Dos litros
Leyó que hay que tomar dos litros de agua por día. Lo decía el diario. Bueno, el diario no, una universidad que ahora no se acuerda bien el nombre pero que tenía muchas consonantes. Dos litros decía. Hizo la cuenta: un té a la mañana, yogur bebible, soda con el almuerzo, te a media tarde, mate para acompañar las masitas, jugo Tang con la cena. Poco más de un litro, calculó. ¿Y si ese otro litro que no tomaba era un día menos que vivía? Dos litros ella apenas los tomaba cada dos días. ¿Y si el té, el yogur, la soda, otra vez té, el mate y el jugo no contara como agua? ¿Por qué la universidad de las muchas consonantes no lo aclaraba?
A la mañana llenó una botella de dos litros con agua de la canilla. Camino al trabajo, procuró beber en el colectivo, al bajar, un trago cada vez que se levantaba de su escritorio, un trago al volver, tragos, tragos, tragos. Dos litros. Fue fácil.
Al día siguiente: dos litros. Al otro día: dos litros. No tres, porque sumar un litro para compensar lo no-bebido hasta entonces era un riesgo innecesario. Dos litros. Un mes entero de tomar dos litros por día. Seis meses ya. Tres años desde que era una persona nueva, acaso mejor.
Dos litros que cada mañana se encargaba de llenar en esa misma botella, graduada sobre el plástico para que no poner ni 2,01 ni, por supuesto, 1,99. El HacheDosO exacto.
Lo que nunca consideró fueron los riesgos de viajar en colectivo, de tener que ir parada, de los baches, de las personas que pierden el equilibrio y caen sobre otros, y peor, hacen caer botellas de agua con valioso líquido que se desparrama en el suelo.
Bajó del colectivo. Corrió hasta su casa. Las llaves no aparecían. Sentía que estaba a punto de llorar. Le transpiraban las manos. Y las llaves no aparecían. Al otro de la puerta, la canilla.
Así fue el día en que esta pobre mujer, ya en la puerta de su casa, en un día no demasiado caluroso, apenas húmedo, falleció deshidratada.













