🔥 Una noche de excesos, deseo y encuentros sin artificios.
Él buscaba brillo, ella lo tomó y se marchó dejando solo una carta manchada de carmín. Pasión, instinto y ausencia. Todo en una madrugada que ya no volverá.
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Una princesa de coraza oscura se cruzó en mi camino.
No era luz ni sombra, sino un pacto sellado en silencio.
Y yo, testigo de su vuelo roto, aún bendigo las paredes que la guardan.
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Este cuento fue escrito originalmente en 2019. Es una pieza gótica, cruda y visceral sobre el miedo a uno mismo, a la autopercepción y a la posibilidad de que nuestra realidad no nos pertenezca.
Habla de vacío, adicción, disociación y espejos rotos.
Hoy comparto su versión final. Espero que te atraviese.
La luz de la mañana se cuela entre tus parpados rojizos mientras extiendes la mano para evitarlo.
No es la luz lo que te despertó, sino el frío que se ha acomodado a dormir entre tus fibras musculares. Desnuda, mojada y entumida, te levantas de la esquina de la habitación donde estabas acurrucada, oculta tras el espejo en el que te arreglas cuando te apetece ir a trabajar; no es un deseo frecuente. Demasiado cobardes para terminar tu contrato, demasiado estúpidos para entenderte. Ya ni siquiera inventas pretextos. ¿Qué puedes decir? ¿No sabía como esconder este hilillo en mi ombligo?
Sin embargo, parece que es temprano así que puedes apresurarte. Así evitaras que en el futuro cercano papá te quiera acoger de nuevo en casa, con el pretexto de que igual te sigue manteniendo. Psicólogos, pastillas, ninguna de esas cosas te resulta agradable. Ninguna de esas cosas parece ayudarte de verdad. Siempre te restriegan en la cara lo débil que eres. Si fueras un poco más como Angi las cosas serían más fáciles para todos. Incluso para ti. Si no fueras una borracha, si hubieras estudiado una carrera, si coleccionaras caracoles en vez de cicatrices, también habría fotos de ti y de tus logros adornando la escalera. Si fueras modosita y respingada como ella con sus vestiditos en lugar de usar esas feas botas y los pantalones raídos.
Los recuerdos son brumosos. Sin duda anoche fue uno de tus días dramáticos, cómo los llama mamá. Pero las paredes conocidas te reconfortan. Al menos la autodestrucción ahora se limita a las cuatro paredes de tu habitación. Ya no buscar llenar el vacío con entre personas a las que no les importas una mierda y solo quieren profanar el templo entre tus piernas. A pesar de las estupideces que puedas haber cometido el día anterior todo está bien, estas en casa; tu casa no te juzga.
La ventana está abierta, normal que parezcas una babosa, fría y húmeda. Con la piel tan fría que ni siquiera sientes la caricia de la corriente que juega con las cortinas. Miras el espejo sobre la cama. La colcha está llena restos de puntitos blancos parecidos a granitos de sal, regados sobre la tarjeta con la que cortaste las lineas sedantes. Si lograste dormir después de un par de líneas de ese buen material… sientes náuseas. Deberías de intentar comer algo, pero en realidad no tienes hambre. De hecho no sientes nada. Cada vez es mas difícil sentir nada sin la dichosa sal corriendo por tus venas en altas dosis que te entumecen la mandíbula.
Y al lado de los restos de la droga desperdiciada miras una hoja de papel doblada si cuidado. Sonríes al pensar en lo que pretendía ser esa hoja doblada. Con tantos dobleces y llena de restos de metanfetamina sería difícil que lograra el cometido de disculparte con tus padres por la idea recurrente y por fin consumada. Debes de dejar de drogarte cuando te sientes mal. El doctor Molinares dice que no ayuda. Qué sabrá él, sí no es capaz de entender que sus pastillas tienen le producen una sensación de desconexión similar a la resaca. Al menos los gránulos que aspiras te dan explosiones de felicidad, no como sus medicamentos que te enfocan mientras tu alma sale de tu cuerpo y lo observa todo con una ansiedad inmanifestada.
Suspiras.
Necesitas vestirte, pero nadie va a interrumpir tu vulnerabilidad, lo que resulta relajante. Miras la cama y la cobija sobre su piel no pinta mal, parece querer darte la bienvenida. Alguien, a saber quién, te dijo que cuando no tengas ganas de hacer las cosas es bueno tratar de sobreponerte al sentimiento y tomar tus pastillas. No quieres sobreponerte. No quieres estar mejor. No eres tan ególatra.
De camino a la cama te atrae el espejo de forma peculiar. Ayer, antes de dormir lo mirabas. A pesar de cómo te sientas siempre es lindo ver tu cuerpo desnudo, aunque de a poco padece los problemas que consumen tu carne.
¿Soy real?
Otra idea recurrente que formulas viendo el reflejo en el espejo. El lógico «sí» que diría cualquiera al que su cabeza le hiciera esa pregunta no encaja. ¿Cómo pueden estar tan convencidos? ¿Qué les da una certeza tan fiera? Es que ellos no se miran como ese otro, lejano, distante, diferente. A veces pareciera que la chica mas real es la del reflejo. Quizá ella se mira desde su dimensión donde las cosas van bien. Quizá ella es perfecta. La idea de que tú existes en vez de ella parece risible. Puede que, si remueves la fría piel, encuentres plástico o cables o chips en lugar de músculos. Ellos tienen miedo de darse cuenta que son maniquíes sin alma, algo que simula vivir. Si ellos lograran pensar como tú por un instante entenderían que dejaras de sentir, desear, amar, comer. Por eso cuando hablas tu voz se pierde en el ruido de fondo, tocando a nadie, gritando nada.
Miras los ojos muertos del reflejo, sus ojera. La desnudez de delgado papel que a penas logra cubrir las venas azules. Recorres el resto de la frágil veinteañera reflejada ahí. Necesitas confirmar su presencia; repasas tus formas con ambas manos. Tocas los labios delgados, tan distintos de los de Angi, cinco años menor, con labios carnosos, sensuales, sacados de una foto a blanco y negro. Labios que aún no conectan amor y deseo. Los de ella nuca estarán tan sedientos. Clavas las uñas con desdén en su piel pálida y revelas unos dientes pequeños, teñidos de tabaco y café. La niña no tiene la culpa de ser buena en todo y que papá las compare; no tiene la culpa de quererte sincera cuando nadie más lo hace.
Tocas la punta de una nariz común, y resbalas sobre la humedad hasta la piel fría e incómoda del pómulo cada vez más prominente. Los dedos resaltan, pústulas sobre la delgadez de tu cara. Las manos viajan del rostro a las orejas mientras tu lomo de gata se eriza y te exige que recorras el cabello mojado en toda su longitud, terminando en los hombros, deteniéndote en las clavículas. Es normal amar estos huesos si nadie los critica. Son bonitos y el hueco que hacen en el cuello es sugerente. No importa que tu carne cambié, las clavículas son hueso y el hueso no pierde la estética anatómica con facilidad. No son como el cabello que se adelgaza y pierde volumen, asemejándote a una muñeca fea. Amas cómo se ven mientras te acercas a tus pequeños senos firmes. Tus labios se curvan sin ganas.
Peinas los vellos pequeñísimos entre los pechos, sutiles como cicatrices hechas por una araña. Ahuecas las palmas y contienes el peso ovoide de los senos reducidos. Quién diría que pueden hacerse mas pequeños. Recuerdas la primera vez que alguien los probó, no fue de lo mejor, pero tampoco estuvo mal. Memorias de alguien que hoy no está frente al espejo. Bajas por tu vientre por instinto hasta tu sexo, buscando otra cosa. Hace mucho nada de nadie te complace.
Acabar con todo. De nuevo la idea de alguien más dicha con tu voz.
Las manos siguen su camino y se encuentran, se acarician como dos amantes reencontrándose. Al subir por los antebrazos encuentras un relieve vertical. Un recuerdo fugaz atraviesa tú mente. Un cuchillo, una bañera. Acabar con todo. Un flirteo con el filo y un beso de acero surcando las pluviales muñecas.
La temperatura de tú cuerpo es la misma, pero el frío se vuelve insoportable. El corazón se acelera en tu pecho. Debería hacerlo. Imaginas el corazón acelerado. Te arqueas como si quisieras vomitar Y te percas por fin del fino hilo de plata, apenas visible, saliendo de tu ombligo. Marca un camino que se pierde debajo de la puerta cerrada del baño.
Acabar con todo.
Al abrir la puerta te reciben plumas negras, ángel patrono del fallo último. Su cara espantosa te dice que no tuviste lo necesario.
—Fallaste —susurra acongojado, desde los carnosos labios infantiles, con la voz de papá y mamá mezcladas de forma macabra—. ¿Crees que esto es bello?
¿Qué es real? ¿Quién puede decir que es lo real? Ya no hay reflejos en el espejo. ¿Es real el ángel que se esfuerza en cortar el hilo de plata? ¿O es real el cadáver en la bañera, tomando un baño con tu sangre? Ojala puedan regalarle tus bellos huesos a Angi, para que los ponga con su colección de conchitas de colores, para que ella te recuerde bonita.
Gracias por tomarte el tiempo de leerme.
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✨ Soy Skoggangr (Roberto Berber), poeta visual, insomne profesional y sobreviviente emocional.Mi obra gira en torno al insomnio, la pérdida,
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