Cuando estaba en la elemental, mi mamá a veces servía habas para la cena. A mí no me gustaban porque eran sedosas por fuera y secas por dentro, nada como las habichuelas rosadas y jugosas que comíamos con arroz blanco. Pero era obligación limpiar el plato, así que la regla era que tenía que comer al menos el número de habas que correspondía a mi edad. Cuando tuve 7 años, me tocó comerme 7 habas. Cuando tuve 8 años, pues 8 habas, y así por el estilo.
Mañana, 9 de julio, cumplo cuarenta y dos años. Créanme que no tener que comerme 42 habas me causa gran consuelo. Sin embargo, uso el recuerdo de mi infancia alimenticia como trampolín para forzarme a escribir algo hoy en el blog. Faltan varias horas para que mi esposo Sergio y mis hijos lleguen de vuelta de su viaje y ya no puedo soportar más su ausencia. De manera que me he distraído escribiendo 9 declaraciones autodidácticas y espontaneas a propósito de mis cumpleaños. Una declaración (o haba) para cada día del mes de julio hasta el día que salí a la luz.
i.
Pienso que en mi vida han chocado al menos dos tensiones siempre: el afán de ser alguien en la vida y una contradictoria pulsión radical hacia la discreción. La necesidad de estar y la de no estar al mismo tiempo, y también la necesidad de crear, pero a la vez la de dejar de hacerlo. Hablar y a la vez conocer el silencio. Dos posibilidades de las que habló Kafka: hacerse infinitamente pequeño o serlo.
ii.
Me declaro reconocible. Me refiero a que hay personas que de un año a otro cambian tanto que de pronto no parecen ellas. Resultar o no reconocible, ser todavía uno mismo, depende de la salud, de su grado de contento, de los genes, de sufrir o no grandes transformaciones (una calvicie súbita y drástica, una gordura irrefrenable, un adelgazamiento dramático), de lo que haya visto, de lo que haya pensado, del carácter. Pero creo que en gran medida depende de una cierta lealtad a su trayectoria. Y una de las deslealtades mayores es la cirugía estética. Cuando la detecto en otras personas, siento un desinterés casi inmediato. No son sólo esas caras anómalas y torcidas, esas bocas infladas y esos pómulos a lo Popeye. Es, sobre todo, la sensación de engaño, de que a uno lo están privando de saber cómo sería de verdad una persona si hubiera permitido que se reflejara en su rostro un poco más de su historia.
iii.
Me declaro desinteresada en la dictadura de la imagen. Un año cumplido es para muchos una versión del libro Guinness de los récords. Hay personas que darían la vida por salir en ese monumento dedicado a la cantidad. No hay un solo pensamiento entre sus páginas. Sólo gente que bailó siete días seguidos o que caminó a la pata coja un año entero. ¿Pero, a quién le importa? Uno se pregunta si quedan muchas personas capaces de disfrutar de algo sin ser contemplados en su disfrute. De un paseo, de un paisaje, de una obra maestra que no sea banalmente celebre, de un edificio o rincón que no haya sido señalado por Trip Advisor. La dictadura de la imagen es tan fuerte que para poder luchar por cualquier causa, por esencial y justa que sea, es necesario buscar vías publicitarias para hacerla visible.
iv.
A mis 42 menos 1 día declaro que no hay nada más agotador como ser uno mismo todo el rato. El éxito de las drogas, Netflix y los libros estriba en que te permiten durante algún tiempo descansar de tu propia identidad.
v.
Escribí un post para mis 39, otro para los casi 40, y otro para los 40. En el 2016, para los 41, me salté el compromiso. Tuve cáncer, aunque ya estoy bien. Pero declaro que este post no vale por dos años. Cuando uno vive algo tan intenso, la cosa acaba convirtiéndose en incomunicable. Por eso me declaro semejante a un hormiguero. Los hormigueros cicatrizan al modo de una herida. Primero cesa la hemorragia y a continuación los labios de la llaga se aproximan hasta cerrar la boca. En unos días, apenas queda sobre la tierra una señal. Más interesante es lo que sucede luego en el interior de la úlcera, donde las hormigas no paran de hacer cosas útiles, desde enterrar a sus muertas hasta ventilar las despensas o amamantar las larvas.
vi.
Me declaro un desastre en materia de hacer chistes. Se me olvidan, los digo al revés y, sobre todo, a medida que avanzo me voy desinflando. Pierdo la convicción y la confianza en mí misma a tal grado que al final siempre doy pena. Mis chistes siempre tienen un final anticlimático. Van acompañados por la típica sonrisita forzada de mis amables oyentes.
Aún con tanto preámbulo, voy a hacer de payasa e intentar compartir un chiste que me gustó mucho porque es un maravilloso antídoto contra la ceguera de la auto importancia. Me recuerda a Pepé Le Pew, el personaje de Looney Tunes. Pepé es un zorrino francés que vive eternamente enamorado de una gatita, Penélope, a la cual cree, erradamente, de su misma especie. El error de Pepé se debe a que, al comenzar cada tirilla, ella queda de manera accidental pintada con una franja blanca sobre su pelaje negro. Pero, como ven, ya se me olvidaba que el chiste no es sobre Pepe Le Pew, sino sobre un video que vi una vez de una rata, parada sobre sus dos patas traseras, que alza la cabeza al cielo y contempla el paso majestuoso de un murciélago con las alas extendidas. Entonces exclama con admiración: “Oh, ¡mom Dieu! ¡Un ange!”
La rata pedestre y vulgar también tiene sueños sublimes en la cabeza. Se maravilla ante lo que no entiende. Confunde con un ángel a otro animal parecido a ella, a un pariente cercano, también rechazado por la mayoría de la gente, que simplemente posee un par de alas membranosas.
Ya sé que no les ha hecho gracia, ¡pero yo estoy destornillada de la risa!
vii.
Leí en alguna parte un poema genial que decía que la cebolla “es cebolla hasta la médula” (o algo así). Tiene toda la razón. Por más que profundices en ella no encontraras otra cosa que cebolla. Ni nervios, ni venas, ni vísceras, nada. La cebolla es cebolla desde la piel hasta el centro. Significa que lo que pasa por debajo de la cebolla es más cebolla. No así lo que pasa por debajo de nuestras vidas y los acontecimientos que nos rodean. Debajo de Ricky Roselló no hay más Ricky Roselló, sino los billones de la deuda. Debajo del pelo de Trump no hay inteligencia, sino un choque de placas tectónicas de intereses ajenos a la política. Algunos viven como si por abajo pasara lo mismo que pasa arriba, como si todo fuera cebolla, y nada más lejos de la realidad. Ponte a pensar lo que significa esto para ti: todo puede que sea cebolla.
viii.
Dice Stephen Hawking que si se encontrara el modo de entrar a un agujero negro se llegaría a otro sitio, aunque no se podría volver. ¿Lo harías?
ix.
Ya siento un cansancio tierno, como si supiera que voy a pasar el día de mañana galopando. Por la mañana despertaré feliz y pasaré un día estupendo. Al final, si alguien me pregunta, ¿qué te propones para tu próxima vuelta al sol?, yo diré: O sea, pues no sé ….o sea…. por ahora lo único que me propongo es ir al baño. Discúlpame.