Acércate, te estoy amando.
Hoy somos cuerpos inertes, vacíos y olvidados. Y ayer, lo fuimos todo. Nacimos como divinidades, tú con el estandarte de las 7 virtudes y yo con estandarte de los 7 pecados capitales. Eternos y venerados en nuestros mundos. Vivimos sin tiempo y sin recuerdos. Con el pasar de las estrellas y el destino, nos vimos una vez. En el ocaso, cuando el sol se esconde y la luna se alza en su esplendor. Ángeles del bien y del mal. Una mirada, un suspiro y no nos pudimos olvidar. Ella era un demonio. Su aspecto era tenebroso pero seductor. Su piel era pálida y lo único que resaltaba eran sus ojos. Llevaba puesto un lindo vestido rojo. Sostenía una daga con el logo de su casa infernal. Y tenía una corona plateada con hermosas piedras de color negro y rojo. Él era un ángel. Bello y resplandeciente. Su aspecto era celestial. Tenía unos hermosos ojos. Llevaba puesto un traje blanco con detalles dorados. Sus alas eran tan blancas que te enceguecen al instante. Poseía un báculo con el símbolo de la casa celestial y una aureola que lo coronaba como un fiel sirviente.
-Tus ojos son dorados como el sol- dijo ella con una sonrisa.
- Y los tuyos negros como la noche-musitó.
- Es momento de que te vayas, pues mi reino de caos y terror va a comenzar.
- No me iré, yo brillaré para ellos.
-¡Cuánta devoción por los seres humanos!- comento con desdén.
-Es algo que no se puede describir en palabras. Alguna vez, te preguntaste cómo es ser un humano?-preguntó el Ángel con un tono desafiante.
-Muchas veces, pero cuando los veo me decepciono. Acaso ¿Quieres intentarlo?, aún sabiendo el riesgo que supone. - dijo ella con provocación.
- Si y tú?- dijo el Ángel.
El silencio se volvió un desafió.
-Si- exhalo ella sin remordimientos.
Una propuesta del enemigo pero una decisión de ambos. El se acostó en la tierra dejando su divinidad celestial y ella se sumergió en el agua abandonando su divinidad infernal. Ambos se levantaron como humanos. En su interior se estaba formando su ser terrenal. Capaz de discernir lo bueno de lo malo y de amar y odiar. Sus ojos se buscaron y cuando se encontraron se creó el hilo del destino. Un destino fatal pero enigmático. Sucumbieron a todos los placeres del mundo mortal. Solo ahí, el tiempo, los recuerdos y los sentimientos cobraron sentido. Se amaron con locura. No se dieron cuenta que el espacio estaba cambiando. El sol ya se asomaba con altivez y la luna se iba apagando en el mar. Debían volver a sus respectivo lugares y olvidar que alguna vez se conocieron y se amaron. Era momento de volver a ser enemigos. Sin recuerdos ni sentimientos. Renunciar a su divinidad o a su efímero mundo creado. Decidieron amarse hasta el final. No volver a su forma original y esperar a la muerte para que los recoja como seres naturales. Desafiaron las reglas, su mundo y su existencia. Se cuenta que cuando la muerte fue a buscarlo se sorprendió mucho. En la tierra quedó un báculo y una aureola y en el mar quedó una corona y una daga. Sus cuerpos yacían en tierra y la muerte se los llevó. Como no podían ir ni al cielo ni al infierno vagaron por la eternidad en el limbo. Por eso en las noches de luna nueva. Los amantes se reencuentran en ese lugar y juran amarse de vuelta. La desobediencia y la pasión de los dos fue su tumba.
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