Hoy me lleva... andar desganado
Señora bonita, mi amigo amo de casa. Hoy vengo cabizbajo a contarles una historia de carácter más etéreo que aquella que tuve el placer de contarles en mi entrada anterior, pues verán que el villano de esta semana no se asemeja en nada a la colorida caricatura carente de inteligencia conocida como “el banquero portero”, no. El villano de esta semana no es de aquellos que podemos saludar y despedir en un mismo episodio, o dos si la cosa es realmente grave como en una buena comedia de enredo.
Verá, estimado lector; su elocuente servidor se encuentra en una situación complicadísima, pues esta semana lo ha invadido un terrible sentimiento conocido popularmente como “desganas”. La falta de ganas me ha seguido a muchos rincones incómodos del quehacer diario, desde tareas diminutas en el trabajo, hasta en cuestiones universitarias tan corrientes como la tarea; es más, esta desdibujada columna la escribo con un peso terrible que me impide moverme libremente en el teclado tal y como acostumbro hacerlo –Sea usted juez de si dicha libertad suele resultar en trabajos de calidad o no–.
Desganado. ¡Qué sentimiento más espantoso! A mi nadie me comentó que había que tener “ganas” para hacer las cosas, pero que su deidad de cabecera me oiga, a pesar de no ser indispensables ¡Cómo las echa uno en falta cuando no están! Siempre he sido ferviente portavoz de una sencilla filosofía que reza que los pendientes se hacen por ser pendientes y que el querer tiene poco que ver en hacerlos. Por lo anterior, me es de lo más extraño encontrarme con esta pesa que repentinamente siento atada a los tobillos. ¿Por qué he perdido las ganas esta semana?
Atreviéndome a hablar de mi propia psique como si fuese un experto sobre mí mismo, supongo que mi falta de ganas proviene de una profunda falta de propósito en las actividades que he estado llevando a cabo esta semana. Todo se remonta al pequeño por qué detrás de cada minuciosidad. ¿Por qué estoy haciendo este reporte?, ¿Por qué estoy sentado en esta clase?, ¿Por qué derramo mi cabeza en este texto? Por qué, por qué, por qué. Esa es la pregunta que me ha molestado como aquella picadura que deja un mosquito oportunista, la cual desaparecería si uno no la estuviera rascando. No gozo de una memoria privilegiada, pero si recuerdo cunado era niño no muchos días atrás; y en ese entonces el tener ganas tenía poca ponderación en mis decisiones.
Ahora, cabe mencionar aquí que esta pregunta no tiene lugar en mi mente sin venir acompañada de una pronta respuesta. ¿Por qué estoy sentado en esta clase? ¡Evidentemente para subir mis calificaciones! Cada vez que hago la pregunta me responde el eco de una respuesta lógica y obvia, pero es aquí donde me he dado cuenta que el por qué no es exactamente mi problema, pues, aunque ya he respondido a la pregunta el peso persiste.
Si es usted un lector audaz, habrá notado que los ejemplos que anteceden este párrafo exclusivamente de carácter laboral o escolar. Usted podrá exclamar, dándose un golpe en la cabeza, que esto es normal, pues qué otras responsabilidades habrá de tener uno a la corta edad de veintitrés. Y es aquí donde le comparto mis conclusiones a todo este cuento. Verá, en mi humildísima opinión, mi problema no se encuentra en el porqué de las cosas, si no en las actividades mismas. No es ¿Por qué estoy sentado en esta clase? Sino ¿Por qué estoy sentado en esta clase en lugar de estar en otro lugar? El bendito costo de oportunidad si pertenece a las ramas económico-administrativas.
Resulta que, en las últimas semanas, que para la fecha en donde se escribe este texto se habían celebrado unas merecidas y prolongadas vacaciones en mi país, había estado enfocado en todo menos en descansar. ¿Un momento libre? Hagamos un curso, adelantemos un trabajo, realicemos aquel reporte que comúnmente tomaría mucho más tiempo hacer. Aprovechemos el tiempo.
Sacar provecho al tiempo. Tan solo la idea de fallar en esta enmienda me provoca vértigo. Estas semanas he enfocado mis esfuerzos en destinar cada segundo libre a esta tarea, y francamente me encuentro agotado. Es por lo anterior que el “Por qué A en lugar de B…” me ha estado asechando, pues poco a poco me tropiezo con que, en efecto, hay otras cosas que valen mucho más la pena hacerse en lugar de lo que estoy haciendo. ¿Por qué estoy haciendo este curso cuando podría meter mi nariz en ese libro que me observa desde hace un mes en el librero? ¿Por qué estoy empeñado en tomar esta extracurricular en lugar de salir y buscar a mis amigos? Pues para aprovechar el tiempo.
Es un terribilísimo mal dejarse a un lado a uno mismo para aprovechar el tiempo. Me he sentido desganado porque en efecto, mis esfuerzos se estaban drenando a galones en el lugar incorrecto, pues, sin miedo a equivocarme, ahora noto que hay ocasiones en donde uno debe de poner en foco su bienestar, lo cual se traduce en hacer las cosas correctas en su momento oportuno. Existe un lugar para el trabajo y es la oficina, para la escuela es el campus, ¿Por qué no habría de haber un lugar para uno mismo?
Buscando un psicoanalista que cobrase la hora barata, me encontré con usted, estimado lector. Y cierro este cuento con moraleja con un poco más de ganas que cuando empecé a escribirlo; pues ahora veo un poco más claro que el aprovechar el tiempo también puede hacerse siendo productivo en las áreas personales de la vida. Lo invito sonriendo a participar en un pasatiempo, ver a un amigo o escribir un momento como yo lo he hecho, porque no está mal cuidar de uno mismo de vez en cuando, y créame, es la única manera de aprovechar el tiempo.
Un abrazo,
JM.













