Cuando nadie me ve mi alma se complace. Puedo ser como esa niña que juega, que ríe por nada o que llora por todo cuando así lo necesita y la mirada adulta no la juzga. Cuando estoy a solas me deleito con placeres sencillos, en no hacer nada y soñarlo todo. Pasear sin ropa o sumergirme en una bañera de espuma y desinfectar mis penas y preocupaciones. Adoro la intimidad de esos pequeños instantes en que nadie me ve. Mi mente florece de pronto y mi corazón se relaja, porque no hay nada como llegar a casa y descalzarse los pies y las penas, desnudarse de prendas opresivas y de los botones del estrés. Valeria Sabater










