No sé cómo decirte que ya no te quiero.
Que me hablas y ya no escucho.
Que me besas y ya no siento.
Que te pienso y no lo soporto.
Que te miro y nada.

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No sé cómo decirte que ya no te quiero.
Que me hablas y ya no escucho.
Que me besas y ya no siento.
Que te pienso y no lo soporto.
Que te miro y nada.
Aquí estoy. Encerrada entre cuatro paredes. Metida en la cama sin querer que llegue mañana mientras tecleo en el móvil palabras aleatorias sin saber muy bien qué decir. A veces me cuesta expresarme, encontrar el momento adecuando para descargar lo que siento... Después me doy cuenta de que son mis propios pensamientos y voz quienes terminan delatando todo aquello cuanto quiero decir. Sin cortes, sin vueltas, sin censuras. Así, a pelo. Como ahora.
Le había costado tiempo, pero finalmente se había dado cuenta de que se sentía atrapado en un bucle. Le dolía admitirlo, pero la verdad era que ningún indicio en aquel lugar anunciaba un cambio de vida para él. Todo transcurría con la misma fatigosa rutina de siempre. Los hábitos que formaban la cotidianeidad se repetían, incansablemente. Sin darse cuenta, se había quedado estancado en la rutina, rodeado de las mismas responsabilidades, los mismos problemas, la misma gente. Cada día se sucedía como un círculo que siempre regresaba al mismo punto. Sus amigos y compañeros habían hecho allí sus vidas, pero él permanecía extraviado en un mundo que siempre había creído como suyo y en el que, sin embargo, no encontraba su lugar.
El crecimiento era doloroso. El cambio era doloroso. Pero nada era tan doloroso como quedarse atascado en un lugar donde no perteneces.
Aquella era la realidad. Pese a ser cruda y dolorosa, era innegable.
Y estaba solo.
Un silencio llegado directo del mismísimo sepulcro parecía haber gobernado el ambiente. Me quedé mirando a mi pareja e, inesperadamente, solté una risita, como si se me hubiera escapado sin querer. A esa risita le sucedió otra más, y otra, hasta convertirse en una sonora carcajada. Me reí con ganas, vaya que si me reí. Mis ojos estallaron en lágrimas y el estómago me hizo encogerme del dolor. No obstante el regocijo se disipó tan rápido que ni siquiera fui consciente de cuándo me detuve. Mi rostro de repente se convirtió en una mueca irritable y de mis ojos empezaron a saltar chispas. Entonces alcé un brazo por encima de mi cabeza y, al segundo, la palma de mi mano se estrelló contra su mejilla en un guantazo que recordaría toda su miserable vida.
—Admite que lo mataste tú —escupí, sintiendo cómo las lágrimas empapaban mis mejillas—. Quiero que salga de tu boca para poder rompértela.
La sangre se abre paso por el entablado que compone el muelle. Es tan líquida, tan fresca, que se filtra por las rendijas y empapa la madera como si fuera esmalte. El caudal proviene del hombre que hay abatido sobre el tablazón del muelle, quien apenas gruñe y se comprime el abdomen con una mano totalmente bañada en sangre.
¿Es éste su final?
El colgante dorado con una cruz que cuelga de su cuello también está manchado de sangre, por lo que Dios parece enviarle un mensaje claro: «Me desobedeciste; ahora estás muerto. Éste es el precio de tus pecados».
A duras penas logra levantarse. Ahoga un grito de dolor en su garganta y, por un segundo, flaquea, teniendo que apoyarse sobre uno de los barriles apilados en el puerto. De repente el sonido del mar, de los barcos atracados en el muelle y de las gaviotas sobrevolando por encima de su cabeza enmudecen, como si todo cuanto conforma aquella cruenta escena hubiera dejado de existir. Su mirada se nubla y la cabeza le da vueltas. Siente el calor de la sangre escapándose entre sus dedos y, por encima del insondable silencio, reconoce el sonido de las gotas de sangre estrellándose contra el desembarcadero.
Sé por qué me miras así, y lo entiendo. A nadie le gusta compartir su espacio con un hombre que se beneficia del cariño y lo besos que ella te daba antes.
No sé quién te crees que eres, pero estás subestimando quién soy yo.
Borja Goya, condenado desde el día de su nacimiento por una maldición que recayó sobre su padre. Ésta dice, que mientras la luna salga por la noches, no habrá un solo Goya que quede libre de perder al amor de su vida bajo la sombra de su propia sentencia.
Él, por supuesto, no creía en esos cuentos, pues siempre mostró gran interés por la ciencia, rechazando cualquier creencia absurda. Así pues, y contra todo pronóstico, contrajo matrimonio con la mujer que él amaba con locura. ¡Y todo pareció ir bien! Hasta que, una noche, temiendo que la vida de su amada estuviera siendo amenazada por la maldición, decidió volver a saltarse las normas y abandonar el hogar que bajo ningún concepto debía haber abandonado nunca. Fue aquella misma noche cuando apareció sobre su rostro una cicatriz en forma de luna para recordarle, que por muy lejos que fuese, ella le seguiría a todas partes.
A partir de aquella noche… su vida se volvió nociva y oscura. El pecado tiñó sus manos con sangre y el mutismo y los secretos invadieron su conciencia. Tras varios años sumido en la malicia, terminó recayendo sobre él la maldición que le haría perder no solo a su amor… Sino también su vida.
Se dice que ahora vaga por las calles bajo la forma de un duende gris y feo que concede deseos a cambio de sangre. La gente lo tacha de embaucador, malintencionado y tramposo.
Yo digo que mienten.