La situación le resulta irónica, como si su llegada fuese causante de infortunios y se tratara aquella de una advertencia de la vida misma respecto a la locura que con descaro se encuentra cometiendo. No pertenece ahí, entre aquella gente, en aquel pueblo, mas se anima a aventurarse en la muchedumbre para salvarse a sí misma del silencio que gobierna dentro de la habitación que ha rentado en el hostal más decente que encontró. Con delgados brazos cruzados entre sí a la altura de su abdomen, se mueve como pez fuera del agua, e inspecciona la hoguera a la distancia mientras se debate qué hacer. “¿Sucede con frecuencia esto de los apagones?” Consulta una vez que se detiene al lado de otra persona, no se toma la molestia de dedicar siquiera un vistazo a su rostro.