El Mediocre busca siempre la atención. Quiere ser juez y verdugo, ataca a los que se oponen a sus principios. Una luz le resulta exagerada, lo encandila; no soporta que alguien se exprese con armas que él no comprende. Una pelota, por ejemplo.
El Mediocre la detesta, se mofa de los que idolatran al pobre Mago, que sólo sabe hacer trucos con la pelota. «Eso es basura», dice; «otras son las artes que valen la pena. Otras las personas que merecen reconocimiento».
« ¿Cómo es posible que habiendo tanta gente buena, levanten estatuas para enaltecer a un drogadicto? Tanto buen pastor, tantos hombres y mujeres sanos, y se quedan con un tramposo, misógino, cocainómano». Un poco de razón tendrá, pero por algo es un mediocre.
Es Mediocre porque no acepta que otros puedan sentir cosas que él no siente. No acepta que el Mago, ese tramposo, ese drogadicto, deslumbre al mundo con una pelota. Así como algunos utilizan el pincel, la guitarra o el mármol, él se expresaba con la pelota. Y cómo lo hacía.
El Mediocre se jacta de estar limpio, de tener una vida perfecta. Pero por algo es un mediocre.
Desde que nacemos, nos condenan a tropezar con cada piedra que se nos cruza. El Mago, ese ser imperfecto, por culpas propias más que ajenas, tropezó con todas; pero volvió a pararse cada vez (con el tobillo hinchado como una pelota), y lo hizo para seguir esquivando ingleses.
El Mediocre, por su parte, sigue sentado en su sillita de plástico. Aún vive, por supuesto (a diferencia del Mago), pero nunca esquivó a ningún inglés, ni levantarán estatuas con su nombre.


















