El amigo de mi amiga estaba molesto porque la dama que a él le gustaba había elegido a otro para coger. “No puede ser que no se de cuenta que ese pibe no es nada, es un gil” argumentaba “al final esa mina se conforma con poca cosa, se junta con cualquiera, le da igual”. Lamentablemente pidió mi opinión, así que le dije “si sale con cualquiera como vos decís, lo que me parece es que te molesta más el hecho de que al no elegirte a vos, te pone por debajo de esa categoría, te molesta que ni siquiera sos cualquiera en su vida, que para ella sos menos que ese gil, sos menos que “poca cosa”, menos que “nada””. Obvio que lo dije para fastidiarlo, yo no evalúo este tipo de cuestiones en “mas” o “menos” (nada, poca cosa, mucha cosa). ¿La que me gusta elige a otro que no soy yo, entonces el otro es más que yo? No. El otro no me define, jamás. Esto de medir todo como una competencia… ya estamos hasta acá de marketing y capitalismo y mercantilismo como para que encima infestemos las relaciones y los vínculos con las leyes del mercado. Si el amor funcionara así entonces ningún matemático estaría solo, ninguna economista ni contadora conocería la soledad, el licenciado en marketing digital jamás ahogaría sus penas de amor tomando merca en el baño del trabajo. Una gráfica sería la solución a todos los problemas del alma. Por eso, cuando me cruzo con personas como este señor que cuantifica la cosa y me pide opinión, entonces sigo su razonamiento con el único objetivo de reventarle las pocas neuronas que está usando (soy muy generoso otorgándole el titulo de “pensamiento” a ese ovillo de caprichos), en lo posible le arruino en su propio juego. Solo sufrí heridas leves, el caballero mi tiró unas puñaladas de mirada filosa y silencio de asesino serial, por suerte no cumplió la promesa que me dieron sus ojos.
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