Acaba de anochecer y vamos por una ruta principal en la camioneta de mi padre, una Chevrolet Luv doblecabina, no sé si es 100% producto nacional o no, pero es una guerrera. Mi padre la bautizó como Chavela, no recuerdo el por qué.
Rodeados de muchos otros vehículos - entre nuestro sentido y el contrario - el gris del pavimento y las luces iluminan a mi padre al volante y mi madre de copiloto, la que viene ceñida al asiento.
Mientras entramos a un tunel local, conversamos lo típico que se habla en el automóvil cuando les visito: De todo y de nada.
Es dificil mantener la vista fija en un punto cuando vas en movimiento, aunque sea arriba de la Chavela, sentado atrás, ese incómodo asiento trasero de una camioneta doble cabina que salta por cada junta de dilatación del pavimento de hormigón.
Al mirar por la ventana en diferentes puntos del cielo del tunel, noto su tono marrón sin acabar, sólo excavaron y luego aplicaron shotcrete y ya, hay unos ventiladores o extractores gigantes dentro de cajas de malla metálica cuadrada cada ciertos metros del tunel. Se siente y huele el polvo en suspensión y la humedad.
A mi parecer es mucho polvo en suspensión, se suma que cae intermitentemente del cielo más como si este crujiera.
La radio grita un pupurrí de bandas de los años setenta, entre las que se reconocen Led Zeppelin, Iron Butterfly, Jimmy Hendrix Experience.
De improviso veo a un equipo de mantención y como cae una porción considerable de cielo del tunel, al parecer nadie más lo nota en el interior de la Chavela, pero de igual forma entro en alerta:
- Papá, acelera.
- ¿Qué?, ¿por qué?
- Papá acelera, ya - reitero itinerante y con voz directa.
Mi madre me mira extrañada y con ojos brillosos, a 70 kilómetros por hora no veo aceptación de mi orden.
El cielo empieza a vomitar arcilla, la que se hace notar tal vuelo de polilla. Reitero mi solicitud de acelerar la marcha y mi padre reactivamente eleva el puntero del velocímetro.
- Hijo, ¿por qué? ¿qué pasa?
- Mijito, ustede maneje rápido no más - decreta mi madre. Ella se aferra al cinturón de seguridad.
No sé si ella percibe lo mismo o su confianza en mí es tal que sabe que por algo lo digo.
De un momento a otro los acopios de cielo que caen son claramente visibles, 20 metros más adelante una Citröen Berlingo blanca de cubiertas negras comienza las maniobras evasivas dos segundos antes que nosotros. El cielo se desmorona de la misma forma que lo hace la posibilidad de salir de allí.
No conozco este tunel, nunca he estado acá, no quería estarlo. No sé su extensión.
- Cuánto falta para salir de aquí.
- Es más allá - responde mi madre, lo que no da luz del final ni de esperanza.
Ya el material que llueve es macizo, para esquivarlo hay que cambiar de pista, sobrepasar el eje de la calzada, zigzaguear intermitentemente, abrazar la vida y la muerte a la vez; la respiración se aprieta hasta el estreñimiento.
Apenas se logra ver la Berlingo adelante hasta que una masa la aplasta y generosamente lo hace con gran parte de la Chavela que se escucha retorcer y parar abruptamente, alcanzo a divisar a mi padre salir del vehículo con cara de espanto, haciendo un ademán de que salgamos...
...
Todo es marrón y negro, zumbidos.
Todo es negro y marrón, el aire está cerrado totalmente y el silencio es mudo.
El silencio es total, quiero sacar el celular y me es imposible, creo oportuno postear mi ubicación en Whatsapp y Facebook, alguien leerá y puede que ayude en algo, por lo menos una de los miles que tengo en las redes.
No le temo a la muerte, más me da tristeza no haber llamado a mis demonios, sus ojos miel y sus ojos negros; sus ojitos, si uso diminutivo ahora porque ya no hay más, me arrepiento de no haber telefoneado en el primer halo de polvo y sólo haberles dicho que les quiero y amo más que todo, yo sé que lo saben, siempre se los dije, pero ahora sería la última.
No le temo a la muerte, me es indiferente, sólo que ya no habrán Domingos de besos, de abrazos, juntar al par y ser un trío, entre millones ser el trío de niños, yo en mi rol y ellos iluminados. Esos Domingos de correr, reir, comer, pelear, retos, enseñanzas, reconciliaciones, despedidas y un "hasta el próximo Domingo".
Espero cosechen las risa y cariño que sembré.
Pero reacciono y me doy cuenta que soy Yo el que está allí, no Ellos; me despido y me dejo ir.