I. Él (El Poeta)
Cuando la conoció Ella era una fotógrafa primeriza, a punto de exponer en solitario.
Él acababa de publicar su primer poemario, y aunque hubiese preferido emborracharse re-leyendo sus versos para evitar llamar a la mujer a la que estaban dedicados, preguntándose si los llegaría leer, se dejó convencer para salir a celebrarlo.
Cuando la vio supo que al único sitio al que iba salir aquella noche eran sus sábanas. Y así, Ella acabó en su cama deshecha unas horas y ciertas copas de vino después. Y aunque dudó, aceptó a la súplica ahogada de sus ojos, cuando le dijo que aquella noche no quería dormir solo.
A la mañana siguiente, la descubrió escribiendo una nota de despedida justo antes de intentar escabullirse. Dos noches atrás habría sonreído aliviado, dispuesto a regocijarse en el dolor de que la mujer con la que había dormido no era a la que escribía. Esta vez sonrió por un motivo distinto, e interceptó a la fugitiva. La convenció para desayunar en su terraza, solo a cambio de hacerle el desayuno mientras ella fotografiaba las privilegiadas vistas.
Descubrió que, mientras dormía, había leído sus versos.
-¿Y qué te parecen?
-Dolorosos. Me parece que sufres demasiado, como todo buen poeta.
-Y aún así pensabas abandonarme esta mañana, para hacerme sufrir más.
-Oh-se rió-no creo. Creo que sólo escribes a una musa.
-Hace largo tiempo perdida.
Y tímidamente le pidió algo que Él no esperaba, uno de sus versos para encabezar la joya maestra de su exposición.
No volvieron a follar hasta el día de la inauguración, dos meses después.
Tomaron por costumbre trabajar juntos. Los poemarios de Él se fundieron con el portfolio de Ella, y publicaron tres libros, cada poema ilustrado con una foto que le había conmovido, a veces inspirado, a Él. Y a lo largo de tres años expusieron tres colecciones distintas en ocho ciudades, cada foto adornada con una frase suyo bajo el nombre, elegida por Ella.
II. Ellos (Tormenta)
Pero si ser un artista era tormentoso de por sí, amar a uno podía ser terrible.
Por aquella época Ella trabajaba en una serie analógica dedicada a los hombres, y pasaba los finesdesemana fotografiando a sus amigos en los excesos de la noche.
Él, mientras, había abandonado los bares. Vaciaba una tras otra las botellas del salón, y plasmaba sus tormentos en dolorosas acusaciones en forma de versos. A veces contra Ella, a veces contra musas pasadas, amargos sentimientos mezclados.
A Ella le roían los celos de que Él escribiese sobre otras.
A Él le desquiciaban las noches de Ella y las fotografías que tomaba a los otros.
III. Él (El Pintor)
Sabía que habían sido amantes. Y que habían expuesto juntos más veces de las que a Él le hubiese gustado contar. Los lienzos de Él con las fotografías de Ella.
Y aunque jamás le había visto en ninguna inauguración, sabía que tenía dedicados los tres libros.
El comisario de su última exposición le aconsejó una contraposición femenina, a modo de firma. Un autorretrato, sugirió. Pero entonces Ella recordó sus bocetos de mujeres. Un boceto de si misma en particular, y le comentó pedírselo prestado.
Pero Él no se lo prestó. Le hizo uno nuevo, a juego con las fotografías. La joya de la colección.
Después del éxito de la colaboración, el comisario vio todos los bocetos y le recomendó hacer de nuevo una exposición conjunta. Él los re pintó todos de nuevo, creando una mujer de lienzo ideal para cada hombre capturado a través de la lente.
Ella no hizo nada, pero no hizo falta para que Él imaginase que, cada tarde, después de pintarla, follaban en su estudio.
Y llegó el día de la inauguración.
Allí estaban sus versos, ahora dolorosamente reales. Y ahí estaban Ellos, sonriendo a sus invitados, recibiendo halagos, del mismo modo que antes había sido con Él.
Aquella noche dejó la galería antes de que terminase el evento.
Resistió la tentación de beber. La esperó sentado a los pies de la cama.
IV. Ellos (Explosión)
Volvió antes de lo previsto.
-Esperaba encontrarte borracho-le dijo con voz triste.
-Y yo no sabía si esperar que volvieses-le respondió con la misma tristeza.
Se sentó en el suelo junto a Él, y apoyó la cabeza en su hombro.
-Sólo esperaba que te alegrases por mi-le dijo entre lágrimas al cabo de un rato.
-¿Te has acostado con él?
-No.
Y la creyó, porque nunca le había mentido.
-Lo siento, haberme ido antes hoy.
V. Ella (La musa)
Unos meses después recibió un paquete acompañado de un ramo de mimosas amarillas.
‘Para Ella’, rezaba la tinta escrita a mano en la primera página, ‘aunque ya haya leído estos versos a escondidas... aún no conoce el final’.
Colocó las flores en un jarrón, junto a un ramo de tulipanes (amarillos) que había comprado Él el día anterior.
Se sentó en la terraza a desayunar y, casi con miedo, abrió el libro por el último capítulo.











