Ceniza en la frente: que ninguno de nosotros quiera ser el villano
“La peor persona que conoces ayer se puso ceniza en la frente.”
Leí eso hoy por la mañana en un tweet —porque aquí les seguimos diciendo tweets— y alguien respondió: “Si piensas esto es que no has entendido nada”.
Y no pude dejar de pensar en la redención.
Pasé doce años en un colegio de monjas. Mis papás son religiosos católicos y hubo una época en la que la Cuaresma y la Semana Santa eran importantes en mi vida —a veces por las razones correctas y otras no tanto, como suele pasar en la adolescencia—. Pero más allá de la práctica, lo que ese tweet me dejó fue una pregunta incómoda:
¿puede la gente realmente cambiar?
No soy experta en la Iglesia católica más allá de mis conocimientos básicos de clase de Evangelización, la información que me han dado mis padres y las alegorías de procesiones . Sé también que muchas veces la institución ha sido herramienta de control, incluso cloaca, con muchos monstruos dentro. Pero esa frase me hizo pensar no en la institución, sino en el concepto: la redención. El arco de redención y sus consecuencias para las víctimas.
¿Es realmente posible que alguien se convierta? No necesariamente en Cuaresma ni por creer en el Evangelio, pero sí convertirse y cambiar.
¿Alguien que te ha hecho muchísimo daño podría cambiar? ¿Tendría la capacidad humana de entender y mejorar?
Porque de nosotros mismos sí lo creemos. Queremos creer que, si hacemos algo malo, podemos cambiar. Que al menos podemos intentarlo. Que a veces hacemos cosas malas sin pensar, o que creemos que no son malas.
Pero hablo de los villanos de la vida real. No de los políticos que vemos destruyendo el mundo ni de los locos de la isla —ese tema es demasiado denso—. Hablo de villanos de calle. Porque siempre hay alguien que conoces que es genuinamente malo. Personas que cometen acciones dañinas: avaricia, ira, envidia, violencia, negligencia, abuso.
¿Esas personas pueden cambiar?
Supuestamente Dios sí lo sabe. Y por eso es más perfecto que nosotros: porque perdonaría a cualquiera que se arrepiente y porque cree que todos tenemos capacidad de cambio hacia el bien y el amor, bueno los del diluvio no jajaja. Por eso, cuando no puedo perdonar a alguien, le digo a mi mamá que los perdone Dios, porque yo no puedo.
Me gustaría creer que sí pueden cambiar. Y eso no tiene que ver con reconciliarte con tu abusador ni con personas que te han hecho un daño inimaginable. Pero sí creo que liberarte del dolor —más que perdonar, quizá soltar— tiene sentido para poder continuar. Eso no significa que les abras los brazos cuando cambien.
Pero hay algo en lo que quiero pensar: si estos villanos de la vida real pueden cambiar, entonces pueden dejar de hacer daño. Siguen siendo personas rodeadas de otras personas, de seres vivos, de almas a su alrededor. Si pueden cambiar, pueden romper el ciclo.
Y tal vez ese sea el sentido de la Cuaresma. No el ayuno de carne roja o simbólico ni la ceniza en la frente, sino la pausa. Tal vez es una señal de cambio que este año el Ramadan que es en la misma fecha y es una época en el Islam de reflexión o que el año nuevo chino del 17 de febrero pasó para dejar el año de cambiar de piel de la serpiente y empezar la carrera del caballo.
La realidad religiosa o atea o agnóstica nos entrega la posibilidad —incómoda, difícil— de mirarnos y preguntarnos si estamos haciendo daño.
No para reconciliarnos con quien nos hirió.
No para justificar lo injustificable.
Porque si el mal puede repetirse, tal vez el cambio y el bien o amor también.
Y quizá no se trata solo de que los villanos se conviertan.
Quizá se trata de que ninguno de nosotros quiera seguir siéndolo en la historia de alguien más.
Y saludos a esta reina donde sea que este, de los archivos de historia de la Universidad Rafael Landivar en Ciudad de Guatemala 2017 creo, iconic shit in the moment