La paranoia del contacto cero
El contacto cero suena radical.
Y tal vez lo sea.
Yo siempre lo he tomado como un punto importante para avanzar en relaciones disfuncionales. En mi caso, más aplicado a amistades o familia, porque nunca he tenido que cortar con una pareja formalmente. Pero lo habitual —dicen— es terminar una relación y cortar todo de raíz.
En los casos en los que yo lo he aplicado, sé que no es tan normal.
Cualquiera pensaría que soy evitativa. Y puede que sí. No me gusta el conflicto. Y hay veces en las que no le veo propósito a un enfrentamiento más que abrir una caja de Pandora llena de faltas de respeto o insultos, para luego fingir que todo queda como si nada.
Para mí, el contacto cero no es la primera opción. Es la última herramienta. Es cuando estás tan cansada de intentar, intentar e intentar, que simplemente no queda otra salida.
Es hacer el duelo de la relación mientras la relación todavía existe.
Es llegar tan agotada al final que, cuando se termina, la única opción posible es bloquear. En todo lo que se pueda bloquear. Y avanzar.
Porque ya no se trata solo de que no me contactes.
Se trata de que no sepas nada de mí.
Y yo tampoco de ti.
Pero también sé que a veces puede ser un error.
Yo empecé a usar el contacto cero a los 18 años, por un malentendido nacido de la inmadurez, la falta de comunicación, la presión social, el querer encajar y comentarios externos que, trece años después, quizá ni siquiera eran verdad.
Y la herramienta era la misma: bloquear. Las redes nos han dado esa ventaja y esa desventaja de cercanía constante. El espacio físico no funciona así.
En el mundo real, encontrarte con alguien que salió de tu vida es cuestión de coincidencia. O no. Y en mi caso, la distancia de un continente hizo más fácil esa separación.
Lo difícil es cuando la otra persona no quiere el contacto cero.
Ahí empieza la paranoia: sentir que por cualquier lado te están buscando, que quieren una explicación, que quieren reclamar lo que no pudieron cuando apretaste el botón de bloquear. Y muchas veces ese “por qué” ya estaba dicho. Ya estaba escrito en piedra.
También están los efectos colaterales.
Personas en medio de esa relación que existía, dispuestas a convertirse en monos voladores, a presionarte para que “aclares las cosas”, a ofenderse porque cortaste la relación sin escuchar tu versión. Porque, claro, quien bloquea en todos lados suele parecer el loco.
Y sí, hay veces en que el contacto cero es un error, cuando lo que hay son malos entendidos o falta de comunicación.
Pero también creo que, mientras más creces, más sabes distinguir entre un error comunicativo y una falta de respeto real. Entre un mal momento y abuso. Entre una discusión y maltrato. Entre un desacuerdo y negligencia. Entre algo reparable y algo que simplemente te rebalsó el vaso.
El problema es que, incluso cuando tomas la decisión correcta, el miedo no desaparece de inmediato.
El contacto cero no elimina la paranoia de volver a encontrarte con esa persona.
De que te escriba desde otro número.
De que aparezca en un lugar que creías seguro.
Entonces la pregunta no es solo si el contacto cero es radical.
La pregunta es:
¿qué es peor?
¿Existir a distancia de alguien que te hace daño?
¿O vivir un tiempo con paranoia hasta que el miedo se disuelva?
Tal vez el contacto cero no sea huir.
Tal vez sea elegir paz, aunque al principio se sienta como guerra








