mozart. Miré el reloj, ahora colgado en mi nueva pared, y eran nuevamente las seis de la tarde.
“Qué gracioso”, pensé. Tomé mis llaves y salí rumbo a la calle, a conseguir los ítems de mi lista.
Al volver a mi departamento, con mi plantita a cuestas, me detuve en la puerta, y observé por un momento la del vecino, Don o Doña Mozart.
Pensé en acercarme y tocar el timbre, pero ya era un poco tarde y me pareció un horario inoportuno, por lo que simplemente entré a casa y preparé mi cena.
La mañana siguiente — una mañana de lunes — tuve que ir a trabajar y ya no pude saludar a mi vecino, pero decidí hacerlo por la tarde.
Llegué a casa justo a las seis, y allí estaba Mozart. Es decir, nuevamente el primer movimiento de la sinfonía Nº 40 de Mozart se colaba por debajo de la puerta de mi vecino, con un volumen considerable.
Finalmente me decidí y toqué su timbre. Enseguida la música cesó. Esperaba que me abrieran la puerta de inmediato, pero no sucedió; permanecí allí parada, mirando el numerito ennegrecido de bronce que decía “4to B”.
Evidentemente había alguien en el departamento, o no hubiera cesado la música. Toqué nuevamente, por las dudas, pero nadie salió a atender.
No insistí, para no ser pesada, aunque me pareció bastante extraño.
El martes me encontré a mí misma mirando con atención el hermoso reloj plateado y negro que había comprado y colgado en la pared del comedor, el mismo día que llegué. Las agujas se movían más lento que de costumbre, pero finalmente, cuando las dos coincidieron en una línea recta, vertical, que indicaba las seis en punto de la tarde, los primeros acordes del violín se hicieron presentes.
La melodía alegre y saltarina, parecida a una conversación entre instrumentos de cuerda y de viento, llenaba mi living a pesar de ser un sonido algo sordo, por la pared que me separaba de su fuente.
Y una vez que el último acorde llegó a mis oídos, nuevamente el silencio. Como el fin de semana y como el día anterior. No, evidentemente no era una casualidad.
Así pasaron los días, y mi primera semana viviendo allí. No hubo un solo día en el que faltara Mozart y su sinfonía, puntual como siempre, hermoso pero a la vez cada vez más tedioso.
El viernes me topé con otra vecina — no mucho mayor que yo — que bajaba por las escaleras desde el quinto piso, con un bebé en brazos. Me presenté y aproveché para preguntarle sobre la misteriosa persona que vivía en el Cuarto B. Ella tampoco sabía nada al respecto, y nunca, en los cuatro años que llevaba viviendo en el edificio, la había visto.
Mi curiosidad iba en aumento, y eso no era nada bueno. Mi vecino ocupaba mi mente más de lo debido. Me preguntaba quién sería, cómo sería, qué edad tendría, pero sobre todo por qué; por qué diablos escuchaba la misma sinfonía y solamente esa sinfonía, todos los días a la misma hora.
Claro que era dueño o dueña de hacerlo, que yo no tenía derecho alguno a meter mis narices en los asuntos de nadie; pero la intriga me carcomía. Después de todo, vivíamos a sólo una pared de distancia. Respirábamos el mismo aire, y escuchábamos la vida del otro.
Los objetos al moverse, los estornudos o las risas fuertes, el llanto de los niños, las peleas a los gritos, la música. Todo eso se comparte entre vecinos; por qué no podría yo saber quién era el dueño o dueña de esa extraña obsesión. Y no es que yo sea de esas vecinas chusmas, cuyas “vidas” transcurren en la puerta de su casa, vigilando e investigando la de los demás. No. Yo sólo sentía demasiada curiosidad.
A la semana siguiente, cuando se hicieron las seis, yo ya estaba preparada. Apenas comenzó la orquesta a tocar, empecé a “tocar la pared”. Con mis nudillos, golpeé siguiendo lo mejor que pude el ritmo de la música. Quería que supiera que las notas llegaban hasta mí, que no me era indiferente su locura.
Posiblemente mis golpes sólo le sonaron a ruido, porque la música cesó. Al mismo tiempo, yo dejé de golpear la pared. Entonces la sinfonía recomenzó, y yo retomé la mía.
De pronto, para mi gran sorpresa, la pared empezó a recibir golpes del otro lado también. El mensaje había llegado, como si fuera en un código Mozart, en lugar de Morse.
Riendo como loca, sentí que dialogábamos con los golpes, como los violines y demás instrumentos en la sinfonía. Ambos diálogos terminaron juntos, después de los seis minutos y medio que duró la música, y el silencio volvió.
Allí había alguien a quien no conocía, y que nunca había visto u oído, pero con quien me había comunicado de una forma tan loca como inesperada. Mi curiosidad, lejos de apagarse, se incrementó.
Salí de inmediato al pasillo, y toqué el timbre de su departamento, pero nuevamente, nadie atendió la puerta. Volví a mi departamento, y arrancando una hoja de mi cuaderno, escribí — después de pensar varias opciones — “Hola, soy la nueva vecina del 4to A, sólo quería saludar y avisarle que estoy para lo que necesite”.
Deslicé el papelito por debajo de su puerta y regresé a mi departamento.
Pretendí que no me importaba si recibía o no respuesta, si tocaban a mi puerta o no, y continué con mis tareas.
Mientras trabajaba en mi computadora, miraba de vez en cuando hacia la puerta. Las ocupaciones no eran del todo efectivas para controlar mi ansiedad y mi atención siempre volvía a ese misterio que no lograba develar.
A eso de las diez de la mañana del día siguiente, escuché que alguien salía del 4to B. Corrí hasta mi puerta, y disimuladamente la abrí, tomando a las apuradas mi bolso, como si casualmente saliera al mismo tiempo.
Era una mujer, de unos cuarenta años. Mientras cerraba la puerta, la saludé amablemente, y le pregunté si había leído mi nota.
La mujer me miró extrañada, y me respondió que no había visto ninguna nota debajo de la puerta.
Le dije que en ella le avisaba que era su nueva vecina, y que estaba a su disposición para lo que necesitase. La mujer agradeció amablemente mi gesto, pero me aclaró que ella sólo trabajaba en esa casa por las mañanas, limpiando y cocinando para el Señor Amadeo.
El señor Amadeo. ¿Acaso era vecina del mismísimo Mozart?
Al menos una parte del misterio había logrado desentrañar. El Señor Amadeo era un hombre solitario y mayor, que al parecer no tenía familia, y desde hacía años no salía bajo ninguna circunstancia de su departamento.
Eso no explicaba el porqué de esa manía de escuchar la misma canción, y nada más que esa canción, a la misma hora, todos y cada uno de los siete días de la semana. La mujer nunca había estado allí por la tarde, así que tampoco tenía forma de saberlo, y según ella, Don Amadeo no hablaba nunca con nadie.
Traté de dejar allí el asunto, y continué con mi vida. Mi cabeza ya empezaba a cansarse, por lo que salía a esa hora, o me ponía los auriculares y escuchaba cualquier otra cosa que no fueran esas notas, que ya sabía de memoria.
Un día que me quedé en casa y había olvidado colocarme los auriculares a tiempo, me sorprendió el silencio. Eran las seis de la tarde, y Mozart no aparecía. Esperé hasta las seis y media, pero tampoco hubo rastro de él. Al día siguiente sucedió lo mismo, y empecé a preocuparme.
Esperé en el pasillo a la señora que limpiaba su casa por las mañanas, pero tampoco apareció.
Al asomarme por la ventana, vi una ambulancia estacionada frente al edificio, y pensé lo peor. Pobre Señor Amadeo. No lo había conocido y… y ahora probablemente nunca lo haría.
Los paramédicos subieron a alguien, tendido en una camilla, a la ambulancia y partieron haciendo sonar la sirena, a la que ahora le prestaba atención.
Me quedé bastante triste, en silencio, mirando la pared que compartía con Don Amadeo, y extrañando desde ya escuchar la sinfonía.
Pasaron dos semanas de un silencio melancólico, y entonces lo escuché. Mozart volvió, puntual como antes, vibrante y alegre, como siempre.
Me enocioné tanto, que me puse a bailar como loca, girando y agitando los brazos, dirigiendo una orquesta inexistente con una batuta invisible. Amadeo había vuelto. Mi amigo, silencioso y ermitaño, estaba bien y no bajo tierra.
En uno de mis giros de bailarina frustrada, vi que un papelito ingresó a mi departamento por debajo de la puerta y se deslizó por el piso estacionando a unos centímetros de mi pie.
Lo levanté y en él, escrito con una hermosa letra cursiva y una pluma fuente, decía:
“Gracias vecina, y disculpe a este viejo por no responder con anterioridad, así como por mi música, si es que le molesta. Si quiere, cuando pueda, la invito a tomar un té, si es que toma té.
Amadeo”
No esperé ni medio minuto, y toqué a su puerta.
Amadeo era un hombre de casi noventa años. Su mirada era dulce pero triste y su postura abatida, pero aun así se notaba que supo ser elegante, apuesto y de gran porte en su juventud.
Su departamento lucía muy diferente al mío, a pesar de ser iguales. Todo allí era antiguo y en diferentes tonos de sepia y marrón. Mozart aún sonaba desde un tocadiscos, casi tan antiguo como el disco y la mesa en la que se posaba. La púa había saltado y las mismas notas se repetían una y otra vez.
Con apuro, Amadeo levantó la púa del tocadiscos, y me invitó a tomar asiento en un viejo sofá.
Me llamó la atención que tuviera tantos libros, y tantas figuras de porcelana, todas perfectamente acomodadas. Amadeo vivía en un caos ordenado.
Mientras me servía té en una preciosa y delicada taza de porcelana, Amadeo me dijo sin vueltas, sonriendo:
—Apuesto que le gustaría saber por qué escucho la misma sinfonía todos los días, a la misma hora.
—Espero que no le parezca entrometido de mi parte, pero sí, me muero por saberlo — le respondí riendo, con total sinceridad.
—Era la pieza clásica favorita de mi esposa. Todas las tardes, ella salía a trabajar, a las seis, para ser más precisos. Yo me asomaba por esa ventana — dijo Amadeo señalándola — ella volteaba a verme y la despedía tirándole un beso. Así fue hasta que Adela murió. Ella siempre me decía que le encantaba mi nombre, porque Mozart era su compositor preferido. Era profesora de música.
—Y escuchando esa sinfonía es como usted la recuerda…
—Cada día de mi vida.
—Qué conmovedor, Señor Amadeo — le dije, mientras dejaba la taza en la mesita, con un nudo en la garganta — muchas gracias por compartirlo conmigo.
—No se preocupe — me respondió, poniendo su mano cariñosamente sobre la mía, como lo haría mi abuelo.
Continuamos charlando sobre su trabajo, música, y la vida. Nos reímos de nuestro “Código Mozart” y me confesó que después de haber estado un par de días internado, aunque no fuera nada demasiado grave, eso lo despertó y sacó de ese encierro hermético en el que se encontraba. Aunque su corazón nunca abandonaría el luto por su esposa, decidió vivir mejor el tiempo que le quedase por vivir, comenzando por aceptar a su joven y entrometida vecina en su casa.
Afortunadamente le caí bien, y de vez en cuando, me doy el lujo de tomar el té con Amadeo. Nos hacemos mutuamente compañía, y a la vez aprendo mucho de él. En realidad somos tres: Amadeo, Mozart — Adela — y yo.
Ayer le compré una planta en el vivero, porque su living también necesitaba más vida; aunque música, eso nunca.
Fin.
M.C.
* Publiqué en otro sitio este cuento el 3/3/2018. Ahora, al releerlo para editarlo, me di cuenta de cómo repetí sin darme cuenta una y otra vez los mismos números, 6 y 4. Raras coincidencias...o nada lo es (?).
Teacher Appreciation Post
As it turns out, it’s teacher appreciation week!! So I thought I’d share the story of the best teacher I’ve ever had. We’ll call him Mr. R.
So last year, yes? I’m socially anxious and pre-meds/therapy/everything. And I had an absolute nightmare of a 4th period class, but we won’t talk about that rn. Fifth period, I had Creative Writing with Mr. R, who besides being plain awesome was also a recently published author, so naturally my writer brain was bouncing off the walls.
I only had the class for a semester, but from the beginning I loved Mr. R. He only met me once at an orientation night and committed my name to memory—he was always at the door greeting everyone he knew by name in the morning, so even before I was his student I liked him, because teachers don’t usually do that for kids they met once for five minutes.
He was really, really supportive as well. We were allowed to write anything we wanted for most of the class, and did fun writing exercises as well. Writing exercises we were generally required to share with the class. I spent the first quarter awkwardly saying I wasn’t quite finished whenever it was my turn to share, until I finally decided I had to tell Mr. R I was kind of lying to him.
I didn’t get through my first sentence when he said “I know. You know, you can just say pass, it’s no big deal.”
That was awesome for me, then. Mr. R was supportive of everything, he posted really good sentences on his Twitter and made sure to tell you exactly what he loved about your writing, not just generic compliments.
And remember the nightmare class I had right before his? Yeah, one day I was super super stressed out and shaky and panicky, and most times I’d chill out the second I entered the writing classroom (which just goes to show how awesome it was, like flipping a switch just walking in), but not that day for some reason. We were in the computer lab that day, and I think it took me five minutes to log onto a computer, and then I pulled up the doc for my story and just....did nothing. I remember it was physically hard to force myself to type, so I just....didn’t.
Mr. R said nothing, did nothing, just walked around the room like always and let me be.
As a budding little author, having such an insanely supportive teacher (a published author, too, Jesus I still cannot get over that) who genuinely liked my work was incredible. And having a class to calm down and relax after Hell Period helped a lot and probably contributed to me not completely dying that year.
So here’s to supportive and awesome teachers, they’re hard to come by and always gone way too fast. 💙💙💙
You are my life flashing before my eyes and the last thought to leave my mind until i become the speck of nothing in outer space.
Something Like an Eulogy
So I know 2 of my kids are gonna vote yes but I feel like I need a few other voices.
Should I post some of my original writing on here? I would also be willing to post fanfics and stuff on my own time. Would anyone (besides my two kids) be interested in that?
Post my writtings?
Yes!
No!
The joys of being trash
I should have know when you turned away from me, when you refused to look in my direction, that something was wrong. I was smitten with you and I think you knew it too. You lead me to believe you liked me, it made me happy, but it was a lie. The cruelty of it all. You used me, then threw me away. Can you blame me for not lingering? I'll remember our time together fondly, but I'll always hate how you made me feel afterwards.
problematic people pleasing
"many of my issues come from being an enormous people pleaser. i don’t believe i’m alone in that behaviour... the problem is one of degree." #blog #deepthoughts #SaturdayMorning
many of my issues come from being an enormous people pleaser. i don’t believe i’m alone in that behaviour.
it’s fine to take other people’s feelings and opinions into account when we’re interacting with them. the problem is one of degree.
when i start to subdue what i actually think and feel, when i start to live a life that makes me uncomfortable because i’m afraid of causing offense, when i…
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Unrecognized mistakes, unclear misunderstandings. A cloth whose dirt is hidden. How spotless is your mind? How much hurt, unaware, You’ ve left behind? And how much joy?
Zacharie Belmont