De chica me enseñó mi padre a ser amable. Acomedirme con las perosnas, acomedirme siempre porque "la gente acomedida cabe dondequiera".
Mi padre me enseñó a ayudar cuando se pueda, no estorbar, no quedarse a media banqueta parado, porque pasa más gente por ahí, no dejar el carrito en medio de pasillo del súper si hay más personas que también necesitan pasar por ese pasillo.
Simplemente, hacer práctica la vida para mí y para los demás. Porque si se hace práctica para los demás, también la hago para mí.
Pero luego vas creciendo, madurando, el que te enseñó todo eso trasciende y te das cuenta de muchas cosas más. Y sigues aplicando todo eso, y te das cuenta que no siempre te haces la vida más práctica cuando eres amable y haces la vida práctica para los demás.
Muchas veces no es recíproco en el momento inmediato.
Y a veces es cansado tu hacerte a un lado para que los demás pasen. A veces solo quisieras que los demás se hagan a un lado, se busquen su propio espacio para pasar. Se bajen de la banqueta para pasar, como lo he hecho yo muchas veces.
Ya que tienes marcada en la vida ser amable, comedido, práctico, etc. Es díficil hacer lo contrario, te sientes culpable por el momento cuando no cedes.