lxxxvii.
A decir verdad, los bares de ambiente no eran su sitio, y no porque pudiera ser menos gay que cualquiera que estuviese allí, sino simplemente porque saber con seguridad si alguien que te miraba quería una apuesta, tu culo o ajustar cuentas contigo no tenía tanto morbo. Sin embargo, una noche sin apuestas ni problemas, aunque no era un alivio para su bolsillo, era relajante, y eso buscaba.
Llevaba como siempre un traje, su seña de identidad, y el pelo bien peinado; una vez le habían dicho que con su aspecto no se podía decir con total seguridad si de todos los hombres de la sala era el mejor avenido con la vida y las mujeres, o el más marica de todos ellos. Lo tomó como un halago en esa ocasión, y lo cierto es que esa persona no se había equivocado para nada, aunque que estuviera conforme con su vida no quería decir que todo le fuera bien. De hecho... ah, no le venía nada bien estar allí, todavía debía pagar el alquiler y necesitaba dinero.
Pero en seguida se olvidó del asunto, y se limitó a dejarse caer por la barra, guiñarle el ojo al camarero y mirarle el trasero mientras se alejaba a por lo que había pedido.













