Hoy pensé en alguien. Y no fue por una canción, ni por un recuerdo específico. Simplemente llegó. Así… sin aviso. Como suelen hacerlo las cosas que no sanaron bien.
Pasaron años. No hay contacto, no hay señales. Y aún así, hay partes de mí que no saben cómo dejar de buscar a quien ya no existe en mi vida. No es que duela su ausencia. Es que pesa su permanencia. Porque hay personas que nunca vuelven, pero tampoco se terminan de ir.
A veces me pregunto si en algún rincón del día, yo también aparezco en su cabeza. Tal vez solo por un segundo… como un error que ya no arde, pero sigue presente. O tal vez no. Tal vez fui tan fácil de olvidar como me cuesta a mí dejar ir.
Nunca hubo promesas, pero me prometí demasiado. Y eso, en silencio, también destruye.
No sé si cambié, pero aprendí a no esperar. A no idealizar. A no insistirle al universo por algo que ya no me escucha. Pero en los días tranquilos, donde todo parece estar bien… ahí vuelve. Su imagen, su voz, su rastro.
Y no es amor, ya no. Es un eco. Y los ecos no muerden… pero tampoco se callan.














