Una vez me largó una pregunta que me dejó confundido: —¿Quieres pintar un cuadro tú mismo? Me entregó su cuaderno y sus lápices y se puso a mirarme. Sudé tinta aquella tarde. Cuando hube concluido y le mostré mi trabajo, Federico rompió a reír. —¿Pero qué es lo que has hecho? ¿Son hojas estas que salen del palo? ¡Dios mío! Parecen burros. ¡Burros azules! Su risa atrajo a Frau Berza, la que frunció el ceño y le dijo algo que no entendí pero que hizo a mi amigo bajar la cabeza. Después dirigióse a mí mismo: —Este no es tu lugar. Vete a limpiar el piso. Mi consternación no puede ser descrita. Aquellas palabras me hirieron en lo profundo y despertaron en mí fibras desconocidas, sentimientos nuevos e inexpresables. Comprendí en tal momento que era posible morir de vergüenza, y el pequeño mundo de mi infancia, lleno de extrañas resistencias pero matizado a sí mismo por los más hermosos colores, se me puso de pronto negro.
Cumboto. Ramón Díaz Sánchez









