No quiero convertirme en eso que duele
Tengo que aprender a mirarte distinto. Mirarte sin que se me escape el alma por los ojos. Sin que el pecho me delate. Porque si te sigo viendo como hasta ahora, si no pongo una distancia que me proteja, voy a romperme en mil partes la próxima vez que hables de otro con ese brillo que alguna vez imaginé para mí. Y no es que quiera hacerlo… es que tengo que hacerlo. Porque me está matando a fuego lento esta forma de quererte que no tiene dónde quedarse.
Tengo que enseñarle a mis ojos a no buscarte, a no encenderse cuando llegás. A que tu nombre no me duela. A que tu ausencia no me parta los días por la mitad. A mirarte con la ternura de quien ama sabiendo que no puede tocar. Porque si no lo hago, cuando te vea feliz en brazos de alguien más, me va a doler tanto que no voy a saber cómo seguir respirando.
Y no quiero convertirme en eso que duele. No quiero envenenarme con el rencor. No quiero desaparecer ni irme, porque no sé cómo hacerlo sin dejar algo roto en el camino. Quiero poder quedarme desde otro lugar, uno donde mi cariño no pese, donde no tengas que cargar con mi dolor. Por eso tengo que aprender a mirarte como quien mira lo que ama, pero entiende que no es suyo. A mirarte desde lejos, con una nostalgia que abriga en vez de arrasar.
Y tal vez, con el tiempo, este amor aprenda a doler un poco menos. Tal vez empiece a vivir en mí de otra forma. Y quién sabe… tal vez un día, sin darme cuenta, esta tristeza deje de doler tanto. Tal vez esta sonrisa fingida empiece, de a poco, a ser real.
Y así tal vez, con el tiempo… seguir. No sé si vivir, pero al menos, seguir…












