Crecí en un entorno en el que aprendí a no hablar de lo que sentía, así que perdona por no haberte contado por qué estaba mal.
— Seguen Øríah 🐌.
seen from Netherlands
seen from United States

seen from Singapore

seen from Malaysia
seen from Canada

seen from Malaysia
seen from China
seen from China

seen from Malaysia
seen from China

seen from Malaysia

seen from Malaysia

seen from China
seen from Indonesia
seen from China
seen from Ukraine

seen from United States
seen from United States
seen from China
seen from United States
Crecí en un entorno en el que aprendí a no hablar de lo que sentía, así que perdona por no haberte contado por qué estaba mal.
— Seguen Øríah 🐌.
Esta podría ser la disculpa más épica de la historia del deporte.
Haces y deshaces.
Sin una palabra de disculpa,
sin ninguna contemplación.
Como si mis sentimientos no te importaran,
como si ya no sintieras amor.
Papittafritta
No pienses ahora en pedirme disculpas, ya no hay algo que se pueda perdonar, ya no hay nada que se pueda recuperar.
Arrow.
Hay gente que no merece el privilegio siquiera de disculparse.
Es cambiar, no vivir disculpándose.
La disculpa que jamás escucharás
¿Te ha pasado? Quedarte clavado esperando un "lo siento" que sabes que no vendrá. Como si con solo imaginarte esas palabras, el nudo en el pecho se deshiciera solo. Pero aquí está el truco: a veces esperamos ese perdón como si fuera un borrador mágico para lo ocurrido. ¿Y si te digo que hay heridas que nunca vendrán con curita incluida?
Hay gente que sigue su vida tan campante, como si ese hueso roto que dejaron en tu camino fuera solo una piedrita en su zapato. Lo más duro no es que no pidan disculpas, sino que ni siquiera ven por qué deberían hacerlo. Para ellos, ese capítulo ya está cerrado. Para ti, sigue abierto, con páginas en blanco que esperan una firma que nunca llegará.
Entonces llega el punto de quiebre: ¿te conviertes en estatua vigilando un buzón vacío? ¿O te quitas ese costal de esperas infinitas que te está doblando la espalda? Ahí está el verdadero click. Porque cuando entiendes que el perdón más urgente no es el que recibes, sino el que te das... eso cambia todo.
Te perdonas por creer que alguien iba a ver el agujero que dejó en ti cuando ni siquiera traían linterna. Por quedarte repitiendo la película de lo que pasó, mientras los demás ya cambiaron de canal. Por confundir el querer sanar con el necesitar que ellos lo reconocieran.
La vida sigue aunque tú te empeñes en ponerle pausa. El truco está en soltar la idea de que necesitas su permiso para cerrar ciclos. ¿Sabes lo liberador que es darte cuenta de que tu paz no depende de que alguien diga tres palabras? Que puedes recoger los pedazos y pegar tu propio mosaico, aunque nunca te devuelvan el que rompieron.
Al final, ese perdón que tanto esperabas de otro... ¿no era en realidad el que te debías a ti mismo? Por no ver que merecías dejar de esperar. Por no entender antes que algunas páginas no se escriben a dos manos, y que está bien cerrar el libro aunque la otra persona ni siquiera sepa que lo dejaste abierto.