«¿Alguna vez has palidecido de ira contenida? Sé lo que se siente, conozco esa estremecedora sensación de impotencia que desgarra las entrañas y el alma».
Un hombre está sentado frente a la orilla del mar. Está empapado y exhausto. Tiene los ojos rojos e inflamados por el llanto. Su cuerpo tiembla a causa del frío y la desolación. La playa está sumida en un silencio insondable en el que únicamente puede apreciarse el estallido de las olas junto al débil estertor del hombre.
Aquel amanecer, la angustia y el miedo terminaron por hacer que me cagara encima. La brisa fría del mar consiguió abrir mis pulmones, pero el hedor a pavor, mierda y muerte era implacable.
Frente al hombre, tendido sobre la orilla y siendo bamboleado por las olas, se reconoce un cadáver.
A los muertos no les importa estar rodeados de aire estancado y podrido, y lo que es más significativo si cabe, a los vivos tampoco.
La densa bruma se extiende lentamente hacia el cadáver, distorsionando su imagen.
Y sin embargo, aquí estoy. No quiero irme, pero ya no tengo razón, ni decisión para intentar quedarme. No puedo pretender seguir escapando de mis malas decisiones, de mis miedos y mis fracasos. Al fin y al cabo, por muy lejos que vaya, la sombra del recuerdo no conoce fronteras.
Se ve la sombra del hombre proyectada sobre la arena incorporándose y poniéndose en pie. El hombre mira temeroso hacia el horizonte, evitando encontrarse con la imagen del cadáver. Sus manos tiemblan. El aire frío enrojece sus mejillas y nariz. Sorbe los mocos, se seca las lágrimas con el dorso de la mano y respira profundamente.
Nadie logrará entender todo lo que yo he sacrificado ni por qué.
Las olas continúan empujando el cadáver hasta hacerlo chocar contra sus pies. El hombre baja temeroso la mirada. Al encontrarse con la imagen del cadáver, ahoga un grito.
Tampoco espero que otros lo comprendan.
Se escucha el mar, las gaviotas y el traqueteo de los mástiles y velas de las barcas veradas junto a la orilla, siendo mecidas por el viento. El hombre inhala profundamente y todos los sonidos ambientales desaparecen. Únicamente se escucha su respiración. Cierra los ojos con fuerza y, vacilante, se agacha. Palpa la arena en busca de las muñecas del cadáver hasta que da con ellas. Se estremece. El temblor de sus manos se propaga por todo su cuerpo. Tarda unos segundos en serenarse y, finalmente, tira del cadáver con firmeza. Se escuchan de nuevo las olas de mar.
Aquel amanecer la angustia y el miedo me empujaron a tomar una decisión que cambiaría mi vida para siempre. Necesitaba deshacerme de todo ese dolor que había ensombrecido mi vida durante los últimos años. Aquel amanecer había tanto que ver y tan anormal, tan fuera de lugar tan… distorsionado.
Se ven los pies del cadáver alejándose a trompicones, dejando a su paso un rastro sobre la arena.
Habían pasado años hasta darme cuenta de que no podía seguir arrastrando todo ese dolor conmigo.
Fatigado, deja el cuerpo a un lado. Se incorpora y limpia sus manos con histerismo contra la camisa mientras observa a su alrededor, buscando algo.
Pero para aquel entonces yo ya había agotado todas mis fuerzas.
No muy lejos se encuentra varada una barca. El hombre se acerca hasta ella y hurta uno de los remos. Se aproxima de nuevo al cadáver, decidido. En cuanto llega clava la pala del remo sobre la arena y comienza a cavar con tesón una tumba.
Necesitaba acabar con aquello. Enterrar todo ese dolor. Dejarlo atrás de una vez por todas. Me había estado consumiendo. Me había estado persiguiendo día y noche hasta agotar todas mis fuerzas, hasta acabar con mis ganas de vivir.
El cielo comienza a ennegrecerse. El viento sopla cada vez con más fuerza y el mar se revuelve agitado. El hombre continúa excavando con furor. Su mirada desorbitada se mantiene fija sobre el foso, el cual va incrementando poco a poco su profundidad.
Me estaba matando.
Su mirada se encuentra inintencionadamente con la del cadáver, quien tiene sus ojos inertes clavados en él. La mirada del hombre se torna aterradora. Es incapaz de apartar la mirada del cadáver. Desesperado, se cubre el rostro con las manos. Respira con angustia y, en un arranque de locura, se levanta, se dirige hasta el cadáver y lo empuja con fuerza al interior de la fosa.
Empieza a cubrir el cuerpo. Primero empujando la arena con el pie, después con las manos y, finalmente, con el remo. Su respiración es cada vez más nerviosa y agitada.
Comienza a caer un chaparrón. Se escuchan los sonidos del mar bravo, de las olas rompiendo en la orilla y del traqueteo de los mástiles y velas de las barcas veradas. Las gaviotas huyen despavoridas. El hombre termina de cubrir el foso con la arena y arroja a un lado el remo con furor. Está empapado, lleno de barro y arena. Está completamente solo. No queda rastro alguno de la tumba, ni de las huellas sobre la arena.
Cuando quise darme cuenta, todo había terminado. Y yo, estúpido de mí, pensé poder escapar del exasperante dolor antes de que la lluvia cayera… y el mar se mudara a nuestros cuerpos…
Las gotas de lluvia caen contra sus párpados. El hombre observa la playa vacía con la mirada perdida. La angustia y el miedo desaparecen lentamente de su rostro. Sus manos y labios tiemblan y él, tímidamente, sonríe.
…y el agua nos desgarrara los ojos.
El hombre vuelve a observar la playa desierta, esta vez con una actitud alegre, revitalizante. Su sonrisa termina transformándose en una mueca compungida y su alegría, en un profundo llanto. El hombre grita desgarradoramente, pero de su garganta no sale sonido alguno.
¿Alguna vez has palidecido de ira contenida? Sé lo que se siente, conozco esa estremecedora sensación de impotencia que desgarra las entrañas y el alma.
Exasperado, intenta quitar toda la arena que cubre su ropa, pero no lo consigue. Comienza a rasgar su ropa mojada y a desvestirse. Tira la ropa al suelo y se acerca presuroso hasta la orilla. El mar bravo se estira hasta sus pies, llevándose con él los restos de arena. El hombre se inclina para lavarse las manos y los brazos. Lentamente se adentra en el mar. Se deshace de la ropa que le queda y, finalmente, se sumerge.
El mar mece en su interior al hombre, tranquilizando. El silencio es extraordinario. El hombre continúa llorando. Se hunde cada vez más y más.
Como un rayo que te alcanza, me ahogo, hundiéndome más y más en la tormentosa incertidumbre.
Los llantos y gritos comienzan a confundirse con el ahogamiento. La imagen el hombre se pierde en la profunda oscuridad del océano.
Cada segundo avanzado, yo me voy con el tiempo.
La playa y el mar están completamente desiertos. La tormenta amaina rápidamente y el sol se manifiesta entre las nubes. La playa está sumida en un silencio insondable en el que únicamente puede apreciarse el estallido de las olas.
Y me encuentro más atrapado en este insípido cadáver, que ya ni se ve, ni se siente mío.
Las olas se despliegan sobre la orilla con placidez, arrastrando hasta ella el cadáver del hombre, que se detiene a los pies de él mismo.
————————– FIN ————————–












