El Alacran - Ray and His Court (Ray Fernández and His Court, 1973)
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El Alacran - Ray and His Court (Ray Fernández and His Court, 1973)
Lotería
El Alacrán
POR:HOU
6.22.19
A Palestina
Hace más de un mes que El Alacrán, ser ocasionalmente azaroso, no se manifestaba en el mundo digital; nuevos compromisos y nuevos proyectos (de los cuales les estaremos informando próximamente) habían ocupado momentáneamente todo nuestro tiempo. Así, creímos pertinente, para que nuestro regreso fuera significativo, acompañarnos hoy de uno de nuestros mejores colaboradores, Tomás Aurelio Muñoz. En esta ocasión les presentamos A Palestina, un bello poema sobre la muerte y la historia, que concluye, de la manera más apropiada, nuestro brevísimo ciclo poético sobre el conflicto y la guerra.
A Palestina
das eine Mal als Tragödie, das andere Mal als Farce Karl Marx
Si las bombas cayeran en el silencio de la tierra y no hubiera carne de por medio carne de hombres, de niños y mujeres, carne civil. Si las bombas no cayeran.
Hay un grito en la historia que calla por el vicio cotidiano de la vida imperturbable y la distancia, tan lejos y tan cerca. En la tranquilidad del hogar crepita la tragedia del mundo, porque la moral impoluta es suficiente evidencia: la historia se repite como tragedia de su repetición.
Tu voz, Palestina, son los gritos de la amnesia, gritos de troyanas bajo las brasas Ilión que no se derraman por los muros de piedra y su silencio. Eres arrasada por abortos de cañón y lenguas de fuego que llueven del cielo, con la excusa de siempre: la carne bruta de un alma hechizada. Esos gritos tras el horno o la sangre del indio en la espada se resumen en tus muros, residuo de todo genocidio.
Tomás Aurelio Muñoz.
* Imagen tomada de www.khtt.net/page/13391/en
Poemas de la guerra
El Alacrán nació en Colombia, tierra tropical, de extensas junglas y gélidas montañas; tierra tórrida, caliente y colorada; Colombia, país de piratas, malhechores y señoritos, héroes que no son propiamente héroes y bandidos que ciertamente no son malos. Acá se hizo arácnido, el joven Alacrán, viendo las kalshnikovs en tropel y las motosierras en cuadrilla, cantando y llorando a cada uno de los muertos (que son de él todos y de él ninguno) y haciendo siempre, hoy y ataño, memoria de una guerra que no termina, de un conflicto que poco tiene de epopeya y mucho tiene de horror y desencanto. Habla así El Alacrán, en voz de S. J. Ortiz, de la guerra, sus dolores y sus historias.
Poemas de la guerra
I
Deja que el espíritu cante, guerrero, lleno de barro, lleno de sudor, de carne infantil, la guerra nuestra.
Para que nunca se borre y nunca se repita deja que la cante. Para que no beba más tu sangre el bebedor y para que no coma más tu carne el comedor, deja. Para que seas como un valiente Aquiles y para que la víctima de tu homicida cólera tenga la dignidad de un dulce Priamo.
El corazón del hombre, no las campanas, parece anunciar lo que pedimos. Mi corazón parece anunciar lo que pedimos.
II
Yo profeso el himno, los estandartes, los coros, de una patria perdida en lo más íntimo de la tragedia humana. Tragedia que construye en cada día un nombre definitivo a través de hombres y mujeres, de chicos y grandes, de formas, de ritos, de árboles y de animales ciegos. Profeso el nombre de montañas y valles, de ríos, de mártires. Profeso la pena de la viuda, la angustia de la madre, el sueño del pequeño. Profeso el hambre con el pobre y con el rico la saciedad; pero más allá de ello profeso también la tragedia humana general. Yo la cargo y la transformo. Yo busco su definitivo nombre.
III
No ha tenido la muerte su nombre. Se le ha temido y se le ha usado como arma.
Vivos, sin embargo, todos los decapitados de esa noche, los descuartizados y los fusilados de aquella tarde, los ahogados, los incinerados, los envenenados de aquella mañana. Vivos, vivos siempre, caminando con nosotros y siendo nosotros mismos.
La muerte es un ciclo sagrado igual que el nacimiento e igual que la deshojación del árbol en otoño. Ella nos hermana y da el aliento a la vida para proseguir su curso envuelta en otro velo.
Aquel que daña a otro no sólo se daña a sí mismo en el otro sino que daña a su madre, a su hermana, a su hija.
Aquel que daña a otro, no daña a nadie, sin embargo.
IV
Mi patria tiene ríos de sangre pero tampoco aquí la vida ha tenido su nombre.
Qué es?
Yo vengo de la tierra de las aves que no fueron nombradas en el día en que el variante dios hebreo labró el mundo para Adán. Nuestra vida atiende al vuelo de esas aves, nuestra mística, nuestra erótica, también.
Una se llama libertad, otra color, llanura una, lejanía otra.
Tantas buscan su nombre volando en el cielo. Su nombre está en la tierra, con nosotros. Con ellas nuestros nombres verdaderos.
V
La sustancia divina que corre con mi sangre va tejiendo un poema universal y trascendente.
No sabe de Dios quién tiene que cargar el cuerpo inerte y descompuesto del asesinando? Y no sabe de Dios quien lo reconstruye y lo baña para que sus familiares lo contemplen en el funeral que se celebra al día siguiente? No sabe de Dios quien sabe de Dios lo más terrible?
Los muchachos llegaron en camiones. Algo se decidió a pocas horas de ese caserío. Ellos eran los ejecutores. Los fusiles colgaban sobre sus hombros, compuestos, duros, negros, nuevos, pero de ellos no sería la fiesta, ni la orgía, ni la música.
No hubo necesidad de disparar a nadie, no hubo necesidad de convencer a nadie, no hubo necesidad de responder a nadie.
Los machetes hicieron su trabajo. Los muchachos cortaron las cabezas una a una y las fueron dejando sobre el suelo. Luego violaron a las mujeres.
Esa noche hubo fiesta. Se bebió whisky y sonó el acordeón. El pueblo había quedado avisado de la guerra.
VI
O tierra preparada tan bien para la guerra, versada como una patria milenaria en toda ley marcial, con todos sus dolores y sus dichas, como Inglaterra por ejemplo, como Israel, no estás acaso lista ya para una guerra hablada?
VII
Yo me podría morir con un balazo, como si fuera guerra la vida mía.
Pero y qué es la guerra?
Eso que entra por la ventana.
Bueno, tal vez no. Eso será su llanto. Es que ha durado tanto que se ha creado su sentimiento.
La guerra de vieja aprendió a llorar.
Sabe reír, me dicen, y canta todos los días.
Sabe llorar y llora por las ventanas.
La guerra como si fuera la vida mía.
S. J. Ortiz
* Imagen: La República - Débora Arango
En la tumba del alemán
Ya sabía El Alacrán que Zapatoca, eterna villa de los andes santandereanos, era una tierra de misterios arcanos y secretos de ultratumba. Ya sabía El Alacrán que entre sus apacibles casas y las doradas montañas colindantes, era posible encontrar las inmanencias floridas de un pasado aún inexpugnable. Así, y ahora que en Santander llueve a cántaros, El Alacrán se propone traer a colación una crónica, escrita por Ana Mardoquea, de los más recientes intentos esotéricos en las casas zapatocas.
En la tumba del alemán
Al salir del baño, vomitado y con la cabeza adolorida, veo cómo Luardo golpea una mujer. Esa escena me reconforta. Luego de vomitar y sentir que tus tripas se retuercen, ver a un amigo haciendo de las suyas es reconfortante. A Luardo lo conocí hace tres días. Nos contactó una fundación de la región para hacer una investigación sobre la vida de Geo Von Lengerke, nos prometieron un sueldo decente y nos empacaron directo a Zapatoca, un caliente pueblo santandereano escondido entre montañas. Allí nos rentaron una vieja casona para todo el equipo, doce personas entre paredes de cal, pasillos largos y puertas de madera. Anoche celebramos el comienzo afortunado de la investigación. La cabeza me duele y ya no puedo sentir el orgullo por haber conseguido este empleo haciéndome pasar por experto en la inmigración alemana a Colombia. No es culpa, es alcohol lo que me aturde. Sólo siento los gritos de Luardo rompiendo mi cabeza. Él maldice a gritos a esa mujer, que primero pienso es una puta, luego, cuando la neblina del trago se disipa un poco, recuerdo que es su asistente. Este tipo es todo un hijueputa, pero me agrada, tiene una astucia y una mística que yo, como historiador, perdí entre los archivos. Entonces Luardo estalla una botella de guaro contra un retrato al óleo colgado en la pared, junto a su asistente, y luego grita contra ella:
―¿Es esa su manera de divertirse? ¡Mujer imbécil! ¿Cómo se le ocurre derramar aguardiente sobre mis libros? ¿Ah? ¡Pedazo de mierda!
La asistente, intentando pedir perdón, se excusa diciendo que sólo quería alegrarnos con un baile, que no sabía que la botella estaba allí sobre la mesa de sus libros. Pienso que Luardo pronto le gritará puta y la levantará a patadas del suelo. No hace nada de eso, se queda pensativo. Es un tipo extraño. Un poco de unión al equipo de trabajo no está de más, dice la asistente en un intento por acabar el silencio de Luardo, que asemeja un juez decidiendo la suerte de la vida de su condenada. Yo mismo estoy que le rompo esa sonrisa ingenua que tiene, una completa estúpida por maltratar aquellos libros tan extraños y valiosos para nuestra investigación (al menos así parece por el cuidado que Luardo les dedica, pero él no permite que nadie los lea); no sé qué haría el resto del equipo en esta situación, ni siquiera sé dónde acabaron la noche. En una posición amenazadora, Luardo mantiene el silencio hasta que da vuelta, agarra sus libros que escurren anís, y me grita:
―¡Fernando! Vámonos.
Salimos de la casa a darle cuentas a un sol maldito. Sin embargo, todo este infierno no logra iluminar nada la situación. Le pregunto a Luardo a dónde vamos, qué pretende hacer, pero no obtengo respuesta alguna. Cada cuadra que caminamos es tan larga como cada uno de mis pensamientos. Los pensamientos de un enguayabado son torturas largas y estrictas que se repiten con disciplina militar. El silencio de Luardo me hace pensar en él. Aunque pronto nos hemos hecho amigos, o al menos eso parece, no comprendo nada de su manera de proceder. No sé quién es él. Sospecho que, entre los del equipo, es el más cercano a los patrocinadores de la investigación, la adinerada familia Puyana, temida desde hace décadas por supuestos tratos con el demonio con el fin de adquirir sus vastas propiedades. Anoche, mientras bebíamos, lo escuché hablando en alemán por su celular y algo dijo de los Puyana, pero mi alemán es deficiente. Sé además que Luardo se graduó de Teología. Ayer le pregunté qué podría hacer un teólogo aquí, miró sus extraños libros y respondió afirmando que Dios es una reliquia más, que la teología le enseñó otras maneras de acceder al pasado. Más recuerdos de la noche anterior me invaden mientras subimos cientos de escaleras que se dirigen a una cima coronada por una enorme cruz. Allí es el cementerio antiguo donde está enterrado Lengerke.
―¿Vamos a comenzar la investigación nosotros solos?― le pregunto a Luardo.
―No― responde en seco ―Vamos a hacer la investigación solos.
―¿Los dos? No podemos ser tan hijueputas, necesitamos de todo el equipo.
―Mejor para ellos, nosotros hacemos el trabajo y ellos igual reciben el dinero.
Ya en el cementerio Luardo comienza a relatar quiénes se encuentran allí enterrados. Una sarta de idiotas con gran orgullo, usted sabe, familias que pintan sus nombres con oro para encubrir sus fechorías; unos son supuestos mártires; brujas que llegaron aquí huyendo; masones de poca monta y unos cuantos sacerdotes excomulgados en pueblos más grandes que, después, llegaron a Zapatoca para continuar su labor espiritual a través de prácticas herejes. Según me cuenta, aún se practica un catolicismo ocultista entre la élite del lugar. Luardo conoce bien la historia de cada muerto, me recita sus pecados y mentiras, su estatus social y a quién mataron para lograrlo, las batallas que lucharon en épocas de la Independencia y sus prácticas religiosas obscenas. Cada detalle del cementerio Luardo lo conoce y eso me aterra. Llegamos entonces a la tumba de Geo Von Lengerke. Solemne, con una cerca de hierro en la que se inscribe su nombre, un buen pedazo de tierra es el privilegio por haber sido propulsor del desarrollo en la región. Un alemán que huyendo de la ley de su país, por haber matado a algún pendejo en duelo, acabó disfrutando de estas tierras y sus mujeres a sus anchas.
―Él no está aquí enterrado― dice Luardo con seriedad.
―¿No es inútil entonces que estemos aquí?
Lo miro recomponer su postura y con mayor seriedad me responde.
―Fernando, esta investigación la vamos a hacer usted y yo. Puede que no utilicemos métodos historiográficos tradicionales, como los que le enseñaron en la universidad. No se preocupe, sígame la cuerda que a usted no le va a pasar nada.
A pesar de la advertencia, me preocupo. Se me corta la respiración. No sólo porque mandamos a la mierda a todo el equipo de trabajo, también por la actitud esotérica de Luardo ante la historia. Sus libros, con los que anda siempre, son joyas desconocidas para cualquier historiador. De hojas amarillentas y solapas de cuero, abordan la historia de esta región, Santander, en relación a la astrología y a asuntos un poco demoniacos. O eso es lo que sugieren las primeras páginas que alcancé a leer sin que Luardo se percatara. Es muy celoso con ellos. Me pregunto si mi compañero quiso ser sacerdote e, igual que los enterrados en este cementerio, no pudo continuar su camino en la iglesia debido a sus prácticas heterodoxas. Él confía en mí, me lo ha dicho desde que nos saludamos por primera vez, pero su presencia me impregna de enigmas, me satura con un aire pesado, difícil de respirar.
Estamos parados frente a la tumba de Lengerke y mis pensamientos me hunden en miedo. No entiendo nada de lo que está pasando, mejor que no racionalice nada con esta resaca o acabaré entumecido de temor. Luardo da una vuelta a la supuesta tumba, detrás remueve una losa ya rota y extrae una piedra tallada con un símbolo rarísimo, una suerte de rana con una cruz al revés. Me la entrega diciéndome que la guarde de inmediato.
―¿Qué es esto?― le pregunto saliendo del cementerio ―¿Cómo así que Lengerke no está enterrado en su tumba? ¿Usted qué sabe?
―No sea ingenuo, él no se dejaría encontrar tan fácil.
―¿De quién? ¿De los turistas?
Luardo no responde nada, instala un silencio desolador mientras subimos la montaña que esconde al pueblo del resto del mundo. Ya en lo alto, saltamos un alambre de púas y Zapatoca nos mira diminuta. Pasamos junto a una vieja casa de bareque y teja roja.
―Espere― le digo a Luardo ―Espéreme aquí, voy a pedir agua en esa casa.
―Yo no lo haría― responde en tono tajante ―Un ladrón no puede mostrar así su cara.
―Pero… no vamos a robar nada…
―Esta hacienda le perteneció a la amante preferida de Lengerke, una mujer odiada por todo el pueblo, acusada de libertina y atea por sus extraños hábitos.
―¿Y ahora de quién es?
―No lo sé, no importa.
De pronto, mi cuerpo palidece y vomito. Casi vomito las entrañas, no sé si por miedo o por guayabo. Luardo me anima a seguir. Ya casi llegamos, me dice, es allí en ese depósito. Mi cuerpo tiembla, lanzo miradas para verificar que nadie nos observa, mis pasos no tienen ya seguridad de seguir a un hombre que cada vez parece más un loco.
Dentro del depósito, una casita de madera descompuesta, con hierba mala y raíces creciendo entre las tablas, un olor pútrido me noquea. Luardo escarba entre las herramientas y basura del lugar. Cada vez adquiere una actitud más seria y ansiosa. Removiendo tablas y basura, en el suelo descubre un túnel oculto hace décadas.
―Aquí sí está enterrado― me dice con unas tablas mohosas que aún carga ―pero usted no va a bajar ¿Tiene la piedra tallada que le di?
―Sí, pero…
―¡Bien! Guárdela y guárdela bien porque eso es lo que él quiere.
―Pero…
―¡Cállese! ¿Quiere ser un verdadero historiador? Hay que tomar sus riesgos. Y usted me va a cuidar el culo. Si algo llega a pasar, usted cierra el túnel. Nada que escuche le permitirá abrirlo.
Odio la precisión de las palabras de Luardo, la seriedad de instrucciones con que dice las cosas. Él revisa que tengo la piedra tallada y baja por unas escaleras de barro y piedra. Ilumina su camino con una linterna hasta que lo pierdo de vista. Tengo frente a mí un abismo oscuro, prohibido y pestilente. De repente oigo unas palabras extrañas, es la voz de Luardo hablando alemán y se alterna con unas palabras incomprensibles. Unos golpes secos se escuchan y luego susurros en una lengua que no puedo llamar humana. No es posible que una lengua pueda proferir unos sonidos como esos. Súbito, como llamas de una explosión, una luz enciende el túnel entero. Escucho los pasos de Luardo, está corriendo hacia la salida. Me grita:
―¡Fernando! ¡Cierre esa mierda! ¡Cierre esa mierda!
Obedezco sus instrucciones. Me paro sobre el entablado que cierra el túnel y unos fuertes golpes intentan abrirla, levantándome brevemente del suelo. Escucho los gritos de dolor de Luardo, chillidos demoniacos y gemidos estremecedores. Regreso corriendo a la casona de Zapatoca, donde el equipo de investigación aún duerme, siento que no puedo contar nada de lo ocurrido y que cuando pregunten por Luardo tan sólo responderé que renunció porque no quería trabajar con tantos ineptos.
Tomado de: http://www.95diantres.com/en-la-tumba-del-aleman/ Visita a la autora en su blog: http://mardoquea.blogspot.com/
A little bit of Tango for today.