Pedro y Marcelo, viajeros
Viajar es un estado de ánimo
La Gomera es un pequeño paraíso. La isla forma parte de la Macaronesia, un nombre malsonante que significa, muy adecuadamente traducido para conocimiento de los turistas, islas afortunadas. Si, me refiero a las Canarias, pero también son islas afortunadas las islas Azores o Cabo Verde.
Llegué a La Gomera con el ansía de patear su laurisilva, que los canarios llaman monte verde. Yo la imaginaba, con su exuberancia y su amable falta de fieras salvajes, como la naturaleza ideal de los tiempos del paraíso. Y la isla, que se anunciaba como una de las menos atosigadas por el turismo de masas, no se encontraba entonces ni en Google Maps ni en Instagram. Eran los tiempos del folleto. Un tiempo que ahora nos parece lejano.
Me encontré en el espacio reducido de la isla un mundo gigante de variadísimo verde y desierto, de mar y roca, de bosques y arenales, de palmeras y cantos rodados, huertas y quebradas, roques, degolladas, acantilados vertiginosos, cráteres volcánicos, senderos sin fin.
Desde el aire o vista a lo lejos desde un barco, la Gomera parece una lapa gigante que asoma su caparazón sobre las aguas. Me traía a la cabeza estos moluscos de la infancia, que recogíamos en las playas del Cantábrico. La cúspide picuda cubierta de verde. Los bordes rugosos y ásperos, como un desierto en vertical poblado de euphorbias de mil formas. No me cansaba de mirarlas.
Fue el día anterior a nuestra partida. Una guagua nos llevó a la parte alta, donde se inicia la ruta de los roques, esos corazones de piedra que son el único recuerdo de volcanes extintos. Un sendero debía llevarnos finalmente de vuelta a nuestro privilegiado hotel al borde del mar en Playa Santiago. El camino de tierra pisada descendía entre barrancos zigzagueando entre rocas y piedras sueltas. Los gomeros han aprendido durante siglos a moverse con rapidez en estos abruptos lugares con largas pértigas y a comunicarse mediante silbidos que soslayan las distancias. No vimos otros senderistas en kilómetros, solo mi amigo y yo. Hacía calor. De pronto, al bordear una gran roca, nos encontramos de frente a dos hombres en medio del sendero. Al poco estábamos conversando. Nunca sabré como se llamaban pero me gusta pensar que el hombre mas joven era Pedro y Marcelo el de mas edad.
–Buenos días –nos dijo Marcelo con su dulce cadencia canaria– Hay una fuente ahí adelante, no la verán porque está tapada con una losa de piedra. Beban, que es agua buena. Yo les llevo.
Sentados en el suelo, entorno a un pocillo que efectivamente apareció al retirar una piedra que lo camuflaba, Marcelo introdujo una taza de metal en el agua y la fue repartiendo. –¿Ustedes viajan mucho? Nosotros somos muy aficionados a viajar, Pedro y yo. Siempre que podemos estamos viajando. –nos dijo.
–¿Adonde viajan ustedes, qué lugares conocen? –dije algo inseguro.
–Nosotros siempre viajamos en La Gomera. Hay pocos lugares que no conozcamos, pero siempre encontramos lugares nuevos. Nunca hemos salido de aquí y nunca hemos perdido las ganas de viajar. Como hoy. Pasaremos la noche en la playa del Cabrito, es muy tranquila y se duerme muy bien bajo las estrellas.
El viaje es un estado –pensé–, un tránsito. Es el tiempo del viaje lo que buscamos. Los lugares son sólo los espacios que enmarcan el tiempo.
16/05/2020









