La gente habla de libros que le cambiaron la vida. A mí la vida me la cambió el cine. Son experiencias muy diferentes, sí, lo sé, y para nada estoy diciendo que una sea mejor que la otra. Pero yo soy muy de cine. Soy muy audiovisual, muy fotográfica, muy de colores y rostros en una gran pantalla —o en mi tele de casa, eso es lo de menos.
Mi padres son relativamente cinéfilos. La música de Ennio Morricone, Henry Mancini, John Barry o Jerry Goldsmith resonaba en casa a menudo mientras mi padre trabajaba en su estudio, pintando maquetas de aviones, coches de carreras o incluso naves espaciales. Y tenían —tienen— una preciosa enciclopedia sobre las grandes estrellas de Hollywood: desde Clark Gable a Charles Chaplin, pasando por Marilyn, Vivien Leigh, Charlton Heston, Cary Grant, Katherine Hepburn, Bette Davis, Paul Newman... Todas. Están todas. Con sus mejores películas, sus comienzos, sus matrimonios y escándalos, y todo el glamour de la época dorada del cine. No sé cuántas veces habré leído esos libros, deteniéndome en cada una de sus fotografías una y otra vez...
Y otro recuerdo de cuando era niña son los paseos por la Gran Vía. Siempre iba mirando hacia arriba, contemplando embobada los carteles de las películas en las fachadas de los cines. Una vez le pregunté a mi madre "¿Quién hace esos dibujos?", y ella me respondió "Un señor que se dedica sólo a eso". Y pensé pues a eso me quiero dedicar yo de mayor.
Adoro el cine. Adoro sentirme atrapada por una historia y sus protagonistas, por la escenografía y la banda sonora. Adoro cómo ha definido mis aficiones y mi vocación. Adoro la luz y la perspectiva que me ha traído en muchos momentos de mi vida.
La primera vez que fui consciente de ello fue con Raiders Of The Lost Ark y el póster diseñado por Richard Amsel —Vi el cartel, vi la película y ya no paré. Después de Amsel, el flechazo definitivo fue Drew Struzan. Y Spielberg me parecía Dios.
Mi padre animó mis ganas y mis habilidades con el dibujo prestándome sus libros de anatomía y de técnicas de pintura; y ahí tenías a una niña de 13 años dibujando torsos masculinos perfectos y esculturales piernas de mujer sin parar. O haciendo retratos de Kim Novak y Gary Cooper durante el recreo. Empecé a gastarme la paga semanal en revistas de cine. Y luego , en un cumpleaños, me regalaron mi primera cámara de fotos.
¿Mis padres no eran conscientes de lo que estaban haciendo? Creo que no hay que ser muy astuto... Y así fue, porque entonces mi madre —en un intento desesperado de corregir mi rumbo— se empeñó en convencerme de que con mis dotes para el dibujo tenía que ser arquitecta. Y lo consiguió. No consiguió que fuese arquitecta, pero sí que estudiara 2 años de arquitectura técnica, después de cursar 1 año en ingeniería naval. Qué pérdida de tiempo... Qué pena no haber hecho bellas artes.
No obstante, siempre ha sucedido algo o ha aparecido alguien que me ha llevado a recuperar mi norte. Durante los años en la universidad fue el ordenador. Mis padres se habían negado a comprar uno mientras éramos más pequeñas por temor a que nos distrajese demasiado de los estudios. Y tenían razón. Desde el instante en que instalé Adobe Photoshop y conecté el escáner, no volví a interesarme por los materiales ni las estructuras. ¿Quién quería hacer escaleras o estudiar tipos de cubiertas cuando podía coger un montón de imágenes, combinarlas y hacer algo nuevo?
Del dibujo a la foto, de la foto al diseño gráfico y la fotomanipulación, y de ahí a la fotoilustración. Pero durante unos años volví a estancarme y encerré mis ilusiones. Permití que me convencieran de que aquello era lo mejor que podía hacer, como si tuviera que avergonzarme de ellas o no fuera capaz de cumplirlas. Permití que me convencieran de eso y de otras cosas, y acepté unas condiciones que me paralizaron en muchos sentidos. No obstante, siempre ha sucedido algo o ha aparecido alguien.
No fue una película pero fue ficción —y para mí, además, la mejor ciencia-ficción televisiva que se ha realizado durante los últimos 20 años.
Desde el principio hemos dicho que Fringe es un drama familiar disfrazado de show de investigación y ciencia-ficción. Se titula Fringe porque trata sobre tres personajes que viven al borde de sus vidas y de la sociedad, y que tienen serias dificultades para hacer frente a sus emociones, pero que se encuentran y hallan una conexión los unos con los otros. Y permaneceremos leales a esa idea.
—Jeff Pinkner, productor de Fringe.
El núcleo de Fringe es una historia de amor. Sí, había dicho que era ciencia-ficción y no mentía, pero —como la buena ciencia-ficción— Fringe brilla cuando nos devuelve el reflejo de nuestra imagen a través de una extraña lente distorsionada. Ya trate sobre el futuro, el pasado, un universo paralelo o el espacio exterior, la ciencia-ficción tiene una capacidad única para mostrarnos quiénes somos, iluminando —entresacando— nuestra humanidad de ese transfondo rocambolesco, lleno de imaginación, contando nuestra historia a través de una metáfora.
La ciencia-ficción es una metáfora existencial que nos permite contar historias a cerca de la condición humana.
—Issac Asimov
Y por eso creo que Fringe es una historia de ciencia-ficción excepcionalmente valiente, porque nunca olvida que trata sobre el amor.
¿Por qué merece la pena luchar por este universo? ¿Por qué vale la pena salvarlo? Por la gente que lo habita: por la complicada, imperfecta y gloriosa humanidad que es capaz de amar. De entre todas las cosas que los humanos hacemos y haremos, el amor es la más perfecta, y lo único que merece la pena salvar.
Así que, Fringe es la historia de un hombre que amaba tanto a su hijo que rompió el universo para salvarle; y trata también de cómo ese niño luego aprende a amar al padre que odió en su infancia. Es una historia sobre dos personas que se encuentran, empujadas por fuerzas que transcienden sus universos, y se enamoran. Fringe es un relato sobre cuán fuerte es el amor que puede destruir el mundo y cuán fuerte es que puede curarlo.
Desde el episodio piloto puedes apreciar que hay mucho más allá de "el caso Fringe de la semana". Según avanza la serie vas comprendiendo cómo todo termina por conectar —los personajes, las ideas, los objetos— y la calidad de esas conexiones es la clave de la calidad de la serie en sí. No hay ni un sólo episodio en el que no haya al menos un momento en el que te detengas y pienses Oh, ya veo lo que habéis hecho ahí.
Se estrenó en 2008 y me alegro un montón de haberla seguido desde el principio. No son sólo los 5 años de entretenimiento que me ha ofrecido, es que me recordó el poder de las emociones —sean del tipo que sean— y que siempre hay luz al final del túnel por largo que éste sea. Viendo Fringe recuperé la necesidad de dibujar y la satisfacción, la diversión de pasarme 20 horas seguidas sentada frente al ordenador haciendo algo nuevo y mío. Encendió algo dentro de mí que creía que no era importante y, de repente, comencé a sentir de nuevo la fuerza de todos esos valores que me definen, de las cosas que de verdad considero importantes en la vida. Me recordó cómo era yo en realidad, debajo de toda la tristeza y la oscuridad.
Estoy tan orgullosa de no ser la misma mujer que comenzó a vivir sola, y estoy más orgullosa aún de las personas que me han acompañado a lo largo de ese camino porque son el motivo de querer ser mejor, porque quiero estar a la altura de su cariño y no decepcionarles.
Durante este último año han pasado muchas cosas y ahora parece que atravieso un nuevo punto de inflexión, y siempre que ha sucedido algo o ha aparecido alguien y he seguido esas señales han pasado cosas buenas. Y en ello estoy, disfrutando del viaje, a ver a dónde me lleva.
Este proyecto/pasatiempo que pongo hoy en marcha puede ser un homenaje, un tributo o una paja mental —simplemente. Mi propósito es volver a ver la serie episodio a episodio, sin prisa, sin pausa... Quizá un episodio por semana. Quiero repasar la mitología de la serie, esas conexiones que mencionaba antes, su música, las mejores líneas del guión, los momentos clave de cada personaje; quiero revivir toda la historia y ver qué cosas nuevas descubro de ella —o de mí.
Sé que puede parecerte tonto e infantil, porque parece que una obra de ficción no está del todo dignificada si no es negro sobre blanco encuadernado y a la venta en librerías. Pero como te decía, a mí la vida me la cambió el cine y, aunque no lo entiendas, no me da vergüenza reconocerlo.